Cuando las familias se rompen: La decisión que nos separó

—¡No me puedes obligar a vivir con ella! —gritó Sergio, mi hijo, mientras golpeaba la puerta de su habitación con rabia.

Yo estaba en el pasillo, temblando. Sentía el peso de cada palabra, de cada lágrima que caía en silencio desde que Andrés y yo decidimos juntar nuestras vidas. Había soñado con una familia grande, risas en la mesa y tardes de domingo viendo el fútbol juntos. Pero la realidad era otra: gritos, miradas de odio y puertas cerradas.

Andrés apareció detrás de mí, cansado, con las manos en los bolsillos. —Lucía, esto no puede seguir así. Paula tampoco está bien. No come, no habla…

Me giré hacia él, buscando en sus ojos alguna señal de esperanza. Pero solo encontré agotamiento. —¿Y qué quieres que haga? ¿Separar a mi hijo de su casa? —le susurré, sintiendo cómo se me quebraba la voz.

Paula, su hija, era todo lo contrario a Sergio. Callada, reservada, siempre con los auriculares puestos. Desde el primer día que cruzó la puerta de nuestro piso en Vallecas, Sergio la miró como si fuera una intrusa. Y ella respondió con indiferencia. Las discusiones empezaron por tonterías: el baño ocupado, la música demasiado alta, los deberes sin hacer.

Pero aquella noche todo explotó. Sergio llegó tarde del instituto y encontró a Paula usando su ordenador. Gritaron tanto que los vecinos llamaron a la puerta. Yo intenté separarlos, pero solo conseguí que ambos me miraran como si fuera la culpable de todo.

—¡No puedo más! —me gritó Sergio—. ¡O se va ella o me voy yo!

Andrés me miró en silencio. Sabía que tenía que tomar una decisión. Esa noche no dormí. Escuchaba los pasos de Sergio en su habitación y los sollozos ahogados de Paula al otro lado del pasillo. Me sentía atrapada entre dos mundos: el de mi hijo y el del hombre al que amaba.

Al día siguiente llamé a mi madre en el pueblo de Cuenca. —Mamá, ¿puedes acoger a Sergio una temporada? Aquí… aquí no está bien.

Ella no preguntó mucho. Siempre fue así: práctica y directa. —Mándamelo cuando quieras, hija. Aquí hay sitio para todos.

Cuando le di la noticia a Sergio, me miró como si le hubiera traicionado. —¿Me echas de casa por ella? —susurró con los ojos llenos de lágrimas.

Intenté abrazarlo, pero se apartó. Hizo la maleta en silencio y no quiso despedirse ni de Andrés ni de Paula. Cuando se fue, sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.

Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Paula apenas salía de su cuarto y Andrés y yo nos movíamos por la casa como fantasmas. Intentaba convencerme de que había hecho lo correcto, que Sergio estaría mejor en el pueblo, lejos del conflicto. Pero cada noche me despertaba pensando en él: ¿habría cenado? ¿Estaría solo?

Un domingo por la tarde recibí una llamada de mi madre. —Lucía, Sergio está muy callado. No quiere salir ni hablar con nadie. Dice que tú le has abandonado.

Sentí una punzada en el pecho. Quise coger el coche y salir corriendo al pueblo, pero Andrés me detuvo.

—Si vuelves ahora, todo esto habrá sido para nada —me dijo—. Tenemos que darle tiempo.

Pero ¿cuánto tiempo es suficiente para curar una herida así?

Una tarde encontré a Paula llorando en la cocina. Me acerqué y le pregunté qué le pasaba.

—No quería que Sergio se fuera —me confesó entre sollozos—. Solo quería tener una familia normal…

La abracé y lloramos juntas. Por primera vez sentí compasión por ella, por esa niña que también había perdido su hogar cuando su madre murió y su padre decidió rehacer su vida conmigo.

Pasaron semanas. Llamaba a Sergio todos los días, pero apenas me contestaba con monosílabos. Mi madre me decía que estaba cambiando: más serio, más distante.

Andrés y yo empezamos a discutir cada vez más. Nos culpábamos mutuamente por todo lo que había salido mal. Una noche le grité:

—¡Quizás nunca debimos juntar nuestras familias!

Él me miró con tristeza y salió dando un portazo.

La casa se volvió aún más fría y silenciosa. Empecé a preguntarme si el amor realmente podía con todo o si hay heridas que nunca cicatrizan del todo.

Un día recibí una carta de Sergio:

“Mamá,
No entiendo por qué tuviste que elegir entre nosotros. Echo de menos mi casa, pero ya no sé si es mi casa o la de ellos. Aquí en el pueblo estoy solo, pero al menos no tengo que pelear cada día. Ojalá algún día podamos volver a ser familia.”

Leí la carta una y otra vez, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban las mejillas.

Hoy sigo preguntándome si hice lo correcto o si simplemente elegí el camino más fácil para todos menos para mi hijo.

¿De verdad es posible recomponer una familia rota? ¿O hay decisiones que nos persiguen toda la vida? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?