La luz de la Navidad: ¿Es el regalo lo único que queda?
—¿De verdad vas a llegar tarde otra vez, Lucía? —mi voz tembló mientras miraba el reloj de la cocina, las agujas marcando las nueve y media de la noche. El aroma del cordero asado se mezclaba con la ansiedad que me apretaba el pecho.
—Mamá, ya te he dicho que tengo mucho trabajo. No empieces, por favor —respondió Lucía desde el móvil, su tono impaciente, casi distante.
Colgué sin decir nada más. Me quedé mirando la mesa perfectamente puesta: la vajilla heredada de mi madre, las copas de cristal que sólo uso en Navidad, los regalos envueltos con esmero. Todo parecía perfecto, menos yo. Me senté en la silla y sentí cómo el silencio se hacía más pesado que nunca.
Me llamo Carmen. Nací en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, donde aprendí desde niña que la vida es dura y que el amor se demuestra con hechos. Cuando conocí a Antonio, creí que juntos podríamos cambiar nuestro destino. Pero la vida tenía otros planes: él se fue demasiado pronto y me dejó sola con dos hijos pequeños y una montaña de deudas.
Trabajé en todo lo que pude: limpiando casas, cuidando ancianos, cosiendo por encargo. No recuerdo haber dormido una noche entera en años. Cada euro que ganaba iba para Lucía y Marcos: sus libros, sus excursiones, sus cumpleaños. Nunca quise que sintieran vergüenza por no tener lo mismo que los demás niños del colegio.
—Mamá, ¿por qué nunca estás en casa? —me preguntó Marcos una noche, cuando tenía ocho años y yo llegaba agotada de limpiar oficinas.
—Para que tú puedas tener lo que yo nunca tuve —le respondí, besándole la frente mientras él ya se quedaba dormido.
Los años pasaron volando. Lucía estudió Derecho en Madrid; Marcos se fue a Barcelona a trabajar en una empresa tecnológica. Yo seguía aquí, en la misma casa donde crecieron, esperando cada Navidad para reunirnos como antes. Pero cada año era más difícil: compromisos, viajes, parejas nuevas…
Esta noche, la Nochebuena, me siento como una invitada en mi propia familia. Lucía llegará tarde —si es que llega— y Marcos ni siquiera ha llamado. Los regalos están ahí, bajo el árbol: un reloj para Lucía, unos auriculares para Marcos. Cosas caras, sí, pero ¿y el cariño? ¿Y las risas de cuando eran pequeños?
El timbre suena y me sobresalto. Abro la puerta con el corazón encogido.
—¡Feliz Navidad, mamá! —Lucía entra deprisa, con el abrigo aún puesto y el móvil pegado a la oreja—. Perdona el retraso, es que Javier… bueno, ya sabes cómo es.
No sé cómo es Javier; apenas le conozco. Lucía habla de él como si fuera un compañero de trabajo más.
—¿Dónde está Marcos? —pregunta Lucía mientras revisa los mensajes en su móvil.
—No ha llamado —respondo en voz baja.
Lucía suspira y se sienta a la mesa sin mirarme. Empieza a servirse vino y a hablarme de su jefe y de lo injusto que es el mundo laboral para las mujeres jóvenes. Yo la escucho, pero siento que hay un muro entre nosotras.
—¿Te acuerdas cuando hacíamos rosquillas juntas? —le pregunto intentando romper el hielo.
—Ay, mamá… eso era cuando era niña. Ahora no tengo tiempo para esas cosas —responde sin levantar la vista del móvil.
La cena transcurre entre silencios incómodos y conversaciones superficiales. Cuando llega el momento de los regalos, Lucía los abre deprisa y me da las gracias con un beso rápido en la mejilla.
—¿Te gusta? —le pregunto mientras ella examina el reloj.
—Sí, está bien… aunque ya tengo uno parecido —dice sin entusiasmo.
Me trago las lágrimas y sonrío como si nada pasara. Cuando termina la cena, Lucía se despide rápido porque tiene una videollamada con Javier y sus amigos.
Recojo la mesa sola. El eco de sus pasos alejándose por el pasillo resuena en mi pecho como un reproche. Me siento frente al árbol de Navidad y miro los regalos sin abrir de Marcos. ¿Vendrá mañana? ¿O simplemente se olvidó?
Recuerdo las Navidades de mi infancia: mi madre cantando villancicos, mi padre cortando turrón con manos torpes pero cariñosas. No teníamos casi nada, pero nos teníamos los unos a los otros.
Ahora tengo una casa llena de cosas y un corazón vacío.
Al día siguiente recibo un mensaje de Marcos: “Feliz Navidad, mamá. No he podido ir este año. Te mando un abrazo”.
No respondo enseguida. Miro por la ventana cómo cae la lluvia sobre las calles vacías del barrio. Me pregunto si todo este sacrificio ha servido para algo o si he confundido el amor con los regalos caros y las cenas perfectas.
Por la tarde salgo a pasear por el parque donde solía llevar a mis hijos cuando eran pequeños. Veo a una madre jugando con su hija pequeña bajo la lluvia y siento una punzada de nostalgia tan fuerte que tengo que sentarme en un banco.
Una señora mayor se sienta a mi lado y me sonríe.
—¿Está usted bien?
—Sí… sólo pensaba en mis hijos —respondo con voz temblorosa.
—Los hijos siempre vuelan lejos —dice ella—. Pero lo importante es que sepan volver cuando más los necesitas.
Vuelvo a casa con esa frase resonando en mi cabeza. Enciendo una vela junto al retrato de Antonio y le hablo en voz baja:
—¿Hicimos bien? ¿De verdad era esto lo mejor para ellos?
Me siento frente al árbol otra vez y miro los regalos sin abrir. Me doy cuenta de que lo único que quiero es volver a sentirme parte de mi familia; no como una invitada, sino como su madre.
¿De verdad el amor se puede comprar con regalos? ¿O hemos olvidado lo esencial por culpa de las prisas y las cosas materiales?
Quizá algún día mis hijos entiendan todo lo que hice por ellos… ¿O será demasiado tarde para recuperar lo que hemos perdido?