¿Qué hace mi marido los jueves por la noche?

—¿Otra vez tienes reunión de trabajo, Sergio? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras él se abrochaba la chaqueta frente al espejo del recibidor.

Él ni siquiera me miró. —Sí, Lucía. Ya te lo he dicho, los jueves son imposibles en la oficina. No me esperes despierta.

Mentira. Lo supe en cuanto lo dijo. No era la primera vez que notaba ese leve titubeo en su voz, esa prisa por salir, ese perfume que no era el suyo impregnando su camisa. Pero esta vez era diferente. Esta vez tenía pruebas.

La carta había llegado esa mañana, sin remitente, con mi nombre escrito a mano en el sobre. «¿Sabes dónde está tu marido los jueves por la noche? Pregúntale por la Calle Toledo, número 17.» El papel olía a tabaco y miedo. Lo guardé en el cajón de la mesilla, pero sentí su peso todo el día, como si ardiera contra mi piel.

No podía dejar de pensar en ello mientras preparaba la cena para mis hijos, Marta y Álvaro. Marta, con sus dieciséis años y su rebeldía silenciosa, apenas me dirigía la palabra últimamente. Álvaro, con doce, solo quería saber si podía jugar a la consola después de cenar. Yo asentía, sonreía, fingía normalidad. Pero por dentro me desmoronaba.

Esa noche no dormí. Escuché el portazo cuando Sergio volvió a las dos de la madrugada. Fingí estar dormida, pero sentí cómo se tumbaba a mi lado sin decir palabra. Su respiración era pesada, como si cargara con un secreto demasiado grande para confesarlo.

Al día siguiente, no pude más. Llamé a mi hermana Carmen.

—¿Y si es verdad? ¿Y si me está engañando? —le susurré entre sollozos en la cocina, mientras el café se enfriaba en nuestras tazas.

Carmen me abrazó fuerte. —Lucía, tienes que saberlo. No puedes vivir así.

Así que el jueves siguiente, cuando Sergio anunció su «reunión», tomé una decisión. Esperé a que saliera y cogí un taxi hasta la Calle Toledo. El número 17 era un edificio antiguo, con una puerta de madera desconchada y un timbre oxidado. Dudé antes de entrar, pero el miedo era menor que la necesidad de saber.

Subí las escaleras despacio, con el corazón desbocado. Desde el rellano escuché risas y música baja tras una puerta entreabierta. Me acerqué y miré por la rendija.

Allí estaba Sergio. Pero no estaba solo ni con otra mujer, como yo temía. Estaba rodeado de un grupo de hombres y mujeres de todas las edades, sentados en círculo, hablando en voz baja. Sobre la mesa había café, galletas y folletos con el logo de Alcohólicos Anónimos.

Me quedé paralizada. No entendía nada. ¿Sergio? ¿Alcohólicos Anónimos? Él nunca bebía en casa… o eso creía yo.

De repente, él levantó la vista y me vio. Sus ojos se abrieron como platos y salió al pasillo.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó en voz baja, casi suplicante.

—Recibí una carta —le dije—. Pensé… pensé que tenías otra vida.

Sergio se apoyó contra la pared y se tapó la cara con las manos.

—No quería que lo supieras así —susurró—. Llevo años luchando contra esto. No quería preocuparos… ni decepcionarte.

Me sentí estúpida y aliviada a la vez. Todo ese tiempo pensando en infidelidades, cuando la verdad era otra: Sergio luchaba solo contra un monstruo invisible.

Volvimos a casa en silencio. Esa noche hablamos durante horas. Me contó cómo empezó a beber después de perder a su padre, cómo lo ocultaba para no preocuparme, cómo cada jueves encontraba fuerzas para seguir luchando gracias a ese grupo.

Pero el daño ya estaba hecho. La confianza se había resquebrajado y yo no sabía cómo recomponerla. Durante semanas vivimos como extraños bajo el mismo techo. Marta empezó a llegar más tarde a casa; Álvaro se encerraba en su cuarto con los auriculares puestos. La familia se desmoronaba poco a poco.

Un domingo por la tarde, Carmen vino a casa y nos obligó a sentarnos todos juntos en el salón.

—Esto no puede seguir así —dijo—. O habláis o esto se rompe para siempre.

Sergio tomó aire y habló con los niños por primera vez sobre su problema. Marta lloró; Álvaro no dijo nada, pero esa noche dejó la puerta de su cuarto entreabierta.

Yo también tuve que hablar: sobre mis miedos, mis sospechas, mi dolor al sentirme sola incluso estando acompañada.

No fue fácil. Hubo gritos, reproches y lágrimas. Pero también abrazos y promesas de intentarlo juntos.

Hoy han pasado seis meses desde aquella carta anónima. Sergio sigue asistiendo a sus reuniones; yo he empezado terapia para aprender a confiar de nuevo; Marta ha vuelto a sonreír y Álvaro me pide ayuda con los deberes algunas tardes.

A veces me pregunto si alguna vez volveremos a ser la familia que éramos antes de los jueves por la noche. ¿Se puede reconstruir lo roto o solo aprendemos a vivir con las grietas?

¿Vosotros qué haríais? ¿Confiaríais otra vez después de una traición… aunque no sea la que esperabais?