La sombra de mi exsuegra: ¿Hasta dónde puede llegar la familia?
—No me lo puedo creer, Lucía. ¿De verdad piensas quedarte con todo el dinero?— La voz de doña Carmen retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa donde apoyaba sus manos.
Me quedé paralizada, con el contrato de compraventa aún temblando entre mis dedos. Había soñado tantas veces con este momento: la venta del piso, el cierre definitivo de una etapa dolorosa, la posibilidad de empezar de cero con mi hija, Paula. Pero ahí estaba ella, mi exsuegra, plantada en mi casa como si aún tuviera algún derecho sobre mi vida.
—Carmen, este piso lo compramos entre tu hijo y yo. Lo pagamos a medias, y ahora que está vendido, el dinero es para los dos. No entiendo qué pintas tú en esto —intenté mantener la calma, aunque sentía cómo la rabia me subía por la garganta.
Ella me miró con esos ojos grises que nunca supe descifrar del todo. —Ese dinero es de mi familia. Mi marido puso la entrada cuando os casasteis. Sin nosotros, tú jamás habrías tenido ese piso. Así que la mitad me corresponde por derecho.
Me quedé sin palabras. Recordé aquel día lluvioso en que firmamos la hipoteca, cómo su marido, don Antonio, nos prestó parte del dinero para la entrada. Pero fue un préstamo, no un regalo. Lo devolvimos todo, con intereses y hasta con cenas de agradecimiento. ¿Cómo podía ahora reclamarme algo que ya no le pertenecía?
Paula apareció en el pasillo, con su mochila colgando del hombro. —¿Mamá, pasa algo?
—Nada, cariño. Ve a tu cuarto un momento, por favor —le respondí, intentando que mi voz no temblara.
Carmen se levantó y se acercó a mí, bajando la voz pero sin perder ese tono autoritario que siempre me hizo sentir pequeña. —Lucía, no te conviene pelear conmigo. Sabes que tengo buenos abogados y que puedo complicarte la vida. Piensa en Paula. ¿Quieres que crezca viendo a su madre envuelta en juicios?
Sentí cómo se me encogía el estómago. No era solo el dinero; era la amenaza velada, la sombra de una familia que nunca me aceptó del todo. Mi exmarido, Álvaro, llevaba meses desaparecido, sin responder a mis mensajes ni a los de su hija. Y ahora tenía que enfrentarme sola a su madre.
Esa noche apenas dormí. Repasé una y otra vez los papeles: el contrato de compraventa, las transferencias bancarias, los recibos del préstamo devuelto a don Antonio. Todo estaba en regla. Pero conocía bien a Carmen: era capaz de manipular a quien hiciera falta para salirse con la suya.
Al día siguiente llamé a mi amiga Marta, abogada de familia.
—¿Puede hacerme esto? ¿Tiene algún derecho real sobre el dinero?
Marta suspiró al otro lado del teléfono. —Legalmente no tiene nada que hacer si puedes demostrar que devolvisteis el préstamo. Pero prepárate para una guerra psicológica. Carmen es conocida en los juzgados por no rendirse fácilmente.
Me sentí aliviada y aterrada al mismo tiempo. No era solo una cuestión legal; era una batalla emocional contra años de desprecios y silencios incómodos en las comidas familiares.
Los días siguientes fueron un infierno. Carmen empezó a llamar a mis padres, a mis vecinos, incluso a la directora del colegio de Paula. Decía que yo era una aprovechada, que estaba robando a su familia. Mi madre me llamó llorando una tarde:
—Hija, ¿qué está pasando? Carmen dice cosas horribles sobre ti…
—No le hagas caso, mamá. Solo quiere asustarme para que le dé dinero que no le corresponde.
Pero las dudas empezaron a calar en mi entorno. En el parque, algunas madres me miraban de reojo; otras dejaron de saludarme. Paula llegó un día triste del colegio:
—Mamá, Claudia dice que su abuela le ha contado que tú eres mala…
Sentí ganas de gritar. ¿Hasta dónde iba a llegar Carmen para conseguir lo que quería?
Una tarde recibí una carta certificada: me citaban para una mediación familiar. Carmen había puesto una demanda civil reclamando la mitad del dinero por «aportaciones familiares» y «daños morales» tras el divorcio.
En la sala de mediación, Carmen llegó impecable, con su peinado perfecto y ese aire de dignidad herida.
—Solo quiero lo que es justo —dijo ante la mediadora—. Mi familia ha sufrido mucho por culpa de Lucía.
Me defendí como pude, mostrando todos los documentos y explicando cada céntimo devuelto. La mediadora intentó razonar con ella:
—Doña Carmen, aquí no hay base legal para su reclamación…
Pero ella no escuchaba razones. Salió de allí amenazando con ir a la prensa local y «contar toda la verdad».
Durante meses viví bajo esa nube negra: rumores en el barrio, miradas acusadoras en el supermercado, llamadas anónimas por las noches. Paula empezó a tener pesadillas y yo sentía que me ahogaba en mi propia casa.
Finalmente llegó el juicio. El juez fue claro: no había pruebas de que Carmen tuviera derecho alguno sobre el dinero. Su demanda fue desestimada y ella salió del juzgado sin mirarme siquiera.
Pero la victoria no supo a nada dulce. Había perdido amigos, confianza en los demás y parte de mi alegría de vivir. Paula tardó meses en volver a dormir tranquila.
Hoy escribo esto porque sé que muchas mujeres pasan por situaciones parecidas: familias políticas que creen tener derecho a decidir sobre nuestras vidas incluso después del divorcio. Me pregunto si alguna vez podré volver a confiar plenamente en alguien o si esta herida quedará abierta para siempre.
¿De verdad es posible empezar de nuevo cuando el pasado se empeña en perseguirte? ¿Qué haríais vosotras si estuvierais en mi lugar?