El fin de semana en casa de la abuela: Cuando Lucía suplicó volver a casa
—Mamá, ¿por qué me habéis dejado aquí? —La voz de Lucía, temblorosa y rota, me perseguirá siempre. Era domingo por la tarde y acabábamos de llegar al pueblo para recogerla. Su carita estaba hinchada de tanto llorar y tenía las manos apretadas en puños pequeños, como si así pudiera contener todo el miedo y la rabia que había sentido durante el fin de semana.
No era la primera vez que Lucía y Pablo pasaban unos días con mi madre en Villaseca, pero esta vez todo fue distinto. Yo, Marta, necesitaba un descanso. Mi marido, Álvaro, llevaba semanas trabajando hasta tarde y yo sentía que me ahogaba entre el teletrabajo, las tareas del hogar y los gritos de los niños. Cuando mi madre llamó para decir que echaba de menos a sus nietos, no lo dudé: “Mamá, ¿te importaría quedarte con ellos este fin de semana? Álvaro y yo necesitamos desconectar”.
—Claro que sí, hija —me respondió ella con ese tono cálido que siempre me tranquilizaba—. Aquí estarán mejor que en ningún sitio.
El viernes por la tarde metimos las mochilas en el coche y condujimos hasta Villaseca. El pueblo estaba tranquilo, como siempre. Mi madre nos recibió con su delantal azul y olor a bizcocho recién hecho. Lucía parecía contenta; Pablo, con sus tres años, solo quería perseguir gallinas por el corral.
—Portaos bien con la abuela —les dije antes de irnos—. Volveremos el domingo por la tarde.
Lucía me abrazó fuerte. “¿De verdad os vais?”, susurró. Yo le acaricié el pelo y le prometí que serían solo dos noches. No imaginaba entonces lo largas que serían para ella.
El sábado por la mañana recibí un mensaje de mi madre: “Lucía está un poco rara, dice que le duele la barriga. Pero creo que es porque echa de menos su casa”. No le di demasiada importancia. Pensé que era normal, que se le pasaría jugando con Pablo o ayudando a mi madre a hacer magdalenas.
Pero esa noche, cuando llamé para darles las buenas noches por videollamada, vi a Lucía con los ojos rojos y la voz apagada.
—Mamá, quiero irme a casa —me dijo bajito—. Aquí hay ruidos por la noche y no puedo dormir.
Intenté tranquilizarla: “Cariño, es solo el viento y los gatos del tejado. Mañana estarás mejor”. Pero al colgar sentí un nudo en el estómago. Álvaro me miró preocupado.
—¿Crees que deberíamos ir a buscarla?
—No —le respondí—. Tenemos que aprender a dejarles espacio. Además, seguro que mañana está bien.
No dormí bien esa noche. Me despertaba pensando en Lucía sola en aquella habitación fría donde yo misma había pasado tantos veranos de niña. Recordé mis propios miedos: las sombras en las paredes, el crujido de las vigas, el reloj del abuelo marcando las horas en la oscuridad.
El domingo por la mañana mi madre volvió a escribir: “Lucía ha pasado mala noche. No quiere desayunar”. Decidimos salir antes de lo previsto.
Cuando llegamos, Lucía estaba sentada en el escalón de la entrada, abrazada a su peluche favorito. Mi madre tenía cara de preocupación.
—No ha querido salir al parque ni jugar con Pablo —me dijo en voz baja—. Solo pregunta por vosotros.
Me agaché junto a Lucía y le aparté un mechón de pelo de la cara.
—¿Qué te pasa, cariño?
Ella rompió a llorar.
—Pensé que no ibais a volver nunca —sollozó—. Me daba miedo dormir sola y la abuela no me dejaba encender la luz porque decía que gastaba mucha electricidad…
Sentí una punzada de culpa tan fuerte que tuve que morderme el labio para no llorar también. Mi madre intentó justificarse:
—Yo solo quería enseñarle a ser valiente…
Pero Lucía no necesitaba lecciones de valentía; necesitaba sentirse segura, saber que sus padres estaban cerca aunque fuera solo en pensamiento.
De vuelta a casa, Lucía se quedó dormida en el coche con la cabeza apoyada en mi hombro. Pablo jugaba con su dinosaurio sin enterarse de nada. Álvaro conducía en silencio.
Esa noche, mientras arropaba a Lucía en su cama, me miró con los ojos muy abiertos:
—¿Mamá? ¿Me prometes que nunca más me dejarás sola si tengo miedo?
Le besé la frente y le prometí lo único que podía prometer: “Siempre estaré contigo, aunque no me veas”.
Ahora entiendo que ser madre no es solo buscar lo mejor para tus hijos según tu criterio; es escucharles, comprender sus miedos aunque te parezcan pequeños o irracionales. A veces olvidamos lo frágiles que son sus corazones y lo fácil que es herirlos sin querer.
¿Quién decide cuándo un niño está preparado para enfrentarse solo al mundo? ¿Cuántas veces hemos confundido independencia con abandono? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez esa culpa punzante al ver sufrir a vuestros hijos por una decisión tomada con buena intención?