El precio de la urgencia: Confesiones de un médico en Madrid

—No puedo atenderla si no paga primero, señora. —Mi voz temblaba, pero mis palabras eran firmes. La mujer, con el rostro desencajado y el abrigo empapado por la lluvia de Madrid, apretaba la mano de su hija pequeña, que apenas podía respirar.

—Por favor, doctor Luis, mi hija está muy mal. No tengo el dinero ahora, pero se lo juro que se lo traeré mañana mismo —suplicó Carmen, una vecina del barrio de Lavapiés que conocía de toda la vida.

Sentí un nudo en el estómago. Sabía que estaba cruzando una línea invisible, una que ningún médico debería cruzar jamás. Pero la presión era insoportable: el alquiler de la consulta subía cada mes, mi hermano Sergio me reclamaba el dinero que le debía desde hacía años y mi madre, enferma en casa, necesitaba medicinas caras que no cubría la Seguridad Social.

Miré a la niña, Lucía, con los labios amoratados y los ojos llenos de miedo. Mi conciencia gritaba, pero mi boca repitió:

—Sin el pago por adelantado, no puedo hacer nada. Lo siento.

Carmen rompió a llorar. Salió corriendo bajo la lluvia con su hija en brazos. Cerré la puerta y me apoyé en ella, sintiendo cómo el peso de mi decisión me aplastaba el pecho.

Esa noche no dormí. El teléfono sonó a las tres de la madrugada. Era Sergio:

—¿Qué te pasa, Luis? Mamá está peor y tú ni apareces. ¿Tanto te importa el dinero?

—No empieces, Sergio. No sabes lo que es estar solo con todo esto encima —le respondí, pero mi voz era apenas un susurro.

Colgué y miré las paredes vacías de mi piso. Recordé cuando papá aún vivía y nos decía: “Un médico nunca debe mirar el bolsillo antes que al paciente”. Pero papá ya no estaba y yo me sentía cada vez más lejos de ese ideal.

A la mañana siguiente, al llegar a la consulta, vi un grupo de vecinos murmurando en la puerta. Alguien me miró con desprecio y escuché el nombre de Lucía. Me acerqué y una anciana me espetó:

—¿Está orgulloso? La niña está ingresada en La Paz. Casi se muere anoche porque usted no quiso ayudarla.

Sentí que me faltaba el aire. Entré corriendo al baño y vomité. El remordimiento era insoportable.

Pasaron los días y la noticia corrió por todo el barrio. Los pacientes dejaron de venir. Mi madre me llamó llorando:

—Luisito, ¿qué has hecho? ¿Cómo has podido negarle ayuda a una niña?

Intenté explicarle mis motivos, pero ni ella ni Sergio quisieron escucharme. Me quedé solo en la consulta vacía, repasando una y otra vez aquella noche maldita.

Una tarde, Carmen vino a verme. Tenía ojeras profundas y el rostro demacrado.

—Lucía está mejor —me dijo sin mirarme a los ojos—. Pero nunca olvidaré lo que hizo. Usted era nuestro médico de confianza.

Quise pedirle perdón, decirle que estaba desesperado, que no soy un monstruo. Pero las palabras se ahogaron en mi garganta.

Los meses pasaron y mi vida se desmoronó: perdí la consulta, mi familia se distanció y yo me convertí en un fantasma en mi propio barrio. Cada vez que veía a un niño toser en la calle sentía una punzada de culpa.

Ahora trabajo en una clínica privada lejos de Lavapiés. Gano más dinero, pero cada vez que alguien entra por la puerta recuerdo aquella noche y me pregunto si alguna vez podré perdonarme.

¿De verdad es posible reparar un error así? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?