El precio de la libertad: La historia de Marisa y sus hijas
—¿Pero cómo puedes hacerme esto, mamá? —gritó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas y la voz rota por la rabia. La taza de café temblaba en mis manos. El reloj de la cocina marcaba las siete y media, pero el tiempo parecía haberse detenido en ese instante. Marta, mi hija menor, me miraba desde la puerta, con la mandíbula apretada y los brazos cruzados.
No era la primera vez que discutíamos, pero sí la primera que sentía que el suelo se abría bajo mis pies. Había pasado toda mi vida cuidando de ellas, renunciando a mis sueños, a mis amistades, incluso a mi matrimonio con Antonio, su padre, que se marchó hace años porque yo siempre ponía a las niñas por delante de todo. Y ahora, cuando por fin me atrevía a pensar en mí misma, ellas me lo echaban en cara.
—No lo entiendes, Lucía —intenté decir, pero mi voz sonaba débil, casi ajena—. No es contra vosotras. Solo… necesito un poco de aire. Necesito vivir.
Lucía soltó una carcajada amarga.
—¿Vivir? ¿Ahora? ¿Después de veinte años? ¿Y nosotras qué? ¿No te bastamos?
Sentí el peso de sus palabras como una losa. Recordé las noches en vela cuando tenían fiebre, los disfraces cosidos a mano para las funciones del colegio, los bocadillos preparados con prisas antes de salir corriendo al trabajo. Todo eso parecía no valer nada ahora.
Marta intervino con voz baja, casi un susurro:
—¿Te vas a ir con ese hombre?
Me quedé helada. No esperaba que lo supieran tan pronto. Había conocido a Fernando en el taller de pintura del centro cultural del barrio. Era viudo, amable, con una risa contagiosa y una paciencia infinita para escucharme hablar de mis miedos y mis sueños olvidados. Con él sentía que podía ser algo más que «la madre de Lucía y Marta».
—No me voy a ir —mentí—. Solo quiero… tiempo para mí.
Pero ellas ya no escuchaban. Lucía salió dando un portazo y Marta se encerró en su cuarto. Me quedé sola en la cocina, rodeada de platos sucios y recuerdos pegajosos como la mermelada derramada sobre la mesa.
Esa noche apenas dormí. Escuchaba el tic-tac del reloj y el murmullo lejano de la televisión en el cuarto de Lucía. Pensé en llamar a mi hermana Carmen, pero sabía que ella tampoco lo entendería. «Las madres estamos para sacrificarnos», me había dicho mil veces. «Eso es lo que hacen las mujeres de verdad».
Pero yo ya no podía más. Tenía 48 años y sentía que la vida se me escapaba entre los dedos como arena fina. ¿Cuándo había dejado de ser Marisa para convertirme solo en «mamá»?
Al día siguiente, al volver del trabajo en la biblioteca municipal, encontré a Lucía esperándome en el salón. Tenía los ojos hinchados y el móvil en la mano.
—He hablado con papá —dijo sin mirarme—. Dice que eres una egoísta.
Sentí una punzada de rabia y tristeza al mismo tiempo.
—¿Y tú qué piensas?
Lucía levantó la mirada, desafiante.
—Pienso que nos estás abandonando.
Me senté a su lado y le cogí la mano. Temblaba.
—No os abandono. Pero necesito aprender a quererme también a mí misma. Si no lo hago ahora, ¿cuándo?
Ella apartó la mano y se fue al baño sin decir nada más.
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Marta apenas me hablaba y Lucía salía cada vez más tarde por las noches. Yo fingía normalidad en el trabajo, pero por dentro sentía que me desmoronaba. Fernando me llamaba cada tarde para animarme:
—Marisa, no puedes vivir solo para los demás toda tu vida. Tus hijas crecerán y harán su camino. ¿Y tú? ¿Qué te quedará?
A veces pensaba que tenía razón, pero otras veces me sentía culpable hasta la náusea. En el supermercado, las vecinas me miraban con lástima o desaprobación cuando me veían sola o acompañada de Fernando los sábados por la mañana.
Un domingo por la tarde, mientras preparaba una tortilla de patatas para cenar, Marta entró en la cocina y se quedó observándome en silencio.
—¿Por qué ahora? —preguntó de repente—. ¿Por qué no antes?
Me giré despacio y le respondí con sinceridad:
—Porque antes tenía miedo. Miedo de perderos, miedo de estar sola… Miedo de no saber quién era sin vosotras.
Marta bajó la mirada y murmuró:
—Yo también tengo miedo.
La abracé fuerte y sentí cómo se le aflojaban los hombros bajo mis manos.
Esa noche hablamos durante horas sobre sus miedos y los míos; sobre lo que significa ser madre e hija; sobre cómo el amor puede ser tan grande que a veces asfixia sin quererlo.
Con Lucía fue más difícil. Tardó semanas en perdonarme —si es que alguna vez lo hizo del todo—. Pero poco a poco empezó a entender que mi felicidad no era una traición, sino una necesidad legítima.
Hoy sigo luchando cada día por encontrar ese equilibrio imposible entre ser madre y ser mujer; entre cuidar y cuidarme; entre darlo todo y reservarme algo para mí misma.
A veces me pregunto: ¿Es justo pedirles a nuestros hijos que entiendan nuestros sueños? ¿O estamos condenadas las madres españolas a vivir siempre para los demás?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Dónde está el límite entre el amor y el sacrificio?