Lágrimas en Lavapiés: El renacer de una madre soltera

—¿Y ahora qué vas a hacer, Marta? —me preguntó mi madre, con esa mezcla de reproche y compasión que solo las madres saben usar. Yo no tenía respuesta. Era medianoche en Lavapiés, y el silencio de la casa solo era interrumpido por el llanto de Lucía, mi hija de tres años. Mi marido, Álvaro, se había ido hacía dos semanas, llevándose consigo las pocas esperanzas que me quedaban y dejando una nota tan fría como el invierno madrileño: “No puedo más. Lo siento”.

Me senté en el suelo de la cocina, abrazando a Lucía mientras las lágrimas me caían sin control. No tenía trabajo, apenas unos ahorros que se esfumaron en facturas atrasadas y una nevera casi vacía. Mi madre, desde su piso en Vallecas, insistía en que volviera a casa, pero yo me negaba a aceptar la derrota. No quería ser una carga ni para ella ni para nadie. Pero esa noche, mientras escuchaba a Lucía murmurar “mamá, tengo hambre”, sentí cómo el orgullo se me rompía en mil pedazos.

Al día siguiente, recorrí las calles del barrio buscando trabajo. Entré en bares, tiendas y hasta en una peluquería donde la dueña, Carmen, me miró de arriba abajo antes de decirme: “Aquí no necesitamos a nadie, lo siento”. Sentí la humillación arderme en la cara. En cada sitio encontraba la misma mirada: la de quien piensa que una madre sola es un problema, no una solución.

Una tarde, mientras esperaba en la cola del supermercado con solo una barra de pan y un litro de leche, escuché a dos vecinas hablar sobre una señora mayor que necesitaba ayuda para limpiar su casa. Sin pensarlo, me acerqué y les pregunté si podían darme el contacto. Así conocí a Doña Pilar.

—¿Tienes experiencia limpiando? —me preguntó con voz seca cuando fui a verla.
—Toda la del mundo —le respondí, tragándome el orgullo.

Empecé limpiando su piso dos veces por semana. No era mucho dinero, pero al menos podía comprar algo más que pan y leche. Poco a poco, otras vecinas empezaron a llamarme. Pronto tenía tres casas más y hasta algún encargo de plancha. Pero el cansancio era brutal: salía de casa antes de que Lucía despertara y volvía cuando ya estaba dormida. Me dolía perderme su infancia, pero no tenía opción.

Un día, al volver a casa, encontré a Lucía jugando sola con una muñeca rota. Se me partió el alma. Esa noche decidí que tenía que cambiar algo. Recordé que siempre se me había dado bien cocinar. En mi pueblo, en Segovia, todos decían que mis croquetas eran las mejores. Así que empecé a preparar croquetas y empanadas en casa y las vendía entre las vecinas y en el mercado del barrio los sábados.

Al principio fue difícil. Algunas personas me miraban con desconfianza: “¿Y tú tienes papeles para vender comida?”, me preguntó un policía municipal un sábado por la mañana. Me asusté tanto que casi dejé todo. Pero Carmen, la peluquera que antes me había rechazado, se acercó y me dijo:

—No te rindas, Marta. Si necesitas ayuda con los papeles o lo que sea, dímelo.

Con su apoyo y el de otras mujeres del barrio, conseguí regularizar mi pequeño negocio. Pronto mis croquetas se hicieron famosas en Lavapiés. Incluso Doña Pilar empezó a presumir de que yo era su “cocinera personal”.

Pero no todo fue fácil. Mi exsuegra vino un día a buscarme:
—¿De verdad piensas sacar adelante a mi nieta vendiendo croquetas? Álvaro dice que no tienes futuro.

Sentí rabia e impotencia, pero le respondí:
—Prefiero luchar cada día por ella que esperar sentada a que alguien venga a salvarnos.

A veces me sentía invisible. Otras veces sentía el peso del juicio ajeno: madres del colegio que cuchicheaban al verme llegar sola; padres que evitaban mirarme; incluso algún profesor que insinuaba que Lucía tenía problemas porque le faltaba una figura paterna.

Pero también encontré solidaridad donde menos lo esperaba. Un día, al recoger a Lucía del colegio, una madre llamada Teresa se acercó:
—He probado tus croquetas en casa de Carmen. ¿Te animas a preparar unas para la fiesta del cole?

Ese fue el principio de algo grande. Empecé a recibir encargos para cumpleaños, comuniones y hasta para una boda pequeña en el barrio. Con los ahorros pude alquilar un pequeño local y contratar a otra madre soltera, Ana, que también luchaba por salir adelante.

El negocio creció despacio pero seguro. Empezamos a organizar talleres de cocina para mujeres del barrio: españolas, marroquíes, ecuatorianas… Todas compartiendo recetas e historias de supervivencia. El local se convirtió en un refugio donde reíamos, llorábamos y nos apoyábamos unas a otras.

Hoy miro atrás y no puedo evitar emocionarme al recordar aquellas noches de desesperación. Lucía ya tiene diez años y es una niña feliz y segura de sí misma. A veces me pregunta por su padre y le digo la verdad: “Se fue porque tenía miedo; pero nosotras somos valientes”.

A veces me pregunto si todo este sufrimiento valió la pena. ¿Cuántas mujeres más hay como yo en Madrid? ¿Cuántas puertas cerradas hacen falta para aprender a abrir la tuya propia?

¿Y tú? ¿Qué harías si tuvieras que empezar desde cero por amor a tu hijo?