No soy vuestra criada: La historia de Magdalena de Salamanca

—¡Magdalena, la tortilla está fría! —gritó mi suegra desde el salón, mientras yo recogía los platos de la cena que apenas había probado. Mi marido, Manuel, ni siquiera levantó la vista del móvil. Mi cuñada, Lucía, se quejaba de que faltaba pan. Y yo, con las manos mojadas y el corazón encogido, me preguntaba en qué momento mi vida se había reducido a servir a los demás.

No siempre fue así. Recuerdo cuando llegué a Salamanca desde Zamora, llena de ilusiones y con una plaza recién conseguida en la biblioteca municipal. Allí conocí a Manuel: atento, divertido, un hombre que me hacía sentir especial. Nos casamos pronto y, como él era hijo único y su padre había fallecido hacía poco, su madre se vino a vivir con nosotros. «Solo será un tiempo», me prometió Manuel. Ocho años después, sigo esperando que ese tiempo termine.

Al principio intenté adaptarme. Me esforzaba por agradar a mi suegra, cocinando sus platos favoritos —ese cocido que nunca me sale como a ella— y limpiando la casa hasta que brillara. Lucía venía cada fin de semana con sus dos hijos pequeños y yo me convertía en niñera improvisada. Nadie preguntaba si tenía planes o si estaba cansada. Mi trabajo en la biblioteca pasó a ser secundario; cuando pedí una reducción de jornada para cuidar de la familia, Manuel me felicitó por ser «tan buena esposa».

Pero poco a poco fui perdiendo la alegría. Mis amigas dejaron de invitarme a salir porque siempre tenía una excusa: «No puedo, tengo que preparar la cena para la familia de Manuel». Mi madre me llamaba preocupada: «Magda, hija, ¿cuándo vienes a vernos?». Siempre respondía lo mismo: «Cuando pueda, mamá».

Una noche, después de una discusión absurda porque olvidé comprar yogures para los niños de Lucía, me encerré en el baño y lloré en silencio. Me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras profundas, el pelo recogido deprisa, la piel apagada. ¿Dónde estaba aquella chica que soñaba con viajar por Europa y escribir un libro?

La gota que colmó el vaso llegó un domingo por la tarde. Había preparado una merienda para todos: bizcocho casero, café recién hecho, zumo para los niños. Mientras recogía las tazas, escuché cómo Lucía le decía a su madre en voz baja:

—Magdalena tiene suerte de estar con Manuel. Si no fuera por él, no tendría nada.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Eso pensaban de mí? ¿Que era una carga? ¿Que debía agradecer cada día el techo que compartíamos? Esa noche no pude dormir. Me levanté temprano y fui a caminar por el Puente Romano, buscando respuestas en el reflejo del Tormes.

Al volver a casa, Manuel me esperaba en la cocina.

—¿Dónde estabas? —preguntó sin mirarme—. Mamá te ha estado buscando para preparar el desayuno.

—He salido a pensar —respondí con voz temblorosa—. Necesito hablar contigo.

Se encogió de hombros y siguió leyendo el periódico.

—Estoy cansada, Manuel. No puedo más. Siento que no tengo vida propia.

Él suspiró como si le molestara mi debilidad.

—Magdalena, todos tenemos responsabilidades. No seas dramática.

Me mordí el labio para no gritarle. ¿Dramática? ¿Era dramático pedir un poco de respeto? ¿Un poco de espacio?

Esa tarde llamé a mi madre y le conté todo entre lágrimas. Ella guardó silencio unos segundos y luego me dijo:

—Hija, nadie va a luchar por ti si tú no lo haces primero.

Sus palabras me dieron fuerzas. Empecé a buscar cursos online sobre literatura y escritura creativa; volví a quedar con mis amigas para tomar café los jueves; recuperé mi plaza completa en la biblioteca. Cada pequeño paso era una victoria.

Pero la tensión en casa aumentaba. Mi suegra murmuraba cosas al pasar: «Antes todo estaba más limpio»; Lucía dejó de traer a los niños; Manuel se volvió más distante. Una noche discutimos fuerte:

—¿Por qué has cambiado tanto? —me reprochó—. Ya no eres la mujer de antes.

—No he cambiado —le respondí—. Solo he recordado quién soy.

El silencio se hizo eterno entre nosotros.

Hoy escribo estas líneas sentada en un banco del parque de La Alamedilla, viendo cómo cae la tarde sobre Salamanca. No sé qué pasará mañana: si Manuel decidirá apoyarme o si tendré que empezar sola una nueva vida. Pero por primera vez en años siento esperanza.

¿Hasta cuándo debemos las mujeres sacrificar nuestros sueños por los demás? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta y a elegirnos a nosotras mismas?