El Espejo No Miente: Mi Batalla Contra la Imagen y el Silencio

—Mírate bien, Lucía. ¿Ves lo que yo veo?— La voz de mi madre retumbó en el baño, fría como el mármol bajo mis pies. Tenía catorce años y, desde entonces, cada mañana frente al espejo era una batalla perdida. Mi madre, Carmen, siempre fue directa, casi cruel. «Tienes la nariz de tu padre y esas ojeras… ¿Por qué no te arreglas un poco más?». Yo solo quería desaparecer.

En el instituto, las cosas no mejoraban. Las chicas como Marta y Patricia parecían sacadas de una revista. Yo, en cambio, me escondía tras sudaderas anchas y el pelo recogido en un moño desordenado. Recuerdo una tarde en el recreo, cuando escuché a Patricia susurrar: «¿Has visto las piernas de Lucía? Parecen palillos». Me ardían las mejillas, pero fingí no escuchar. Al llegar a casa, Carmen me esperaba con su habitual inspección visual.

—¿Por qué no te apuntas a gimnasia rítmica como tu prima Laura? Ella sí que sabe cuidarse—. Sus palabras eran cuchillos. Mi padre, Antonio, apenas intervenía. Se limitaba a mirar el telediario o a salir a fumar al balcón.

Las cenas eran un campo de minas. Una noche, después de que mi madre criticara mi forma de comer, solté el tenedor y grité:

—¡¿Por qué nunca estás contenta conmigo?!

El silencio fue absoluto. Mi hermano pequeño, Sergio, bajó la mirada al plato. Carmen se levantó sin decir nada y Antonio murmuró: «No empieces otra vez, Lucía».

Me refugié en mi cuarto, donde solo el reflejo del móvil iluminaba la oscuridad. Instagram era un desfile interminable de vidas perfectas. Yo solo veía mis defectos ampliados en cada selfie fallida.

Un día, mi abuela Pilar vino a visitarnos desde Salamanca. Al verme tan apagada, me abrazó fuerte y susurró:

—La belleza está en los ojos de quien sabe mirar con el corazón.

Lloré en su regazo como una niña pequeña. Ella fue la única que nunca me juzgó por mi aspecto.

El tiempo pasó y los comentarios de mi madre se volvieron rutina. Pero una tarde de primavera, todo cambió. Volvía del instituto cuando vi a Marta llorando en un banco del parque. Dudé antes de acercarme.

—¿Estás bien?

Ella me miró sorprendida y rompió a llorar aún más fuerte.

—Mi madre dice que soy una inútil porque he suspendido matemáticas…—

En ese momento entendí que no era la única prisionera de las expectativas familiares. Nos sentamos juntas y hablamos durante horas. Por primera vez sentí que alguien me entendía.

A partir de entonces, Marta y yo nos hicimos inseparables. Compartíamos secretos y miedos. Empezamos a salir más, a reírnos de nosotras mismas y a ignorar los comentarios malintencionados.

Pero en casa nada cambiaba. Carmen seguía con sus críticas veladas:

—¿Vas a salir así vestida? ¿No te da vergüenza?

Una noche, después de una discusión especialmente dura, decidí enfrentarla.

—Mamá, ¿por qué siempre me comparas con los demás? Nunca soy suficiente para ti.

Ella se quedó callada un instante y luego murmuró:

—Solo quiero lo mejor para ti… No quiero que sufras como yo sufrí.

Por primera vez vi miedo en sus ojos. Me di cuenta de que su dureza era su propia armadura contra el mundo.

Con los años aprendí a perdonarla, aunque nunca dejó de ser exigente. Empecé a escribir un diario donde volcaba mis inseguridades y sueños. Descubrí la fotografía y encontré belleza en los pequeños detalles: la luz sobre los tejados de Madrid al atardecer, las arrugas en las manos de mi abuela, la risa sincera de Marta.

En la universidad conocí a Diego, un chico sencillo que me miraba como si fuera la única persona en el mundo. Con él aprendí a quererme un poco más cada día.

Hoy miro atrás y veo a esa niña temerosa frente al espejo. A veces todavía escucho la voz de mi madre señalando mis defectos, pero he aprendido a silenciarla con palabras propias: valgo por lo que soy, no por cómo me veo.

Me pregunto cuántas Lucías habrá ahora mismo luchando contra su reflejo o contra las palabras hirientes de quienes más deberían cuidarlas. ¿Cuándo aprenderemos a mirar más allá del espejo? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que no sois suficientes para los que más queréis?