Entre el deber y el amor: la herida invisible de una madre

—¿Por qué a ella sí y a mí no, mamá? —le pregunté con la voz quebrada, apenas conteniendo las lágrimas frente al ventanal del salón. Mi madre, Mercedes, ni siquiera levantó la vista de la taza de café. El silencio se hizo tan denso que podía oír el tictac del reloj de pared, ese que siempre marcaba las horas de nuestras discusiones familiares.

—No es lo mismo, Diego —respondió finalmente, con esa calma que sólo usan las madres cuando están a punto de decir algo que duele—. Lucía tiene una hija que alimentar. Carmen… Carmen tiene a su marido.

Sentí cómo la rabia me subía por la garganta. ¿Acaso no era yo también su hijo? ¿No merecía mi familia actual el mismo apoyo? Pero en el fondo, sabía que la herida era más profunda. Todo comenzó hace tres años, cuando mi matrimonio con Lucía se desmoronó como un castillo de naipes. El divorcio fue un campo de batalla: abogados, reproches, y una niña en medio, mi pequeña Alba.

No fui un buen padre durante ese tiempo. Lo reconozco ahora, aunque entonces me escudaba en el trabajo y en mis propias frustraciones. Dejé de pagar la manutención algunos meses; siempre encontraba una excusa: que si la hipoteca, que si el coche se averió, que si Carmen y yo queríamos empezar de cero. Pero la realidad era que Alba y Lucía pasaron apuros mientras yo miraba hacia otro lado.

Mi madre nunca me lo perdonó. Lo supe el día que fue a casa de Lucía con bolsas del supermercado y un sobre con dinero. «Esto es para Alba», le dijo delante de mí, sin mirarme a los ojos. Sentí vergüenza, pero también rabia. ¿Por qué tenía que intervenir ella? ¿Por qué no podía dejarme aprender de mis errores?

Ahora, años después, Carmen y yo estamos en una situación difícil. Perdí el trabajo hace seis meses y los ahorros se han esfumado. Le pedí a mi madre si podíamos mudarnos con ella hasta que encontrara algo estable. Su respuesta fue un no rotundo.

—No puedo cargar con tus decisiones toda la vida —me dijo—. Ya ayudé bastante.

Carmen no entiende nada. Ella viene de una familia donde los padres siempre están dispuestos a ayudar, donde los domingos son sagrados y las discusiones se resuelven con abrazos y lágrimas. En cambio, en mi casa los silencios pesan más que las palabras.

—¿Por qué tu madre odia tanto a las mujeres que amas? —me preguntó Carmen una noche, mientras recogía los platos de una cena escasa.

—No es eso —le respondí—. Es que nunca ha superado lo que hice con Lucía… ni lo que dejé de hacer por Alba.

Carmen suspiró y se fue al dormitorio sin decir nada más. Me quedé solo en la cocina, mirando las luces de la calle desde la ventana. Recordé cuando era niño y mi madre me arropaba por las noches, cuando me prometía que siempre estaría ahí para mí. ¿En qué momento se rompió todo?

Un día, desesperado, fui a ver a Lucía. Llevaba meses sin verla más allá de los intercambios rápidos para recoger a Alba los fines de semana.

—¿Te ha ayudado mucho mi madre? —le pregunté sin rodeos.

Lucía me miró con esa mezcla de compasión y cansancio que sólo tienen las mujeres que han sufrido demasiado.

—Mercedes ayuda porque tú no lo hiciste cuando tocaba —me dijo—. No es por mí, es por Alba. Y porque sabe lo que es criar sola.

Me sentí aún más pequeño. Lucía tenía razón: mi madre no estaba tomando partido entre mujeres; estaba intentando reparar lo que yo rompí.

Volví a casa y encontré a Carmen llorando en el baño. Me senté en el suelo junto a ella y le conté todo: mis errores, mis miedos, la culpa que me carcome cada vez que veo a Alba o hablo con mi madre.

—¿Y ahora qué? —me preguntó Carmen entre sollozos.

No supe qué responderle. Sólo pude abrazarla y prometerle que haría todo lo posible por encontrar trabajo y devolverle la dignidad a nuestra familia.

Los días pasaron lentos. Cada vez que veía a mi madre en el mercado o en la plaza del barrio sentía una mezcla de rencor y agradecimiento. Ella seguía ayudando a Lucía y a Alba sin esperar nada de mí. Yo seguía buscando trabajo y tratando de mantenerme firme para Carmen.

Una tarde, Alba vino a casa con un dibujo: era una casa grande con todos dentro —ella, Lucía, Carmen, mi madre y yo— sonriendo bajo un sol enorme.

—¿Por qué estamos todos juntos aquí? —le pregunté.

—Porque así nadie está triste —me respondió con la inocencia de sus seis años.

Esa noche llamé a mi madre. Le pedí perdón por todo lo que había hecho mal, por haberla puesto en esa situación imposible entre su deber como abuela y su amor como madre.

—Hijo —me dijo—, algún día entenderás que ayudar no siempre significa decir sí a todo. A veces ayudar es dejar que aprendas solo.

Colgué el teléfono sintiéndome más ligero pero también más solo que nunca.

Ahora escribo esto desde un pequeño piso alquilado en Vallecas. Sigo buscando trabajo y luchando cada día por ser mejor padre para Alba y mejor marido para Carmen. Mi madre sigue ayudando a Lucía cuando puede, pero también me llama cada domingo para saber cómo estoy.

A veces me pregunto: ¿cuántas familias españolas viven atrapadas entre el deber y el amor? ¿Cuántos hijos arrastran culpas invisibles mientras buscan el perdón de sus padres? ¿Y cuántas madres sufren en silencio por no poder salvarnos siempre?

¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar? ¿Creéis que una madre debe tratar igual a todas las parejas de sus hijos o hay heridas imposibles de cerrar?