El día que elegí mi libertad: la historia de Carmen

—¿De verdad vas a hacer esto, mamá? ¿Ahora? —La voz de Lucía, mi hija, retumbó en el salón como un portazo invisible.

Me quedé quieta, con las manos temblorosas sobre la mesa de madera que tantas veces había limpiado, donde tantas veces había servido cocidos y lentejas para una familia que ya no sentía como mía. Miré a Lucía, sus ojos oscuros llenos de reproche y miedo. Y sentí el peso de cuarenta años cayendo sobre mis hombros.

—Sí, hija. Ya no puedo más —respondí, con un hilo de voz que apenas reconocí como propio.

Mi nombre es Carmen. Tengo sesenta y dos años y vivo en un barrio antiguo de Salamanca. Durante casi toda mi vida fui «la mujer de Antonio», la madre de Lucía y de Sergio, la nuera de doña Pilar, la que siempre estaba ahí para todos menos para sí misma. Mi historia no es diferente a la de tantas mujeres españolas de mi generación: casada joven, dedicada al hogar, sacrificando sueños propios por el bien común. Pero un día, el silencio se volvió insoportable.

Antonio y yo nos conocimos en una verbena del pueblo. Él era divertido, tenía un futuro prometedor en la Caja Rural y me hacía reír. Nos casamos a los veintidós, sin pensarlo demasiado. Pronto llegaron los niños, las hipotecas, los turnos dobles en la tienda de ultramarinos que heredé de mi padre. La vida pasó deprisa entre pañales, facturas y domingos en casa de mi suegra.

Pero los años fueron apagando la chispa. Antonio se volvió distante, encerrado en sus rutinas: fútbol los sábados, dominó en el bar con sus amigos, cenas silenciosas frente al televisor. Yo me convertí en un mueble más del salón. Mis amigas decían que era normal, que así eran los hombres. Pero yo sentía que me marchitaba.

Una tarde, mientras fregaba los platos, escuché a Antonio hablar por teléfono en voz baja. No era la primera vez. Desde hacía meses notaba mensajes a deshoras, risas ahogadas cuando yo entraba en la habitación. No quise espiar, pero el dolor de la sospecha era peor que cualquier certeza.

—¿Tienes algo que decirme? —le pregunté una noche.

Antonio ni siquiera levantó la vista del móvil.

—No empieces, Carmen. Siempre estás igual.

Me fui a dormir con un nudo en el estómago. Al día siguiente, mientras barría el patio, sentí una punzada en el pecho. Pensé que era el corazón. Pero no: era tristeza acumulada durante años.

Empecé a salir sola a caminar por el parque. Allí conocí a Rosario, una viuda alegre que me habló de las clases de pintura del centro cívico. Me apunté sin decir nada en casa. Por primera vez en mucho tiempo sentí ilusión por algo.

Pero cuando Antonio lo supo, se burló:

—¿A tu edad vas a ponerte a pintar? ¿No tienes bastante con la casa?

Lucía tampoco lo entendía:

—Mamá, ¿qué te pasa últimamente? Estás rara.

No estaba rara: estaba despertando.

El día que cumplimos treinta y nueve años de casados, Antonio ni siquiera me felicitó. Se fue al bar como cualquier otro día. Me senté sola frente a una tarta comprada en el supermercado y lloré como una niña. Fue entonces cuando lo supe: no quería pasar ni un año más así.

La decisión no fue fácil. En España todavía pesa mucho el qué dirán, sobre todo en ciudades pequeñas como la nuestra. Cuando le dije a Antonio que quería divorciarme, se rió en mi cara:

—¿Tú? ¿A tu edad? ¿Y qué vas a hacer sola?

No supe qué responderle. Tenía miedo: miedo a la soledad, al rechazo de mis hijos, al juicio de las vecinas que siempre miran por detrás de las cortinas.

Lucía fue la peor. Me llamó egoísta, me dijo que estaba destrozando la familia.

—¿Y papá? ¿Y nosotros? ¿No has pensado en lo que nos haces?

Sergio fue más comprensivo:

—Mamá, si no eres feliz tienes derecho a buscar tu camino. Yo te apoyo.

Pero Lucía no me hablaba. Mi hermana Mercedes me llamó exagerada:

—Carmen, aguanta un poco más. ¿Para qué complicarte la vida ahora?

Pero yo ya había tomado mi decisión.

El proceso fue largo y doloroso: abogados, papeles, miradas reprobatorias en el supermercado. Antonio se negó a salir de casa durante meses; dormíamos bajo el mismo techo sin hablarnos. Las noches eran eternas.

Un día Rosario me llevó a Madrid para ver una exposición. Caminamos por el Retiro y sentí una libertad desconocida. Compré un cuaderno y empecé a escribir mi historia.

Poco a poco fui recuperando mi voz. Empecé a reírme otra vez, a disfrutar del café con mis amigas, a viajar sola en trenes regionales para visitar pueblos que siempre quise conocer.

Hoy vivo en un piso pequeño cerca del centro. No tengo grandes lujos pero tengo paz. Lucía aún no me perdona del todo; dice que le robé su infancia idealizada. Pero yo sé que hice lo correcto.

A veces me pregunto si fui valiente o simplemente egoísta. ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas por miedo al qué dirán? ¿Cuántas Cármenes hay en España esperando su momento?

¿De verdad es tan grave elegirnos a nosotras mismas después de toda una vida dedicada a los demás? ¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar?