La sombra en la casa de los Fernández: Mi embarazo invisible
—¿Lucía, has terminado ya con los platos? —La voz de mi suegra, Carmen, retumba desde el salón, atravesando el pasillo como una orden militar. Me seco las manos con el delantal, sintiendo el peso de mi barriga de seis meses y el doble peso de la indiferencia. Nadie pregunta cómo estoy. Nadie se ofrece a ayudarme. Aquí, en la casa de los Fernández, soy invisible salvo cuando hay algo que limpiar o cocinar.
Recuerdo el primer día que llegué a este pueblo de Castilla, dejando atrás Madrid y mi trabajo en la biblioteca. Me enamoré de Álvaro, su sonrisa tímida y sus promesas de una vida tranquila. Pero nunca imaginé que la tranquilidad sería sinónimo de silencio y resignación.
—Lucía, ¿puedes traerme un café? —Ahora es mi cuñada, Marta, tumbada en el sofá con el móvil pegado a la cara. Ni siquiera me mira. Me pregunto si alguna vez lo hará.
A veces, cuando subo a nuestra habitación, me miro al espejo y apenas me reconozco. Mis ojos han perdido el brillo; mis manos, siempre ocupadas, tiemblan de cansancio. El embarazo debería ser un tiempo de alegría, pero aquí solo siento soledad.
Álvaro llega tarde del trabajo casi todos los días. Cuando le hablo de cómo me siento, baja la mirada y dice: —Ya sabes cómo es mi madre… No te lo tomes a pecho. Pero ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo no sentir que cada día pierdo un poco más de mí misma?
Una noche, mientras recojo los restos de la cena, escucho a Carmen hablar con Marta en la cocina:
—Esta chica no sabe hacer ni una tortilla decente. Menos mal que el niño saldrá a los Fernández.
Me muerdo el labio para no llorar. El niño… Mi hijo. ¿Será también invisible para ellos?
El médico me ha dicho que debo descansar más, que el estrés no es bueno para el bebé. Pero ¿cómo descansar cuando cada día es una batalla silenciosa? Cuando intento sentarme un rato después de comer, Carmen aparece con una lista interminable de tareas: «Lucía, las ventanas están sucias; Lucía, hay que planchar las camisas de Álvaro; Lucía… Lucía… Lucía…» Como si mi nombre fuera sinónimo de servidumbre.
Un domingo por la tarde, mientras barro el patio, escucho risas en el jardín. Marta y su hermano menor, Diego, juegan con sus perros. Me acerco con una sonrisa tímida:
—¿Puedo unirme?
Marta me mira como si fuera una extraña:
—¿Tú? Mejor descansa, no vayas a cansarte demasiado… —dice con sarcasmo.
Me doy la vuelta sintiendo cómo la rabia se mezcla con la tristeza. ¿Por qué nadie me ve? ¿Por qué nadie pregunta qué quiero yo?
Una noche no puedo más y estallo delante de Álvaro:
—¡Estoy harta! ¡No soy vuestra criada! ¡Estoy embarazada y nadie parece darse cuenta!
Álvaro me mira sorprendido, como si nunca hubiera imaginado que pudiera alzar la voz.
—Lucía… No sé qué decirte…
—Dímelo tú: ¿por qué tengo que soportar esto? ¿Por qué nadie me respeta?
Él se encoge de hombros y sale de la habitación. Me quedo sola con mi rabia y mis lágrimas.
Empiezo a escribir cartas a mi madre en Madrid. Le cuento todo: la soledad, el cansancio, el miedo a perderme a mí misma. Ella me responde con palabras dulces y consejos: «No te olvides de quién eres, hija. Tu voz importa».
Un día decido hacer algo diferente. Después de limpiar la casa por la mañana, salgo al parque del pueblo sin avisar a nadie. Me siento en un banco bajo los álamos y respiro hondo. Por primera vez en meses siento un poco de paz.
Allí conozco a Teresa, una vecina mayor que pasea a su perro.
—¿Tú eres la nuera de Carmen? —me pregunta con curiosidad.
Asiento en silencio.
—No te lo tomes a mal —dice—. Aquí las cosas siempre han sido así. Pero tienes derecho a ser feliz, ¿sabes?
Sus palabras me reconfortan más que cualquier gesto de mi familia política.
Esa tarde vuelvo a casa más tranquila. Cuando Carmen me pregunta dónde he estado, le respondo:
—He salido a pasear. Necesitaba aire fresco.
Ella frunce el ceño pero no dice nada más. Por primera vez siento que he puesto un límite.
A partir de ese día empiezo a reservarme pequeños momentos para mí: leer un libro en el jardín, llamar a mi madre sin esconderme, escribir en mi diario. Poco a poco recupero mi voz.
Cuando nace mi hijo, Hugo, todo cambia y nada cambia. Carmen insiste en enseñarme cómo se cuida «a un niño de verdad»; Marta se burla de mis torpezas; Álvaro sigue ausente. Pero yo ya no soy la misma.
Una tarde, mientras doy el pecho a Hugo junto a la ventana abierta, pienso en todo lo que he soportado y en todo lo que aún me queda por luchar.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que nos borren? ¿Cuántas mujeres viven así en silencio? ¿Y si hoy decido ser yo quien escriba mi propia historia?