Promesas rotas: el precio de un coche y una familia dividida
—No quiero más discusiones en esta casa, Lucía. Habladlo entre vosotros —dijo mi madre, con la voz cansada, mientras dejaba el sobre con los billetes encima de la mesa del comedor. Mi hermano Sergio y yo nos miramos, tensos, como si ese sobre fuera una bomba a punto de estallar.
Aquel día, el sol de junio entraba a raudales por la ventana del piso en Vallecas, pero dentro hacía frío. Sergio tenía 22 años y acababa de sacarse el carné. Yo, con 28, llevaba años trabajando en una gestoría y ahorrando para independizarme. Mamá había prometido ayudar a Sergio a comprar su primer coche, igual que me ayudó a mí años atrás. Pero esta vez, en vez de dárselo directamente, decidió que «nos pusiéramos de acuerdo». Como si el dinero fuera un simple trámite y no el detonante de todo lo que estaba por venir.
—Tú ya tienes tu vida hecha, Lucía —me soltó Sergio en cuanto mamá salió de la habitación—. No te importará que me quede yo con todo.
Me mordí la lengua. ¿Mi vida hecha? Vivía en casa porque no podía permitirme otra cosa. Mi pareja, Raúl, y yo estábamos pensando en tener hijos, pero cada mes era una batalla para llegar a fin de mes. Aun así, no quería discutir. No quería ser «la hija egoísta».
—Haz lo que quieras —le dije, sintiendo cómo se me encogía el estómago.
Durante semanas, evitamos el tema. El sobre seguía ahí, como un fantasma. Mamá hacía como que no veía nada. Hasta que un día desapareció. Sergio se compró un coche de segunda mano y empezó a presumir de él por el barrio. Yo fingí que no me importaba, pero cada vez que veía el coche aparcado bajo nuestra ventana sentía una punzada de rabia.
Pasaron los meses. Raúl y yo tuvimos a nuestra hija, Martina. La situación económica empeoró: la gestoría cerró y me quedé en paro. Mamá empezó a necesitar ayuda con las facturas y Sergio, con su nuevo trabajo de repartidor, apenas pasaba por casa. Todo el peso cayó sobre mí.
Una tarde de otoño, mientras preparaba la merienda para Martina, mamá entró en la cocina con los ojos rojos.
—Lucía, ¿puedes prestarme algo de dinero? Sergio dice que este mes no puede ayudarme…
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Recordé aquel sobre, la promesa incumplida, la injusticia. Pero no dije nada. Le di lo poco que tenía y salí al balcón a respirar.
Las Navidades fueron un desastre. Sergio llegó tarde a la cena familiar y ni siquiera saludó a Martina. Mamá intentó hacer como si nada pasara, pero el silencio era insoportable. Cuando brindamos por el año nuevo, sentí que brindábamos por una mentira.
Un día, mientras recogía los juguetes del suelo, escuché a mamá hablando por teléfono con una vecina:
—No sé qué ha pasado entre mis hijos… Antes eran inseparables…
Me senté en el sofá y lloré. Lloré por la familia que habíamos perdido, por la rabia acumulada, por la sensación de injusticia que me ahogaba cada día.
El tiempo pasó y la distancia entre Sergio y yo se hizo insalvable. Mamá enfermó y tuve que hacerme cargo de todo: médicos, compras, facturas. Sergio apenas llamaba. Cuando le pedí ayuda para pagar una residencia, me colgó el teléfono.
—Siempre has sido la preferida —me escribió en un mensaje—. Ahora te toca a ti.
Me quedé mirando la pantalla del móvil sin saber si reír o gritar. ¿La preferida? ¿Por qué entonces sentía que siempre era yo la que renunciaba a todo?
El día que mamá murió, Sergio llegó tarde al tanatorio. No cruzamos palabra. En el entierro, mientras echaban tierra sobre el ataúd, pensé en todo lo que habíamos perdido por culpa de un sobre con dinero y una decisión mal tomada.
Ahora, tres años después de aquel día en el comedor, sigo preguntándome si hice bien en callar. Si debí luchar por lo que era justo o si la familia debe estar siempre por encima de todo.
A veces miro a Martina y me pregunto qué haría yo si estuviera en el lugar de mi madre. ¿Repetiría sus errores? ¿O tendría el valor de enfrentarme al conflicto para evitar que mis hijos se odien?
¿De verdad la familia está por encima de la justicia? ¿O hay heridas que nunca se curan si no se afrontan? ¿Qué habríais hecho vosotros?