En la sombra del desprecio: La hija que busca su voz

—¿Por qué siempre tienes que hacerte la víctima, Irene? —La voz de mi padre retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol del suelo bajo mis pies descalzos.

Me quedé quieta, con el cuaderno apretado contra el pecho. Había intentado enseñarle un poema que escribí sobre mamá, pero él ni siquiera lo miró. Lucía, mi hermanastra, apareció tras él con su sonrisa perfecta y el uniforme del colegio impecable. Ella siempre era la hija ejemplar, la que nunca levantaba la voz ni hacía preguntas incómodas.

—Déjala, papá. Irene solo quiere llamar la atención —dijo Lucía, lanzándome una mirada de superioridad antes de desaparecer por el pasillo.

Sentí cómo las lágrimas me ardían en los ojos, pero no iba a llorar delante de ellos. No otra vez. Me refugié en mi habitación, cerrando la puerta con suavidad para no provocar otra discusión. Desde que mamá murió hace dos años, la casa se había llenado de un silencio espeso y cortante. Papá se volvió distante, casi ausente, y Lucía ocupó el espacio que yo había dejado vacío en su corazón.

A veces me preguntaba si realmente era hija suya o solo una sombra que pasaba inadvertida por los rincones. En las cenas, apenas hablábamos. Papá preguntaba por las notas de Lucía, sus actividades extraescolares, sus amigas del club de tenis. Yo me limitaba a mover la comida en el plato y a fingir que no me importaba.

Pero sí me importaba. Me dolía cada vez que veía las fotos familiares en el salón: mamá sonriendo, papá abrazando a Lucía, yo en un rincón, medio borrosa. Como si nunca hubiera estado realmente allí.

Una tarde de otoño, mientras la lluvia golpeaba los cristales del balcón, escuché a papá y Lucía discutir en la cocina. Me acerqué sin hacer ruido.

—No entiendo por qué tienes que ser tan dura con Irene —decía papá, con voz cansada.
—Es que no hace nada bien —respondió Lucía—. Siempre está triste o enfadada. No ayuda en casa, no sale con nadie…
—Ha pasado por mucho —suspiró él—. Dale tiempo.

Me alejé antes de escuchar más. Por primera vez en meses sentí una chispa de esperanza: ¿quizá papá aún se preocupaba por mí?

Esa noche me armé de valor y bajé a cenar con ellos. Intenté participar en la conversación:

—Hoy he sacado un notable en literatura —dije, mirando a papá.

Él asintió sin apartar los ojos del móvil. Lucía rodó los ojos y cambió de tema:

—Papá, ¿puedo ir este fin de semana a casa de Marta? Van a hacer una fiesta y…

La conversación siguió sin mí. Me sentí invisible otra vez.

En el instituto tampoco era fácil. Mis compañeros me veían como «la rara» desde que falté tanto tras la muerte de mamá. Solo Marta, una chica nueva de Sevilla, se sentaba conmigo en los recreos.

—¿Por qué no hablas más con tu familia? —me preguntó un día.
—No es tan fácil —le respondí—. Siento que no encajo en ningún sitio.

Marta me sonrió con complicidad:
—A veces hay que gritar para que te escuchen.

Esa frase se me quedó grabada.

Un sábado por la mañana, mientras papá y Lucía salían juntos a comprar ropa nueva para ella, me quedé sola en casa. Entré en el despacho de mamá y abrí su armario. Allí encontré una caja con cartas y diarios antiguos. Empecé a leerlos y descubrí que mamá también se había sentido sola muchas veces; hablaba del miedo a no ser suficiente para papá, del dolor de perder a su madre siendo joven…

Lloré hasta quedarme sin fuerzas. Pero también sentí algo nuevo: una conexión con ella más allá del tiempo y la muerte.

Decidí escribirle una carta a papá. Le conté cómo me sentía desde que mamá se fue, cómo echaba de menos su abrazo y sus palabras. Le pedí que me mirara, aunque solo fuera un momento.

Dejé la carta sobre su almohada y pasé el resto del día encerrada en mi cuarto, temblando cada vez que escuchaba pasos por el pasillo.

Al día siguiente, papá llamó a mi puerta.
—¿Puedo pasar?
Asentí en silencio.
Se sentó a mi lado y me abrazó por primera vez en mucho tiempo. Lloramos juntos. Me pidió perdón por haberme dejado sola en mi dolor y prometió intentar estar más presente.

Las cosas no cambiaron de la noche a la mañana. Lucía seguía siendo distante conmigo y papá tenía días mejores y peores. Pero poco a poco empecé a sentirme menos invisible. Volví a escribir poemas y hasta leí uno en clase; mis compañeros me escucharon atentos y algunos se acercaron después para felicitarme.

Marta y yo nos hicimos inseparables. Con ella aprendí a reír otra vez y a no tener miedo de mostrar mis heridas.

Ahora, al mirar atrás, sé que sigo buscando mi voz cada día. Pero ya no tengo miedo de alzarla, aunque tiemble.

¿Alguna vez os habéis sentido invisibles en vuestra propia casa? ¿Qué haríais para encontrar vuestro lugar cuando parece que nadie os ve?