Lo que pensaban nuestros vecinos: Un relato sobre amor, prejuicios y una pared

—¿Has visto cómo te miran, Elena? —me susurró Lucía mientras cerrábamos la puerta del portal, el eco de las voces de los vecinos aún flotando en el aire.

No hacía falta que me lo dijera. Desde que Lucía y yo decidimos vivir juntas en el piso de la calle Zamora, sentí que cada paso nuestro era observado, analizado y juzgado. Salamanca puede ser una ciudad universitaria y moderna, pero en nuestro barrio, las paredes siguen teniendo oídos y los corazones, prejuicios.

La primera vez que Lucía vino a cenar a casa de mis padres, mi madre, Carmen, apenas pudo disimular su incomodidad. «¿No crees que es demasiado pronto para presentarla?», me preguntó en la cocina, mientras removía la paella con más fuerza de la necesaria. Mi padre, Antonio, se limitó a observar en silencio, con ese gesto serio que siempre reservaba para las ocasiones importantes o incómodas.

Pero lo peor no era la familia. Era el vecindario. La señora Pilar, la portera, dejó de saludarme con su habitual «Buenos días, guapa» y empezó a cerrar la puerta del portal con un golpe seco cada vez que nos veía entrar juntas. Los niños del tercero dejaron de invitar a mi hija Sofía a sus cumpleaños. Y en el supermercado, las cajeras murmuraban cuando pasábamos por la caja con nuestras compras para dos.

Aun así, Lucía y yo intentamos construir nuestra vida. Nos casamos en una ceremonia pequeña en el Ayuntamiento, rodeadas solo de unos pocos amigos fieles y mi hermano Sergio, que siempre fue mi cómplice. Pero la felicidad duró poco. Pronto comenzaron los rumores: que si Lucía era «demasiado moderna», que si yo había cambiado desde que estaba con ella, que si nuestra hija no tenía un «hogar normal».

Una tarde de otoño, mientras recogía la ropa tendida en la azotea, escuché a dos vecinas hablando bajo:

—Dicen que Elena y Lucía van a vender el piso. Que no aguantan más aquí.
—Normal. Con lo que han montado…

Sentí una rabia sorda mezclada con tristeza. ¿Por qué nuestro amor era motivo de escándalo? ¿Por qué no podían vernos como una familia más?

La situación empeoró cuando mi madre enfermó. El hospital se llenó de familiares y conocidos, y todos parecían tener una opinión sobre mi vida. Una tarde, mientras cuidaba de ella en la habitación 312 del Hospital Clínico, Carmen me tomó la mano con fuerza:

—Hija, yo solo quiero que seas feliz… pero esto no es lo que soñé para ti.

Me dolió más de lo que esperaba. ¿Acaso no era feliz? ¿No merecía mi hija crecer en un hogar donde el amor era sincero?

Los días pasaron entre visitas al hospital y silencios incómodos en casa. Lucía intentaba animarme:

—No les hagas caso, Elena. Lo importante somos nosotras.

Pero yo sentía cómo una pared invisible crecía entre nosotras y el mundo. Incluso entre nosotras mismas.

Un día, Sofía llegó llorando del colegio:

—Mamá, dicen que no tengo papá porque soy rara…

La abracé con todas mis fuerzas, prometiéndole que nada ni nadie podría hacernos daño. Pero por dentro me sentí derrotada.

Fue entonces cuando descubrí el secreto familiar que lo cambió todo. Mi tía Rosario vino a verme una tarde lluviosa:

—Elena, tu abuela también amó a una mujer. Pero en su época… no pudo ser. La obligaron a casarse con tu abuelo y nunca fue feliz.

De repente entendí el miedo de mi madre, el silencio de mi padre, incluso la hostilidad de algunos vecinos mayores. Era un ciclo de dolor y represión que se repetía generación tras generación.

Esa noche hablé con Lucía:

—No quiero vivir escondida ni avergonzada. No quiero que Sofía crezca pensando que hay algo malo en nosotras.
—Entonces luchemos —me dijo Lucía—. Por nosotras. Por tu abuela. Por todas.

Decidimos organizar una pequeña fiesta en casa e invitar a todos los vecinos. No fue fácil: muchos rechazaron la invitación o pusieron excusas. Pero algunos vinieron: la joven pareja del primero, don Manuel del cuarto (que trajo una tarta casera), incluso la señora Pilar apareció al final con una botella de vino.

Esa noche hablamos, reímos y compartimos historias. Descubrimos que todos teníamos secretos, miedos y sueños rotos. Poco a poco, la pared invisible empezó a resquebrajarse.

Mi madre falleció poco después, pero antes me regaló unas palabras que nunca olvidaré:

—Perdóname por no entenderte antes. Ojalá hubiera tenido tu valor.

Hoy sigo viviendo en el mismo piso de la calle Zamora con Lucía y Sofía. Los rumores no han desaparecido del todo, pero ya no me duelen igual. Ahora sé quién soy y lo que valgo.

A veces me pregunto: ¿Cuántas vidas se han vivido a medias por miedo al qué dirán? ¿Cuántos amores se han perdido tras los muros del silencio? ¿Y tú… te atreverías a derribar tu propia pared?