Entre el deber y el olvido: La historia de Carmen

—¿Por qué siempre tienes que ponerte de parte de tu madre? —gritó Luis, mi marido, mientras yo sostenía el teléfono con la voz temblorosa de mi padre al otro lado.

—No es eso, Luis, solo está enfermo y necesita que le ayude con las compras —intenté explicar, pero él ya había salido dando un portazo que hizo vibrar los cristales del salón.

Me quedé allí, en medio del pasillo, con el teléfono aún pegado a la oreja y el corazón encogido. Mi padre, desde el otro lado, susurró: —Hija, si es mucho para ti, no vengas. Ya me las arreglaré.

Pero yo fui. Como siempre. Como cada vez que mis padres me necesitaban, aunque eso significara soportar el mal humor de Luis durante días. Desde que me casé, hace ya veintisiete años, mi vida fue un constante equilibrio imposible entre las necesidades de mis padres —tan tradicionales, tan dependientes— y las exigencias de un marido que nunca entendió que mi familia no era solo él.

Recuerdo la primera vez que sentí que mi vida no era mía. Fue en la boda de mi hermana pequeña, Lucía. Mi madre me miró con esos ojos duros y me dijo: —Carmen, tú eres la mayor, tienes que dar ejemplo. No puedes faltar a nada, ni siquiera si Luis se enfada. Las familias unidas son lo más importante.

Y yo asentí. Siempre asentía. Incluso cuando mi propio corazón gritaba por dentro que quería algo diferente. Que quería estudiar Bellas Artes en Barcelona, que soñaba con viajar, con escribir. Pero en mi casa, los sueños eran un lujo para los hombres o para las hijas menores. A mí me tocó ser el pilar, la que nunca se rompe.

Luis tampoco ayudó. Al principio era cariñoso, atento. Pero pronto se cansó de mis idas y venidas a casa de mis padres, de mis intentos por mantener a todos contentos. —¿Y yo? ¿Cuándo piensas en mí? —me reprochaba cada vez que salía corriendo porque mi madre había tenido una caída o mi padre necesitaba ir al médico.

No sé cuántas veces me senté en la cocina, sola, llorando en silencio para que mis hijos no me vieran. Ellos crecieron viendo a una madre ausente, siempre preocupada por los demás. A veces pienso que por eso se fueron tan pronto de casa: Pablo a Valencia, Marta a Londres. Ahora apenas llaman.

La última vez que discutí con Luis fue hace dos años, poco antes de que él se marchara definitivamente. Había llegado tarde del trabajo y encontró la cena fría. Yo venía de pasar la tarde en el hospital con mi madre, que ya estaba muy enferma.

—¿Otra vez con tus padres? ¿Y yo qué? —me gritó.

—¡Estoy cansada, Luis! ¡No puedo más! —por primera vez en años, levanté la voz. Sentí que algo dentro de mí se rompía.

Él me miró como si no me reconociera. —Pues si no puedes, allá tú. Yo me largo.

Y se fue. Sin mirar atrás. Mis padres murieron poco después, con apenas seis meses de diferencia. Me quedé sola en este piso grande y frío, rodeada de recuerdos y de muebles antiguos que nadie quiere.

A veces me pregunto si hice lo correcto. Si sacrificar mis sueños, mi juventud, mi matrimonio, valió la pena por mantener la paz, por cumplir con lo que todos esperaban de mí. Mi hermana Lucía siempre fue más valiente. Se fue a Sevilla con un músico y nunca volvió. Mis hijos me quieren, lo sé, pero están lejos, haciendo su vida.

El otro día, mientras ordenaba unas cajas en el trastero, encontré mi cuaderno de dibujos de cuando tenía diecisiete años. Lo abrí y sentí una punzada en el pecho. ¿Qué habría pasado si hubiera luchado por mí misma? ¿Si hubiera dicho que no, aunque solo fuera una vez?

A veces sueño que vuelvo a empezar, que tengo veinte años y cojo aquel tren a Barcelona. Pero despierto y la realidad me golpea: estoy sola, con demasiados silencios y demasiados sacrificios a mis espaldas.

¿De verdad merece la pena vivir para los demás si al final te quedas sin ti misma? ¿Cuántas mujeres en España han sentido lo mismo? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar?