La Sombra de la Preferencia: El Silencio de Lucía
—¿Por qué siempre es Álvaro, mamá? —mi voz tembló, apenas un susurro, mientras veía a mi madre servirle a mi hermano el último trozo de tortilla de patatas, ignorando mi plato vacío.
Ella ni siquiera levantó la vista. —No empieces, Lucía. Ya sabes que Álvaro necesita comer más, está creciendo.
Tenía catorce años y sentí, una vez más, cómo mi presencia se desvanecía en ese salón pequeño de nuestro piso en Vallecas. Mi madre, Carmen, siempre había sido una mujer dura, de esas que no muestran cariño con palabras, sino con gestos. Pero esos gestos, en mi caso, eran escasos y fríos, como el viento de enero en Madrid.
Mi hermano Álvaro, tres años menor, era el sol de la casa. Todo giraba en torno a él: sus partidos de fútbol, sus notas, sus amigos. Yo era la hija callada, la que sacaba buenas notas sin esfuerzo, la que ayudaba en casa, la que nunca daba problemas. Pero eso no bastaba para ganarme un poco de su atención.
Recuerdo una tarde de invierno, cuando llegué a casa empapada tras esperar el autobús bajo la lluvia. Mi madre estaba sentada en el sofá, tejiendo una bufanda azul para Álvaro. Ni siquiera me preguntó por qué estaba mojada. Solo dijo: —No pongas el suelo perdido, Lucía.
A veces, en el colegio, escuchaba a mis amigas hablar de sus madres: de cómo les preparaban la merienda favorita, de los abrazos antes de dormir. Yo solo podía sonreír y cambiar de tema. ¿Cómo explicarles que mi madre reservaba los abrazos para Álvaro, que a mí solo me tocaba el deber y la exigencia?
La situación se agravó cuando mi padre, Manuel, perdió el trabajo en la fábrica. La tensión se palpaba en el ambiente. Mi madre se volvió aún más distante conmigo, como si yo fuera una carga más. Una noche, la escuché discutir con mi padre en la cocina:
—Lucía debería buscarse un trabajo de tardes, como hace Marta, la hija de los vecinos. Álvaro necesita concentrarse en los estudios y el fútbol.
—Pero Lucía también tiene derecho a estudiar —replicó mi padre, su voz cansada.
—¡Álvaro tiene futuro! Lucía… bueno, Lucía siempre ha sido más reservada. No le va a costar sacrificarse un poco.
Me fui a la cama con un nudo en la garganta. ¿Por qué mi madre no podía verme? ¿Por qué mi esfuerzo nunca era suficiente?
El día que cumplí dieciséis años, mi madre olvidó mi cumpleaños. Ni una felicitación, ni una tarta. Solo una llamada de mi abuela Pilar, que siempre fue mi refugio. —No te preocupes, hija —me dijo—. Hay madres que no saben querer igual. Pero tú vales mucho, Lucía.
A los diecisiete, conseguí una beca para estudiar en la Universidad Complutense. Cuando se lo conté a mi madre, apenas levantó la vista del móvil.
—¿Y Álvaro? ¿No le vas a ayudar con sus deberes? —fue su única respuesta.
Esa noche lloré en silencio. Empecé a sentir rabia, una rabia sorda que se mezclaba con tristeza. Me volví más distante, más fría. Dejé de buscar su aprobación. Me refugié en los libros, en la música, en las largas caminatas por el Retiro.
Un día, después de una discusión especialmente dura —mi madre me acusó de ser egoísta por querer irme de casa—, exploté:
—¿Alguna vez me has querido, mamá? ¿O solo tienes ojos para Álvaro?
Su respuesta fue un silencio helado. Mi padre intentó mediar, pero ya era tarde. Algo se había roto entre nosotras.
Me fui de casa a los diecinueve, con una maleta y muchas heridas abiertas. Viví en pisos compartidos, trabajé en cafeterías y estudié por las noches. Mi madre apenas me llamaba. Cuando lo hacía, era para preguntarme si podía enviarle dinero para Álvaro o para contarme sus éxitos en el fútbol.
Años después, cuando mi padre enfermó, volví a casa por unos días. Álvaro ya era un joven alto y seguro de sí mismo. Mi madre seguía girando en torno a él. Pero esa vez, algo había cambiado en mí. Ya no buscaba su aprobación. Había aprendido a quererme sola, a valorar mi esfuerzo y mi resiliencia.
La última noche antes de regresar a mi vida en Madrid, me senté con mi madre en la cocina. El silencio era denso.
—¿Alguna vez te has preguntado cómo me sentía yo? —le dije, sin rencor, solo con cansancio.
Ella bajó la mirada. Por primera vez, vi un atisbo de duda en sus ojos.
—No lo sé, Lucía. Supongo que hice lo que creí mejor. Álvaro siempre necesitó más… atención.
—¿Y yo? —pregunté—. ¿No merecía también tu amor?
No hubo respuesta. Pero esa noche dormí tranquila. Había dicho lo que llevaba años guardando.
Hoy, con treinta años, sigo luchando con las cicatrices de aquel favoritismo. Pero también sé que mi valor no depende del amor que recibí, sino del que aprendí a darme a mí misma.
¿Es posible perdonar a una madre que nunca supo querer igual? ¿Cuántos hijos e hijas en España han sentido lo mismo que yo?