«¡Levántate y hazme un café!» – El fin de semana que rompió mi familia
—¡Levántate y hazme un café! —gritó Sergio desde el sofá, sin apartar la vista del televisor. Su voz retumbó en el salón, rompiendo el silencio de la mañana. Me quedé paralizada en la cocina, con la cuchara en la mano y el corazón acelerado. Miré a Luis, mi marido, esperando una reacción, una palabra, algo. Pero él solo bajó la cabeza y fingió leer el periódico.
Era el primer fin de semana en meses que habíamos planeado para estar en familia. Yo había preparado todo con esmero: la compra hecha, la casa limpia, hasta las sábanas nuevas para los invitados. Pero desde que Sergio cruzó la puerta el viernes por la tarde, sentí que algo se torcía. Su abrazo fue frío, su mirada crítica. «¿No tienes cerveza fría?», fue lo primero que dijo. Me reí nerviosa, intentando quitarle hierro al asunto, pero ya entonces noté cómo Luis se encogía en su silla.
El sábado por la mañana, mientras preparaba el desayuno para todos, Sergio se sentó a la mesa y empezó a dar órdenes como si estuviera en un bar: «Ponme dos tostadas más, pero que no estén quemadas». Mi hermana Marta intentaba suavizar el ambiente con bromas, pero yo veía cómo sus ojos evitaban los míos. Sabía que ella también sufría con el carácter de Sergio, pero nunca decía nada delante de él.
La gota que colmó el vaso llegó esa tarde. Después de comer, mientras recogía los platos, Sergio se tumbó en el sofá y empezó a zapear canales. Luis se sentó a su lado, como si nada pasara. Yo entré al salón con una bandeja de café para todos. Sergio ni siquiera me miró. «¿Esto es café? Sabe a agua sucia», soltó con desdén. Me mordí la lengua para no contestar. Luis solo sonrió débilmente y murmuró: «Está bien así, Sergio».
No pude más. Salí al jardín y me senté en las escaleras, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban los ojos. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué tenía que aguantar yo sola las faltas de respeto? Escuché pasos detrás de mí. Era Marta.
—Lo siento —susurró—. Sé que Sergio puede ser insoportable, pero… es mi marido.
—¿Y yo? ¿No merezco respeto en mi propia casa? —le respondí entre sollozos.
Marta me abrazó en silencio. Sentí su temblor, su miedo a enfrentarse a Sergio. Me di cuenta de que no era solo yo: ella también era prisionera de su carácter.
Esa noche, cuando todos dormían, hablé con Luis en la cama.
—¿Por qué no dices nada cuando tu cuñado me trata así? —le pregunté en voz baja.
Luis suspiró largo rato antes de responder:
—No quiero problemas con Marta ni con Sergio. Ya sabes cómo es él… Si le llevamos la contraria, se pone peor.
—¿Y yo? ¿No cuentas conmigo? ¿No soy tu familia también?
Luis no supo qué decirme. Se dio la vuelta y fingió dormir. Sentí una soledad helada a mi lado.
El domingo por la mañana, antes de que se marcharan, Sergio volvió a pedir café a gritos. Esta vez no me moví. Me quedé sentada en la mesa, mirándole fijamente.
—Si quieres café, hazlo tú —dije con voz firme.
El silencio fue absoluto. Marta bajó la cabeza; Luis me miró sorprendido. Sergio bufó y se levantó refunfuñando hacia la cocina.
Cuando por fin se fueron, la casa quedó en silencio. Pero no era un silencio de paz: era un vacío doloroso. Luis intentó acercarse a mí, pero yo necesitaba espacio para pensar.
Durante días repasé cada momento del fin de semana: las miradas esquivas de mi marido, el miedo de mi hermana, mi propia rabia contenida. ¿Hasta dónde llega la lealtad familiar? ¿Cuándo debemos poner límites para protegernos?
Ahora miro a Luis y ya no veo al hombre que admiraba por su bondad; veo a alguien incapaz de defenderme cuando más lo necesito. Y me pregunto si es posible reconstruir lo que se rompió en tan solo dos días.
¿De verdad debemos aguantarlo todo por mantener la paz familiar? ¿O ha llegado el momento de pensar también en mí?