No soy ni cuidadora ni sirvienta: El día que le dije a mi hija que tengo mi propia vida

—Mamá, ¿puedes venir mañana a las ocho? Tengo una reunión y no llego a tiempo para dejar a los niños en el colegio.

La voz de Lucía, mi hija, sonaba tan natural, tan acostumbrada a pedirme favores, que por un momento sentí que era una obligación más, como poner la lavadora o sacar la basura. Miré el reloj. Eran las diez de la noche y yo apenas había terminado de cenar. Me dolía la espalda y tenía los pies hinchados después de pasar la tarde con mis nietos, recogiendo juguetes y preparando meriendas.

—Lucía, cariño, mañana tengo cita con el médico. No puedo —respondí, intentando sonar firme.

Hubo un silencio al otro lado del teléfono. Pude imaginar su cara: ceño fruncido, labios apretados. Siempre ha sido así desde pequeña, exigente y poco dada a aceptar un no por respuesta.

—¿Otra vez al médico? Mamá, de verdad, no sé qué haría sin ti. Pero es que no tengo a nadie más.

Sentí el peso de la culpa aplastándome el pecho. ¿Cómo explicarle que no soy ni su niñera ni su sirvienta? Que también tengo derecho a vivir mi vida, a tener mis propios planes, mis propios sueños. Pero nunca he sabido decirle que no. Desde que murió su padre hace seis años, me volqué en ella y en mis nietos. Me convertí en la abuela perfecta: siempre disponible, siempre sonriente. Pero hoy, mientras recogía los platos y escuchaba el eco de mi soledad en la casa, me di cuenta de que me había perdido a mí misma.

—Lucía —dije, tragando saliva—, necesito que entiendas que yo también tengo vida. Que no puedo estar siempre para todo. Que me duele el cuerpo y el alma de tanto dar y tan poco recibir.

—¿Pero qué estás diciendo? —su voz subió un tono—. ¿Ahora te molesta ayudarme? ¿No te das cuenta de que lo hago todo sola?

Me mordí los labios para no llorar. Recordé cuando era pequeña y venía corriendo a mis brazos cada vez que se caía o tenía miedo. Ahora era yo quien necesitaba consuelo.

—No me molesta ayudarte, Lucía. Pero necesito tiempo para mí. Quiero ir al cine con mis amigas, salir a caminar por la ribera del Tormes sin mirar el reloj, apuntarme a clases de pintura como siempre soñé…

—¿Y los niños? ¿Qué hago yo?

—Buscar alternativas —dije con voz temblorosa—. Habla con Pedro, con alguna madre del colegio… No puedo ser tu única solución.

Colgó sin despedirse. Me quedé mirando el teléfono como si esperara que volviera a sonar y me pidiera perdón. Pero no lo hizo.

Esa noche apenas dormí. Me sentía egoísta y liberada al mismo tiempo. Por la mañana, mientras desayunaba sola en la cocina, recordé las palabras de mi amiga Carmen: “Si tú no te cuidas, nadie lo hará por ti”. Decidí llamar al centro cultural y apuntarme al taller de pintura. Sentí una emoción infantil al escuchar mi nombre en la lista.

Pasaron los días y Lucía apenas me hablaba. Solo mensajes secos para coordinar horarios o preguntar por los niños. Mi nieta Paula me llamó una tarde:

—Abuela, ¿por qué ya no vienes tanto?

Me dolió el alma.

—Porque la abuela también necesita descansar y hacer cosas bonitas para ella —le respondí con dulzura.

—¿Vas a pintar cuadros?

—Sí, cielo. Y cuando termine uno bonito te lo regalaré.

A veces pienso que las mujeres de mi generación nacimos para servir: primero a nuestros padres, luego a nuestros maridos e hijos… Y ahora a nuestros nietos. Pero ¿quién nos sirve a nosotras? ¿Quién nos pregunta qué queremos?

Un sábado por la tarde, Lucía apareció en casa sin avisar. Tenía ojeras y el gesto cansado.

—Mamá —dijo bajito—, siento haberme puesto así contigo el otro día.

Me acerqué y la abracé fuerte. Sentí cómo temblaba entre mis brazos.

—No pasa nada, hija. Solo quiero que entiendas que también soy persona.

Se sentó frente a mí y por primera vez en mucho tiempo hablamos de verdad: de sus miedos, de mi soledad, de lo difícil que es ser madre y también hija. Lloramos juntas. Reímos recordando anécdotas del pasado.

Desde entonces las cosas han cambiado poco a poco. Lucía busca más ayuda fuera de mí y yo he aprendido a decir “no” sin sentirme mala madre ni mala abuela. He recuperado amigos perdidos y hasta he expuesto uno de mis cuadros en el centro cultural.

A veces me pregunto cuántas mujeres habrá como yo en España: invisibles tras los fogones y los deberes familiares, olvidando sus sueños por miedo a defraudar a los suyos.

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que te has perdido en el papel que otros esperan de ti? ¿Cuándo fue la última vez que pensaste solo en ti misma?