Madre, no puedo darte un nieto: La sombra de la infertilidad en mi matrimonio
—¿Y para cuándo el nieto, Lucía? —La voz de mi suegra, Carmen, retumba en el comedor como un trueno inesperado. El cuchillo se me resbala de la mano y cae al plato con un estrépito. Todos los ojos se clavan en mí, menos los de Álvaro, que baja la mirada y juega con el pan como si pudiera esconderse en las migas.
—Bueno, mamá, ya sabes que estas cosas… —intenta decir él, pero su voz se apaga como una vela al viento. Siento cómo la rabia y la tristeza me suben por la garganta. ¿Por qué siempre tengo que ser yo la que dé la cara?
Mi cuñada, Marta, sonríe con suficiencia mientras acaricia la barriga de su tercer embarazo. Mi suegro, Antonio, carraspea incómodo. El reloj de pared marca las dos y media; el cocido madrileño humea en la mesa, pero nadie tiene hambre ya.
Me limpio las manos en la servilleta y respiro hondo. “No puedo más”, pienso. Llevo tres años fingiendo sonrisas en reuniones familiares, soportando preguntas indiscretas y consejos absurdos sobre infusiones milagrosas y escapadas románticas. Tres años de pruebas médicas, de esperanzas rotas cada mes, de noches en vela abrazada a Álvaro mientras él llora en silencio creyendo que no le oigo.
—Carmen —digo al fin, con la voz temblorosa pero firme—. No podemos tener hijos. Lo hemos intentado todo. No va a pasar.
El silencio es absoluto. Marta deja de acariciar su barriga. Antonio deja caer el tenedor. Carmen me mira como si no entendiera el idioma.
—¿Cómo que no podéis? —pregunta al fin, casi ofendida—. Eso es cosa de médicos. Hoy en día todo tiene arreglo.
—No siempre —respondo, sintiendo cómo se me quiebra la voz—. No en nuestro caso.
Álvaro sigue sin mirarme. Siento una punzada de resentimiento hacia él. ¿Por qué no puede ser él quien lo diga? ¿Por qué tengo que ser yo la fuerte siempre?
Marta interviene:
—Bueno, Lucía, tampoco hay que dramatizar. Hay tratamientos, adopciones…
—Ya hemos pasado por todo eso —respondo con un hilo de voz—. No quiero hablar más del tema.
Carmen se levanta bruscamente y sale del comedor. Oigo cómo se encierra en el baño y cierra la puerta de un portazo.
La comida termina en silencio. Nadie se atreve a mirarme a los ojos. Cuando por fin salimos a la calle, Álvaro camina a mi lado sin decir palabra. Me gustaría gritarle, preguntarle por qué me ha dejado sola una vez más, pero no tengo fuerzas.
Esa noche apenas hablamos. Me encierro en el baño y lloro hasta quedarme sin lágrimas. Pienso en todas las veces que he soñado con un hijo: su risa, sus primeros pasos, los paseos por el Retiro los domingos por la mañana… Todo eso se ha ido para siempre.
Al día siguiente, Carmen me llama. Su voz suena fría:
—Lucía, entiendo que estés pasando un mal momento, pero creo que deberíais seguir intentándolo. No puedes rendirte así.
Me muerdo el labio para no gritarle que ya no puedo más. Que cada intento fallido es una herida nueva. Que mi cuerpo está agotado y mi alma hecha trizas.
Álvaro llega tarde esa noche. Cuando entra en casa, le espero sentada en el sofá.
—¿Por qué no dijiste nada? —le pregunto sin rodeos.
Él se sienta a mi lado y me toma la mano.
—No sé cómo hacerlo —admite—. Siento que les fallo a todos… a ti también.
Le miro a los ojos y veo el mismo dolor reflejado en ellos. Nos abrazamos y lloramos juntos por primera vez en mucho tiempo.
Los días pasan y las llamadas de Carmen se hacen más insistentes. Empieza a sugerir remedios caseros, curanderos del pueblo, hasta una visita a Lourdes. Cada vez que cuelgo el teléfono siento que me ahogo un poco más.
En el trabajo tampoco encuentro consuelo. Mis compañeras hablan de sus hijos sin parar: las notas del colegio, los disfraces de carnaval, las vacaciones familiares en Benidorm. Yo sonrío y finjo interés mientras por dentro me siento invisible.
Una tarde decido ir a ver a mi madre, Rosario. Ella siempre ha sido mi refugio.
—Hija —me dice mientras me sirve una taza de café—, no tienes que demostrarle nada a nadie. Si tú y Álvaro os tenéis el uno al otro, eso es suficiente.
Me echo a llorar sobre su hombro como cuando era niña. Por primera vez en mucho tiempo siento un poco de paz.
Esa noche hablo con Álvaro:
—No quiero seguir viviendo así —le digo—. No quiero que nuestra vida gire alrededor de algo que no va a pasar.
Él asiente y me abraza fuerte.
Poco a poco empezamos a reconstruirnos. Salimos más juntos, viajamos por España: Granada, Salamanca, Santiago… Redescubrimos lo que nos unió al principio: las risas tontas, las noches de cine en casa, los paseos sin rumbo por Madrid.
Carmen sigue sin aceptarlo del todo, pero ya no dejo que su dolor sea el mío. He aprendido a poner límites y a cuidar de mí misma.
A veces aún duele ver a Marta con sus hijos o escuchar los comentarios bienintencionados pero hirientes de amigos y familiares. Pero ya no me definen.
Hoy miro a Álvaro y sé que hemos sobrevivido juntos a la tormenta más dura de nuestras vidas.
Me pregunto: ¿Por qué la maternidad sigue siendo una obligación para tantas mujeres? ¿Cuándo aprenderemos a medir la felicidad por lo que tenemos y no por lo que nos falta?