Entre dos mundos: el silencio de mi casa

—¿Por qué no le dejas la merienda de siempre, mamá? —me espetó Sergio, mi hijo, mientras yo preparaba el bocadillo de chorizo para Álvaro.

Me quedé quieta, el cuchillo en el aire. El pan crujía bajo mis dedos, pero mi corazón se encogía. ¿Desde cuándo mi forma de cuidar era un problema? Miré a mi nieto, sentado en la mesa, con sus zapatillas de Spiderman y la mirada perdida en la tablet. Ni siquiera levantó la vista cuando le llamé:

—Álvaro, cariño, ¿quieres zumo de naranja?

—No —respondió sin apartar los ojos de la pantalla.

Sergio suspiró y se llevó las manos a la cabeza. —Mamá, no le des zumo, que luego no cena. Y por favor, nada de embutidos, que en el cole nos han dicho que no es sano.

Sentí una punzada de rabia y tristeza. Yo había criado a Sergio con bocadillos de chorizo y leche con cacao. ¿Tan mal lo hice? ¿Por qué ahora todo lo que hago está mal?

Desde que me jubilé como administrativa en una gestoría de Chamberí, pensé que tendría tiempo para disfrutar de mi familia. Pero la vida no es como una imagina. Sigo trabajando con algunos clientes porque la pensión no da para mucho y, además, me ayuda a sentirme útil. Pero en casa… en casa me siento invisible.

Mi nuera, Lucía, es amable pero distante. Siempre tiene prisa. Cuando llega del trabajo, apenas me saluda y se encierra en su despacho con el portátil. Sergio y ella hablan en voz baja por las noches, y a veces escucho mi nombre. No sé si es paranoia o intuición, pero siento que soy una molestia.

Una tarde, mientras recogía los juguetes de Álvaro del salón, escuché a Sergio hablando por teléfono:

—No sé qué hacer con mi madre. No entiende nada. Todo el día diciéndole a Álvaro que se abrigue, que coma más… Está anticuada. —Pausa—. Sí, ya sé que sin ella no podríamos apañarnos, pero a veces me dan ganas de decirle que se busque otra cosa.

Me temblaron las manos. ¿Eso pensaba mi hijo de mí? ¿Que soy un estorbo?

Esa noche, mientras fregaba los platos, me atreví a preguntar:

—Sergio, ¿te molesta que esté aquí?

Él me miró sorprendido. —No, mamá, ¿cómo dices eso? Pero tienes que entender que las cosas han cambiado. Ahora los niños no pueden comer lo que comíamos nosotros. Y Lucía y yo necesitamos nuestro espacio.

—¿Y yo? —pregunté bajito—. ¿Dónde quedo yo?

No respondió. Solo se encogió de hombros y salió del comedor.

Los días pasaban y la distancia crecía. Álvaro apenas me hablaba. Si intentaba leerle un cuento, prefería los vídeos de YouTube. Si le proponía ir al parque, decía que estaba cansado. Me sentía inútil, como un mueble viejo al que nadie mira.

Un domingo por la tarde, decidí hacer croquetas, su plato favorito de pequeño. Pasé horas en la cocina, removiendo la bechamel y recordando cuando Sergio venía corriendo a probar la masa. Cuando las puse en la mesa, Lucía frunció el ceño:

—Victoria, ¿has usado leche entera? Es que Álvaro tiene intolerancia a la lactosa.

Me quedé helada. Nadie me había dicho nada. Miré a mi nieto, que apartó el plato sin probarlo.

—No pasa nada —dijo Sergio rápido—. Ya cenará otra cosa.

Me encerré en mi cuarto y lloré en silencio. ¿En qué momento me convertí en una extraña para los míos?

Empecé a salir más de casa. Volví a la parroquia donde iba de joven, hablé con amigas del barrio, incluso me apunté a clases de pintura en el centro cultural. Pero cada vez que volvía al piso y veía a mi familia reunida sin mí, sentía una punzada de celos y tristeza.

Un día, mientras recogía la ropa del tendedero, escuché a Lucía hablando con una amiga por videollamada:

—Es buena mujer, pero no entiende nada. A veces pienso que sería mejor buscarle una residencia…

Me senté en la cama y miré mis manos arrugadas. ¿Eso era lo que me esperaba? ¿Un lugar donde aparcan a los viejos?

Esa noche, cuando todos dormían, entré en el cuarto de Álvaro. Dormía abrazado a un peluche. Me senté a su lado y le acaricié el pelo.

—Ojalá supiera cómo llegar a ti —susurré—. Ojalá no fuera una extraña en mi propia casa.

Al día siguiente, decidí hablar con Sergio y Lucía. Les pedí que se sentaran conmigo en la cocina.

—Sé que las cosas han cambiado —empecé—. Sé que no soy perfecta y que a veces meto la pata. Pero sigo siendo vuestra madre y abuela de Álvaro. No quiero ser una carga ni una sombra en esta casa. Solo quiero sentirme parte de la familia.

Lucía bajó la mirada. Sergio suspiró.

—Mamá… no es fácil para nadie. Tú tienes tus costumbres y nosotros las nuestras. Pero te necesitamos aquí.

—¿Me necesitáis o solo os conviene? —pregunté sin poder evitarlo.

Hubo un silencio incómodo. Álvaro apareció en la puerta.

—Abuela, ¿me lees un cuento?

Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Me levanté y le abracé fuerte.

Quizá nunca vuelva a ser como antes. Quizá siempre haya un muro entre generaciones. Pero mientras mi nieto siga buscándome para leerle un cuento, seguiré luchando por no desaparecer.

¿Hasta qué punto debemos cambiar para encajar en la vida de quienes amamos? ¿Y cuándo dejamos de ser imprescindibles para convertirnos en invisibles?