Alquilamos el piso a mi cuñado: Cuando la familia se convierte en tormenta
—¿De verdad crees que esto es justo, Lucía? —La voz de mi cuñado, Sergio, resonaba en el salón vacío, cargada de reproche y rabia contenida.
Me quedé helada, con las llaves del piso en la mano y el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía escuchar mis propios pensamientos. No era la primera vez que discutíamos, pero sí la primera que sentí que algo se rompía para siempre.
Todo comenzó hace dos años, cuando mi marido, Álvaro, y yo decidimos alquilar el piso que habíamos heredado de mis padres en Salamanca. No era un gran piso, pero estaba bien situado y era perfecto para una familia joven. Sergio, el hermano pequeño de Álvaro, acababa de quedarse sin trabajo y su pareja, Marta, estaba embarazada. Nos pareció lo más natural ayudarles. «La familia es lo primero», repetía mi suegra cada vez que surgía alguna duda.
Al principio todo fue bien. Sergio y Marta se instalaron con ilusión y nosotros nos sentíamos satisfechos por haber hecho lo correcto. Pero pronto empezaron los retrasos en el pago del alquiler. Primero fue un mes, luego dos. Siempre había una excusa: que si la prestación no llegaba, que si Marta estaba mal del embarazo, que si el niño necesitaba esto o aquello.
—No os preocupéis, en cuanto encuentre trabajo os lo pago todo junto —prometía Sergio una y otra vez.
Pero el trabajo no llegaba y las deudas crecían. Álvaro intentaba mediar, pero cada conversación terminaba en gritos o en silencios incómodos durante las comidas familiares. Mi suegra nos miraba con reproche, como si fuéramos nosotros los egoístas por pedir lo que era nuestro.
Recuerdo una noche especialmente dura. Habíamos ido a cenar a casa de mis suegros. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Marta apenas probó bocado y Sergio no levantó la vista del plato.
—¿No podríais perdonarles un par de meses? —sugirió mi suegra en voz baja, como si pidiera un favor insignificante.
—Llevan seis meses sin pagar —respondí yo, intentando controlar el temblor en mi voz—. Nosotros también tenemos gastos.
Álvaro me apretó la mano bajo la mesa, pero no dijo nada. Sentí una soledad inmensa.
Las cosas empeoraron cuando descubrimos que Sergio había subarrendado una habitación del piso a un amigo suyo sin avisarnos. Cuando le pedimos explicaciones, se puso hecho una furia.
—¡Os estáis pasando! ¡Ni que fuera un piso de lujo! —gritó—. Si no fuera por vosotros estaría en la calle.
A partir de ahí todo fue cuesta abajo. Las discusiones se hicieron diarias. Marta dejó de hablarnos y mi suegra empezó a llamarnos «desalmados» delante de toda la familia. Álvaro y yo discutíamos cada noche. Yo quería iniciar un proceso legal para recuperar el piso; él no soportaba la idea de enfrentarse a su hermano.
Una tarde recibí una llamada del administrador de fincas: había que pagar una derrama importante por unas obras en el edificio. No teníamos ese dinero. Cuando se lo conté a Álvaro, rompió a llorar. Nunca le había visto así.
—¿Qué hemos hecho mal? —me preguntó entre sollozos—. Solo queríamos ayudarles.
Finalmente, tras muchas noches sin dormir y tras consultar con un abogado, enviamos a Sergio un burofax exigiendo el pago o el desalojo del piso. Fue el peor día de mi vida. Mi suegra me llamó llorando, acusándome de romper la familia. Sergio me insultó por teléfono y Marta me bloqueó en todas las redes sociales.
Cuando por fin dejaron el piso, lo encontramos destrozado: paredes pintarrajeadas, muebles rotos y un olor insoportable a humedad y tabaco. Me senté en el suelo del salón vacío y lloré como no había llorado nunca.
Desde entonces, la familia está rota. Las Navidades son un suplicio; cada reunión es un campo minado de reproches y silencios hostiles. Álvaro y yo seguimos juntos, pero algo se ha quebrado entre nosotros también. A veces le sorprendo mirando fotos antiguas con los ojos llenos de tristeza.
Hoy sigo preguntándome: ¿merece la pena sacrificar tu paz por ayudar a la familia? ¿Dónde está el límite entre la generosidad y el autoengaño? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?