¿Debería ceder la casa familiar? El dilema de una madre española

—¿Pero cómo que a nombre de tu madre, Sergio? —La voz me temblaba, aunque intentaba mantener la compostura. Estábamos sentados en la mesa del comedor, esa misma donde tantas veces habíamos celebrado cumpleaños y Navidades. Lucía, mi hija, me miraba con ojos cansados, una mano sobre su vientre abultado.

Sergio ni siquiera levantó la vista del móvil. —Es lo más lógico, Carmen. Mi madre nos ha ayudado mucho con el dinero para la entrada. Además, así evitamos problemas con Hacienda.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Problemas con Hacienda? ¿O problemas conmigo? Miré a Lucía buscando apoyo, pero ella solo suspiró.

—Mamá, no empieces. Sergio tiene razón, su madre nos ha prestado mucho dinero y…

—¿Y tú qué? —la interrumpí—. ¿No te das cuenta de lo que puede pasar si la casa no está a tu nombre? ¿Y si mañana os peleáis? ¿Y si…?

—¡Mamá! —Lucía alzó la voz, algo que rara vez hacía—. No va a pasar nada. Confío en Sergio.

Me quedé callada, pero por dentro hervía. No era solo desconfianza hacia Sergio o su madre, Rosario. Era miedo. Miedo a que mi hija y mis nietos se quedaran sin nada si las cosas se torcían. En España, había visto demasiadas historias de mujeres abandonadas sin un techo por confiar demasiado.

Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces a mirar por la ventana, viendo las luces de los pisos vecinos apagarse una a una. Recordé cuando Lucía era pequeña y venía corriendo a mi cama después de una pesadilla. Ahora era yo la que tenía miedo por ella.

Al día siguiente, llamé a mi hermana Pilar. Siempre había sido mi confidente.

—Carmen, tienes que hablarlo con Lucía a solas —me aconsejó—. No puedes dejar que te aparten así. Piensa en los niños.

Eso hice. Aproveché que Sergio salió a trabajar y fui a ver a Lucía. Estaba sentada en el sofá, acariciándose la barriga mientras veía un programa de reformas en la tele.

—Lucía, hija —empecé suavemente—, ¿de verdad estás segura de esto?

Ella me miró con ojos vidriosos.

—Mamá… estoy cansada de pelearme con Sergio por todo. Si esto le hace feliz…

—¿Y tú? ¿Tú eres feliz? —le pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

Se encogió de hombros.

—No lo sé. A veces siento que hago todo mal. Que si no cedo en esto, se va a enfadar y…

La abracé fuerte. Sentí cómo temblaba entre mis brazos.

—No tienes que ceder siempre, Lucía. Tienes derecho a sentirte segura. A proteger lo que es tuyo y de tus hijos.

Pasaron los días y la tensión crecía. Rosario empezó a venir más a menudo a casa «para ayudar», pero yo notaba cómo revisaba cada rincón, como si ya fuera suyo.

Una tarde, mientras preparaba café en la cocina, la escuché hablando con Sergio:

—Hijo, asegúrate de que todo quede bien atado. No quiero líos luego si las cosas se ponen feas.

Me quedé helada. ¿Acaso Rosario también dudaba de Lucía? ¿O simplemente quería asegurarse un techo?

Esa noche hubo otra discusión. Sergio insistía en firmar los papeles cuanto antes; Lucía lloraba; yo intentaba mediar sin éxito.

—¡No quiero más peleas! —gritó Lucía finalmente—. ¡Estoy embarazada y no puedo con este estrés!

Sergio salió dando un portazo. Me quedé sola con mi hija, que sollozaba desconsolada.

—Mamá… tengo miedo —susurró—. No sé qué hacer.

La llevé al hospital esa noche porque empezó con contracciones prematuras. Los médicos dijeron que era por el estrés.

Mientras esperaba en el pasillo blanco y frío del hospital, pensé en todas las madres españolas que luchan por proteger a sus hijas y nietos en silencio, tragándose el miedo para no preocuparlas más.

Cuando Lucía volvió a casa, decidí actuar. Busqué asesoramiento legal y le expliqué todo lo que había averiguado: si la casa estaba solo a nombre de Rosario, Lucía y sus hijos podrían quedarse sin nada si algo iba mal; que había formas legales de protegerse; que no tenía por qué ceder siempre ante Sergio.

Al principio dudó, pero poco a poco fue recuperando fuerzas. Hablamos con un abogado juntas y le propusimos a Sergio poner la casa a nombre de ambos o hacer un usufructo vitalicio para proteger a los niños.

Sergio se enfadó mucho al principio. Rosario dejó de venir por casa durante semanas. Pero Lucía se mantuvo firme por primera vez en mucho tiempo.

Hoy, meses después, mi nieta ha nacido sana y Lucía sonríe más seguido. La casa está a nombre de ambos y hay un acuerdo firmado para proteger a los niños pase lo que pase.

A veces me pregunto: ¿Cuántas madres callan por miedo a perder el amor de sus hijos? ¿Cuántas familias se rompen por no hablar claro sobre el dinero y la seguridad? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?