El círculo roto: una amistad, un nacimiento, un secreto
—¡Empuja, Lucía, por favor! ¡Ya casi está!— gritaba yo, con las manos temblorosas y el corazón a punto de salirse del pecho. El sudor le caía por la frente y sus uñas se clavaban en mi brazo. Era de madrugada, en nuestro pequeño piso de Lavapiés, y el silencio de la ciudad sólo era roto por sus gritos y mis palabras de ánimo.
Nunca imaginé que aquella noche cambiaría mi vida para siempre.
Lucía y yo éramos inseparables desde el instituto. Compartimos confidencias, risas, lágrimas y hasta el alquiler. Cuando me confesó que estaba embarazada y que el padre no quería saber nada, no dudé en prometerle que estaría a su lado. Pero esa noche, mientras sostenía a la pequeña Alba por primera vez, sentí un escalofrío. Lucía me miró con los ojos llenos de lágrimas y algo más: miedo.
—Carmen… hay algo que tengo que decirte— susurró, con la voz rota.
No imaginaba que esas palabras serían el principio del fin.
Durante semanas, Lucía evitaba mi mirada. Yo me ocupaba de Alba como si fuera mía: le cambiaba los pañales, la acunaba cuando lloraba, incluso le cantaba las nanas que mi abuela me enseñó en Granada. Pero cada vez que veía a Lucía, sentía que entre nosotras se había abierto un abismo.
Una tarde de otoño, mientras Alba dormía en mi regazo, Lucía se sentó frente a mí. Tenía las manos frías y la mirada perdida.
—Carmen… el padre de Alba… no es quien te dije.
Sentí cómo se me helaba la sangre.
—¿Entonces quién es?— pregunté, intentando mantener la calma.
Lucía bajó la cabeza. —Es Marcos.
El mundo se detuvo. Marcos era mi exnovio. El único hombre al que había amado de verdad. El mismo que me dejó sin explicaciones hacía un año, justo cuando Lucía empezó a distanciarse de mí.
—¿Cómo has podido?— susurré, con la voz quebrada.
Lucía rompió a llorar. —Fue un error… una noche… yo estaba mal, tú estabas en casa de tus padres… él vino a buscarte… acabamos bebiendo… pasó lo que pasó. No quería hacerte daño, te lo juro.
Me levanté de golpe, dejando a Alba en la cuna. Sentí rabia, traición y una tristeza tan profunda que apenas podía respirar. Salí corriendo del piso sin mirar atrás.
Durante días vagué por Madrid como un fantasma. No podía dormir ni comer. Mi madre me llamaba preocupada, pero no podía contarle nada. ¿Cómo explicarle que mi mejor amiga y el hombre al que amaba me habían traicionado de la forma más cruel?
Una noche volví al piso para recoger mis cosas. Lucía estaba sentada en el suelo, abrazando a Alba y llorando en silencio.
—Carmen, por favor… no me dejes sola— suplicó.
La miré con el corazón hecho trizas. Quise gritarle todo el dolor que sentía, pero sólo pude susurrar:
—No sé si podré perdonarte nunca.
Me mudé a casa de mi hermana Pilar en Vallecas. Intenté rehacer mi vida: busqué trabajo en una librería, salí con amigas del pasado, incluso acepté una cita con un compañero del trabajo. Pero nada llenaba el vacío que sentía dentro.
A veces veía a Lucía por el barrio, empujando el carrito de Alba. Me escondía para no cruzarme con ella. Pero cada vez que veía a la niña, sentía una punzada en el pecho: tenía mis mismos ojos verdes. ¿Y si Marcos seguía pensando en mí? ¿Y si todo había sido un error?
Un día recibí una carta de Lucía. Decía:
“Carmen,
Sé que no merezco tu perdón ni tu amistad. Sólo quiero que sepas que Alba pregunta por ti cada día. Eres su tía, su familia. Si algún día quieres volver… aquí estaremos.”
Lloré durante horas. Pensé en todo lo que habíamos compartido Lucía y yo: los veranos en Cádiz, las noches de estudio antes de Selectividad, las confidencias bajo las sábanas cuando todo parecía posible. ¿Era justo perderlo todo por un error? ¿O era imposible reconstruir lo roto?
Pasaron los meses y la Navidad llegó sin alegría para mí. Una tarde fría de diciembre, mientras paseaba por El Retiro intentando ordenar mis pensamientos, vi a Lucía sentada en un banco con Alba dormida en brazos. Dudé unos segundos antes de acercarme.
—Hola— dije en voz baja.
Lucía levantó la vista y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Carmen…
Nos quedamos en silencio largo rato. Finalmente me senté a su lado y acaricié la mano de Alba.
—No sé si podré perdonarte del todo— confesé— pero tampoco quiero seguir viviendo con este rencor.
Lucía asintió y me abrazó fuerte.
Desde entonces intento reconstruir mi vida paso a paso. A veces juego con Alba en el parque y siento que algo dentro de mí sana poco a poco. Otras veces el dolor vuelve como una ola y me pregunto si alguna vez podré confiar plenamente en alguien.
¿Es posible perdonar lo imperdonable? ¿O hay heridas que nunca cierran del todo? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?