Cerré los ojos ante su traición – hasta que caí en la calle y descubrí quién realmente estaba a mi lado

—¿Por qué no contestas, Lucía? ¿Otra vez con el móvil apagado? —me pregunté en voz baja, mientras el frío de la acera se colaba por mi abrigo. El ruido de los coches en la Gran Vía era ensordecedor, pero yo sólo escuchaba el latido acelerado de mi corazón y el zumbido sordo en mi cabeza tras la caída. Nadie se detenía. Madrid seguía su ritmo frenético, indiferente a mi dolor.

Intenté incorporarme, pero el tobillo me lanzó un latigazo de dolor. La gente pasaba a mi lado, algunos miraban de reojo, otros ni eso. Fue entonces cuando una mano cálida me sujetó el brazo.

—¿Estás bien, señora? —Era Carmen, mi vecina del tercero, la que siempre saludaba en el portal con una sonrisa cansada.

—Creo que me he torcido el pie… —balbuceé, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir. No sólo por el dolor físico, sino por la soledad que me envolvía como una manta húmeda.

Carmen llamó a una ambulancia y no se separó de mí ni un segundo. Mientras esperábamos, intenté llamar a Álvaro, mi marido. Tres tonos, buzón de voz. Otra vez. Me mordí el labio para no llorar delante de Carmen.

—¿Quieres que avise a alguien más? —preguntó ella, con esa dulzura que sólo tienen las personas que han sufrido mucho.

—No… sólo a mi marido —mentí. No quería preocupar a mis hijos, ni a mi hermana Clara, con quien apenas hablaba desde aquella discusión absurda sobre la herencia de mamá.

En el hospital, entre radiografías y preguntas rutinarias, seguí llamando a Álvaro. Nada. Ni un mensaje. Ni una llamada perdida. Carmen fue quien se quedó conmigo hasta que me dieron el parte: esguince grave, reposo absoluto durante dos semanas.

Cuando por fin llegué a casa, apoyada en el brazo de Carmen y con las muletas chirriando en cada escalón, Álvaro estaba sentado en el sofá, absorto en su móvil.

—¿Dónde estabas? —preguntó sin levantar la vista.

Sentí una punzada de rabia y tristeza. ¿Dónde estaba yo? ¿De verdad no le importaba?

—He estado en urgencias. Me he caído en la calle —dije, esperando al menos una mirada de preocupación.

—Vaya… ¿Y ahora qué? —respondió él, encogiéndose de hombros.

Me senté en silencio, observando cómo volvía a sumergirse en su pantalla. Recordé todas las veces que había ignorado sus mensajes sospechosos, las llamadas a deshoras, los fines de semana «de trabajo». Siempre me decía a mí misma que era mejor no saber, que por los niños y la estabilidad del hogar debía mirar hacia otro lado.

Pero esa noche, sola en la cama mientras él dormía en el sofá alegando que «roncaba mucho», sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.

Los días siguientes fueron una sucesión de silencios incómodos y miradas esquivas. Mis hijos, Pablo y Marta, apenas notaron mi ausencia en la rutina: estaban demasiado ocupados con sus estudios y sus móviles. Álvaro salía temprano y volvía tarde. Sólo Carmen venía cada tarde a traerme un tupper con lentejas o croquetas caseras.

Una tarde, mientras Carmen me ayudaba a cambiarme la venda del pie, no pude más y rompí a llorar.

—No puedo más, Carmen… Siento que estoy sola incluso cuando estoy rodeada de gente —confesé entre sollozos.

Ella me abrazó fuerte.

—No estás sola, Lucía. Pero tienes que decidir si quieres seguir viviendo así o si prefieres empezar de nuevo —me dijo con una firmeza inesperada.

Sus palabras me acompañaron toda la noche. Recordé cómo era yo antes de casarme: alegre, llena de sueños, con ganas de comerme el mundo. ¿En qué momento me había convertido en una sombra?

Esa misma semana recibí un mensaje inesperado de Clara:

«He oído lo del accidente por Carmen. ¿Quieres que vaya a verte?»

Tardé unos minutos en responderle. El orgullo herido aún pesaba demasiado. Pero finalmente escribí:

«Sí. Te echo de menos.»

Clara llegó esa tarde con una bolsa llena de pasteles y una sonrisa tímida. Nos abrazamos largo rato sin decir nada. Entre lágrimas y risas nerviosas, hablamos de mamá, de nuestra infancia en Toledo, del miedo a estar solas.

—¿Por qué nunca me contaste lo de Álvaro? —preguntó ella de repente.

Me quedé helada.

—¿Cómo lo sabes?

—Todo el mundo lo sabe menos tú —susurró Clara—. Pero no quería hacerte daño.

Sentí vergüenza y alivio al mismo tiempo. Vergüenza por haber sido tan ciega; alivio porque ya no tenía que fingir más.

Esa noche tomé una decisión. Al día siguiente esperé a Álvaro sentada en la mesa del comedor.

—Tenemos que hablar —dije cuando entró por la puerta.

Él bufó y dejó las llaves sobre la mesa.

—¿Otra vez con tus paranoias?

Le miré fijamente a los ojos por primera vez en años.

—No son paranoias. Sé lo tuyo con Beatriz —solté sin rodeos.

Su cara palideció. Por fin vi miedo en sus ojos.

—Lucía… yo…

—No quiero excusas —le interrumpí—. Sólo quiero saber si alguna vez pensaste en mí o sólo fui la madre de tus hijos y la mujer que te hacía la cena.

El silencio fue su única respuesta.

Esa noche dormí mejor que nunca. Al día siguiente llamé a un abogado y empecé los trámites para separarnos. Mis hijos al principio no entendieron nada; Pablo se enfadó conmigo, Marta lloró mucho. Pero poco a poco fueron comprendiendo que merecía ser feliz.

Carmen y Clara estuvieron a mi lado en cada paso del proceso. Descubrí que tenía más fuerza de la que imaginaba y que aún podía empezar de nuevo a los 48 años.

Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas veces cerramos los ojos ante lo evidente por miedo a estar solas? ¿Cuánto estamos dispuestas a sacrificar por mantener una mentira?

¿Y tú? ¿Te atreverías a abrir los ojos antes de que sea demasiado tarde?