No soy su madre, pero tampoco soy invisible: la historia de Lucía y su hijastro
—¡Tú no eres mi madre! —me gritó Pablo, con los ojos llenos de lágrimas y rabia, mientras arrojaba su mochila al suelo del pasillo. El eco de sus palabras retumbó en el piso frío del piso de Carabanchel, y sentí cómo una grieta invisible se abría entre nosotros. Marcos, mi pareja desde hace cuatro años, se quedó petrificado en la puerta, sin saber si intervenir o dejar que la tormenta pasara sola. Yo solo pude quedarme quieta, con las manos temblorosas y el corazón encogido.
No era la primera vez que Pablo me lo decía, pero esa noche fue diferente. Había llegado tarde del trabajo, agotada tras una jornada eterna en la gestoría. Había preparado su cena favorita —macarrones con chorizo— y le había ayudado con los deberes de matemáticas. Pero bastó una llamada de su madre biológica, Carmen, para que todo el esfuerzo se desmoronara. Pablo se encerró en su habitación y, cuando intenté hablar con él, explotó.
Marcos me abrazó por detrás, susurrando: —Dale tiempo, Lucía. Es solo un niño. Pero yo sentí que el tiempo era precisamente lo que no tenía. Llevábamos años juntos, compartiendo techo y facturas, pero seguía siendo la invitada incómoda en la vida de su hijo. Y lo peor era que Marcos nunca tenía prisa por formalizar nada: ni boda, ni hijos propios, ni siquiera poner mi nombre en el buzón.
A veces me preguntaba si era yo la que estaba equivocada por esperar algo más. Mis amigas me decían que era una santa por aguantar tanto: —¿Por qué cargas con un niño que ni siquiera es tuyo? —me preguntó Marta una tarde en la terraza del bar de siempre. Yo solo encogí los hombros y respondí lo de siempre: —Porque quiero a Marcos. Porque Pablo no tiene la culpa de nada.
Pero la verdad es que sí dolía. Dolía ver cómo Carmen seguía siendo el centro del universo de Pablo, aunque solo lo viera dos fines de semana al mes. Dolía escuchar cómo Marcos evitaba hablar de futuro cada vez que yo sacaba el tema de tener un hijo propio. Dolía sentirme siempre en segundo plano.
Una noche, después de otra discusión con Pablo por una tontería —no quería ducharse antes de cenar—, me encerré en el baño y lloré en silencio. Me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras profundas, el pelo recogido a toda prisa, la sonrisa forzada. ¿En qué momento había dejado de ser Lucía para convertirme en «la novia de papá»?
Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno, Pablo entró en la cocina arrastrando los pies. Se sentó frente a mí y clavó la mirada en el mantel.
—¿Por qué no te vas? —me soltó de repente.
Sentí un nudo en la garganta. —¿Eso es lo que quieres?
—No sé… Solo quiero que todo vuelva a ser como antes —susurró.
—¿Antes de qué? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
—Antes de que estuvieras aquí.
Me quedé callada. No podía competir con los recuerdos idealizados de una familia rota. No podía ser Carmen, ni quería serlo. Pero tampoco quería desaparecer.
Esa tarde hablé con Marcos. Le conté todo lo que sentía: la soledad, el rechazo, el miedo a no ser suficiente para ninguno de los dos.
—Lucía, sabes que te quiero —me dijo él, tomándome las manos—. Pero Pablo necesita tiempo para adaptarse. No puedo obligarle a aceptarte como madre.
—No quiero ser su madre —le respondí—. Solo quiero sentirme parte de esta familia.
Marcos suspiró y bajó la mirada. —A veces siento que estoy fallando a los dos.
Durante semanas intenté mantenerme al margen de los conflictos entre padre e hijo. Me limité a cumplir mi papel: preparar comidas, ayudar con los deberes, lavar la ropa… Pero cada gesto era recibido con indiferencia o desconfianza por parte de Pablo. Empecé a preguntarme si realmente tenía sentido seguir luchando por un lugar que nadie parecía querer darme.
Un sábado por la mañana, mientras recogía el salón después del desayuno, encontré un dibujo arrugado bajo el sofá. Era una casa con tres figuras: un hombre alto (Marcos), un niño (Pablo) y una mujer rubia (Carmen). Yo no estaba en ese dibujo.
Esa noche soñé que me iba de casa sin hacer ruido. Nadie notaba mi ausencia hasta semanas después. Me desperté con lágrimas en los ojos y una sensación insoportable de vacío.
La siguiente vez que Carmen vino a recoger a Pablo para pasar el fin de semana juntos, me crucé con ella en el portal. Me miró de arriba abajo y sonrió con suficiencia.
—No te esfuerces tanto —me dijo en voz baja—. Al final siempre volverá conmigo.
Sentí ganas de gritarle que no era una competición, pero me mordí la lengua. Subí corriendo las escaleras y me encerré en mi habitación hasta que Marcos volvió solo a casa.
Esa noche le dije a Marcos que necesitaba un tiempo para pensar. Él intentó convencerme de quedarme, pero algo dentro de mí se había roto.
Me fui a casa de Marta unos días. Allí tuve tiempo para pensar en todo lo que había sacrificado por una familia que nunca sería mía del todo. Pensé en mis propios sueños: tener hijos propios, sentirme querida y reconocida…
Cuando volví al piso para recoger mis cosas, Pablo estaba sentado en el sofá viendo dibujos animados. Me miró de reojo y murmuró:
—¿Te vas?
Asentí en silencio.
—¿Es por mi culpa?
Me arrodillé frente a él y le acaricié el pelo.
—No es culpa tuya, Pablo. A veces las cosas no salen como queremos…
Él bajó la cabeza y susurró:
—Perdona por lo que te dije aquel día…
Le abracé fuerte y sentí cómo las lágrimas volvían a brotarme sin remedio.
Ahora escribo estas líneas desde mi nuevo piso compartido en Lavapiés. Sigo queriendo a Marcos y a Pablo, pero he aprendido que no puedo forzar un lugar donde no encajo. ¿Es posible amar a un hijo que no es tuyo sin perderte a ti misma? ¿Hasta dónde debemos sacrificar nuestros propios sueños por los demás? ¿Vosotros qué haríais?