El asiento 14C y el peso de la culpa

—¿Señora, necesita ayuda?—. La voz del azafato apenas se oía sobre el llanto de Lucas, mi hijo, que llevaba más de media hora con fiebre y sin dejarme sentar. Yo, sudando, con las manos temblorosas y la mirada perdida en la ventanilla del avión, solo pude negar con la cabeza. No quería molestar más. Ya sentía las miradas de los pasajeros clavándose en mi nuca, algunos con compasión, otros con fastidio. El vuelo de Madrid a Sevilla apenas dura una hora, pero para mí era una eternidad.

El asiento 14C estaba ocupado por un hombre de unos cuarenta años, barba de tres días y ojeras profundas. Me observaba desde que subí al avión, pero no con esa mezcla de juicio y lástima que tanto detesto, sino con una especie de preocupación sincera. Cuando Lucas empezó a toser y a retorcerse en mis brazos, él se levantó sin decir nada y se acercó a mí.

—Perdona, ¿quieres sentarte aquí?—me preguntó en voz baja, señalando su asiento junto al pasillo. Yo dudé. No quería aceptar favores de desconocidos; ya bastante tenía con sentirme una carga para todos desde que me separé de Daniel.

—No hace falta, de verdad…—intenté rechazarlo.

—Por favor. Yo prefiero la ventanilla—insistió él, sonriendo apenas.

No sé si fue el cansancio o la desesperación, pero acepté. Me senté en el 14C y apoyé la cabeza de Lucas en mi hombro. El hombre se acomodó junto a la ventanilla y sacó un libro que no llegó a abrir. Durante unos minutos reinó una paz tensa. Lucas se calmó un poco, aunque seguía ardiendo.

—¿Está muy malito?—preguntó el hombre al cabo de un rato.

—Tiene bronquitis. El médico dijo que podía viajar si le daba el jarabe antes… pero parece que no ha servido de mucho—contesté, sintiendo cómo se me quebraba la voz.

Él asintió despacio. —Yo tengo dos hijos. Sé lo que es pasar noches sin dormir… y lo que es viajar solo con ellos.

No supe qué responder. Me mordí el labio para no llorar. Desde que Daniel se fue con otra mujer y me dejó sola con Lucas, todo era cuesta arriba: las noches en vela, las visitas al hospital, las miradas de mi madre —tan católica, tan tradicional— cuando le dije que no pensaba volver con él «por el bien del niño».

El hombre —más tarde supe que se llamaba Álvaro— no preguntó más. Solo me ofreció una botella de agua y buscó en su mochila una mantita pequeña para tapar a Lucas. El gesto me desarmó. Sentí una mezcla de gratitud y vergüenza: ¿por qué me costaba tanto aceptar ayuda? ¿Por qué sentía que tenía que demostrarle al mundo que podía sola?

El avión aterrizó entre turbulencias. Lucas dormía por fin, agotado. Álvaro me ayudó a bajar la maleta del compartimento y me acompañó hasta la salida.

—¿Tienes alguien que te recoja?—preguntó.

Negué con la cabeza. Mi madre se había negado a venir: «Te lo has buscado tú sola», me había dicho por teléfono esa mañana.

Álvaro dudó un segundo y luego sacó su móvil.—Si quieres te pido un taxi… O te acompaño hasta la parada.

Me sentí tan vulnerable como nunca antes. Pero también sentí una chispa de esperanza: tal vez no todo el mundo juzga; tal vez aún queda gente buena.

En el taxi, mientras Lucas seguía dormido sobre mi regazo, pensé en todo lo que había perdido: una familia tradicional, la aprobación de mis padres, la seguridad de tener a alguien al lado… Pero también pensé en lo que había ganado: la certeza de que podía seguir adelante, aunque fuera con ayuda de desconocidos.

Esa noche, ya en casa, abracé a Lucas y lloré en silencio. No solo por el miedo o el cansancio, sino por la rabia acumulada contra mi madre, contra Daniel… y contra mí misma por sentirme menos por necesitar ayuda.

A veces pienso en Álvaro y en su gesto sencillo pero inmenso. ¿Cuántas veces juzgamos sin saber? ¿Cuántas veces negamos ayuda por orgullo?

Quizá todos necesitamos alguna vez un asiento 14C en nuestra vida. ¿Y tú? ¿Te atreverías a aceptar ayuda… o a ofrecerla?