Veinte años de mentiras: El día que descubrí que mi marido tenía otra familia

—¿Señora Martínez? —La voz al otro lado del teléfono temblaba, como si supiera que estaba a punto de romperme en mil pedazos.

Era una tarde cualquiera en Madrid, el sol se filtraba por la ventana del salón y yo preparaba la cena para Iván y nuestros hijos, Lucía y Sergio. El teléfono fijo sonó, ese que casi nadie usaba ya. Contesté sin pensar, esperando que fuera mi madre o alguna vecina. Pero no. Era una mujer, con acento valenciano, que preguntaba por mí con una mezcla de respeto y miedo.

—Perdone que la moleste… ¿Usted es la esposa de Iván Martínez?

Sentí un escalofrío. Nadie preguntaba así si no era para dar malas noticias. Contesté que sí, y entonces ella soltó la bomba:

—Verá… yo soy Ana, la madre de los otros hijos de Iván. Tenía que llamarla. No puedo seguir viviendo así.

El cuchillo se me cayó de las manos. El ruido metálico contra la encimera me devolvió a la realidad. ¿Otros hijos? ¿Otra mujer? ¿Mi Iván?

No recuerdo mucho más de esa conversación. Ana lloraba, yo temblaba. Me contó que llevaba casi quince años con él, que tenían dos niños pequeños, que Iván pasaba semanas en Valencia «por trabajo». Que le prometía dejarme, pero nunca lo hacía. Que ya no podía más.

Colgué y me quedé mirando el vacío. Todo lo que creía saber sobre mi vida se desmoronó en un instante. Las cenas familiares, los veranos en la playa de Benidorm, los cumpleaños… ¿Eran todos una mentira?

Cuando Iván llegó esa noche, le esperé sentada en el sofá, con el teléfono todavía en la mano. Entró silbando, como si nada. Le miré a los ojos y supe que lo sabía todo antes de que dijera una palabra.

—¿Quién es Ana? —pregunté con voz rota.

Se quedó helado. No intentó negarlo. Se sentó frente a mí y bajó la cabeza.

—Lo siento, Carmen. No sé cómo he llegado hasta aquí…

—¿Cuánto tiempo? —le interrumpí.

—Quince años.

Quince años. Más de la mitad de nuestro matrimonio. Me levanté y le grité todo lo que había callado durante años: las ausencias, las excusas, las llamadas a deshoras, los viajes repentinos a Valencia «por trabajo». Me sentí ridícula por no haberlo visto antes.

Esa noche no dormí. Escuché a mis hijos respirar en sus habitaciones y pensé en los otros niños, en Valencia, que también eran hijos de Iván. ¿Qué clase de hombre podía vivir así? ¿Y qué clase de mujer era yo para no haberlo notado?

Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre vino desde Toledo para ayudarme con los niños. Mi hermana Laura me abrazó fuerte y me dijo: «No eres tonta, Carmen. Solo confiabas en él». Pero yo no podía dejar de preguntarme: ¿en qué momento dejé de ser yo misma para convertirme solo en la esposa de Iván?

Las amigas del barrio murmuraban a mis espaldas. En el supermercado, sentía las miradas clavadas en mi nuca. «Pobre Carmen», decían algunas; otras susurraban: «Algo habrá hecho para que él buscara otra».

Iván intentó hablar conmigo varias veces. Me pidió perdón, me juró que me quería a mí, que todo había sido un error, que estaba atrapado en su propia mentira. Pero yo ya no podía escucharle sin sentir asco y rabia.

Una tarde, Lucía entró en la cocina mientras yo lloraba sobre el fregadero.

—Mamá, ¿qué te pasa?

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle a una niña de trece años que su padre tenía otra familia? Solo pude abrazarla y prometerle que todo iría bien, aunque ni yo misma lo creía.

El divorcio fue largo y doloroso. Iván intentó mantener el contacto con los niños, pero ellos apenas querían verle. Sergio dejó de hablar durante semanas; Lucía empezó a suspender exámenes.

Me sentí sola como nunca antes. Empecé terapia porque ya no podía soportar el peso de la culpa y la vergüenza. La psicóloga me preguntó: «¿Cuándo fue la última vez que pensaste en ti misma?» No supe responderle.

Poco a poco, fui reconstruyendo mi vida. Volví a trabajar como administrativa en una gestoría del barrio; retomé el contacto con viejas amigas; empecé a salir a caminar por el Retiro los domingos por la mañana.

Un día recibí una carta de Ana. Me pedía perdón por haberme destrozado la vida, aunque sabía que la culpa era solo de Iván. Me contaba que también estaba sola ahora, criando a sus hijos como podía.

Le respondí con otra carta breve: «No somos enemigas; somos víctimas del mismo hombre».

Hoy, dos años después, sigo preguntándome cómo pude vivir veinte años engañada sin darme cuenta. A veces me despierto sudando, pensando que todo ha sido una pesadilla; otras veces siento alivio porque al fin sé la verdad.

A mis hijos les digo siempre: «Nunca dejéis de ser vosotros mismos por nadie».

Y ahora os pregunto: ¿cuántas veces miramos hacia otro lado para no ver lo que nos duele? ¿Cuántas mujeres viven atrapadas en mentiras por miedo a estar solas?