¿Por qué no puedes ser como ella? – Mi lucha contra las comparaciones con la exmujer de mi marido
—¿Por qué no puedes ser como Carmen? —La pregunta de Luis retumbó en la cocina, mientras yo sostenía el cuchillo sobre la tabla de cortar, las manos temblorosas. El aroma de la tortilla de patatas se mezclaba con el sabor amargo de sus palabras. No era la primera vez que lo decía, pero esa noche, después de un día agotador en el hospital y una discusión absurda sobre la cena, sentí que algo dentro de mí se rompía.
Me llamo Lucía y llevo cinco años casada con Luis. Cuando nos conocimos, él estaba recién divorciado. Yo sabía que Carmen, su exmujer, seguía presente en su vida por su hija, Paula, pero nunca imaginé que también viviría en nuestro salón, en nuestra cama, en cada conversación. Al principio, intenté comprenderlo: los divorcios son difíciles y las heridas tardan en sanar. Pero con el tiempo, las comparaciones se volvieron constantes y crueles.
—Carmen siempre tenía la casa impecable —me decía Luis mientras recogía mi abrigo del sofá—. Ella sí sabía organizarse.
—Carmen preparaba el cocido como nadie —comentaba su madre en Navidad, mirando mi intento de cocido madrileño con una sonrisa forzada.
Incluso Paula, con sus trece años y su mirada inquisitiva, parecía evaluar cada uno de mis movimientos: cómo le trenzaba el pelo, cómo le ayudaba con los deberes, cómo le preparaba el desayuno. «Mamá lo hacía así», repetía una y otra vez.
Al principio me esforzaba más. Me apunté a clases de cocina, leía revistas de decoración, intentaba ser la madrastra perfecta. Pero cuanto más me esforzaba, más sentía que fracasaba. Carmen era una sombra alargada y elegante que yo nunca podría alcanzar.
Una noche, después de otra discusión absurda sobre cómo había doblado las toallas —»Carmen siempre las doblaba en tres partes»— salí al balcón y lloré en silencio. Madrid brillaba a mis pies, indiferente a mi dolor. Me pregunté si alguna vez sería suficiente para Luis o si siempre viviría en el segundo puesto.
Las cosas empeoraron cuando Carmen empezó a salir con otro hombre. Luis se volvió irritable y distante. Yo intenté apoyarle, pero él solo encontraba defectos en mí. Una tarde, mientras recogía a Paula del colegio, escuché a otras madres hablar de mí: «Pobre Lucía, siempre comparada con Carmen…». Sentí vergüenza y rabia.
Un domingo por la tarde, mientras preparábamos la merienda para Paula y sus amigas, Luis entró en la cocina y me miró con desdén:
—¿Por qué no puedes ser como ella? Carmen nunca se olvidaba del cumpleaños de las amigas de Paula.
Solté el cuchillo y lo miré fijamente:
—¿Y tú? ¿Por qué no puedes dejar de vivir en el pasado?
Luis se quedó callado. Por primera vez vi duda en sus ojos. Paula entró corriendo y nos miró a los dos:
—¿Estáis enfadados?
Me agaché a su altura y le acaricié el pelo:
—No cariño, solo estamos hablando.
Esa noche dormí en el sofá. No podía soportar la idea de compartir la cama con alguien que no veía quién era yo realmente. Al día siguiente llamé a mi hermana Marta y quedamos para tomar un café en Malasaña.
—Tienes que pensar en ti —me dijo Marta mientras removía su café—. No puedes vivir compitiendo con un fantasma.
Sus palabras me hicieron reflexionar. ¿Quién era yo antes de Luis? ¿Dónde había quedado mi risa espontánea, mis ganas de viajar, mis sueños? Me di cuenta de que había dejado de ser Lucía para convertirme en una copia imperfecta de Carmen.
Esa semana empecé a hacer pequeños cambios. Volví a mis clases de yoga, salí a correr por El Retiro, quedé con mis amigas sin sentirme culpable. Cuando Luis me preguntó por qué no estaba en casa preparando la cena, le respondí:
—Hoy me toca cuidarme a mí.
Luis empezó a notar el cambio. Se volvió más irritable al principio, pero luego pareció confundido. Una noche intentó acercarse:
—Lucía, últimamente estás diferente…
—Sí —le respondí—. Estoy cansada de competir con alguien que ya no está aquí.
Luis bajó la mirada. Por primera vez hablamos de verdad: de sus miedos, de su inseguridad tras el divorcio, de cómo idealizaba a Carmen porque temía perder lo poco que le quedaba estable en la vida. Le dije que yo no era Carmen y nunca lo sería.
No fue fácil. Hubo más discusiones, silencios incómodos y lágrimas. Pero también hubo momentos de ternura: una tarde viendo una película juntos sin hablar del pasado; una cena improvisada donde reímos como hacía años que no lo hacíamos.
Paula también cambió conmigo. Un día me abrazó antes de irse al colegio:
—Gracias por ayudarme con los deberes… aunque no sea como mamá.
Sonreí y le respondí:
—No quiero ser como tu mamá. Solo quiero ser Lucía para ti.
Hoy sigo luchando por mi lugar. No sé si mi matrimonio sobrevivirá o si algún día dejaré de sentirme comparada. Pero he aprendido algo importante: nadie merece vivir a la sombra de otra persona.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres viven atrapadas en comparaciones imposibles? ¿Cuándo aprenderemos a valorarnos por quienes somos y no por lo que otros esperan de nosotras?