¿Por qué te empeñas en cargar con una esposa enferma?
—¿Por qué te empeñas en cargar con una esposa enferma, hijo? Quizá aún no sea tarde para divorciarte.
La voz de mi madre, Carmen, retumbó en la cocina mientras yo intentaba preparar el café. Sentí cómo la taza temblaba en mis manos. Lucía, mi mujer, estaba en la habitación de al lado, seguramente escuchando cada palabra. No era la primera vez que mi madre soltaba algo así desde que Lucía enfermó, pero nunca había sido tan directa. Me giré y la miré a los ojos, buscando en su rostro algún atisbo de compasión, pero sólo encontré preocupación y miedo.
Hace veinte años, Carmen presumía de Lucía ante todas sus amigas del barrio de Chamberí: “¡Mi nuera es maravillosa! Graduada en Filología Inglesa, profesora en un instituto público, culta y viajera.” Yo, Andrés, apenas era un mecánico autodidacta que arreglaba coches en el taller de mi tío. Nadie entendía cómo Lucía se había fijado en mí. Pero ella siempre decía que yo era su refugio, su tierra firme.
Todo cambió hace tres años. Lucía empezó a sentirse cansada, a tener dolores inexplicables. Los médicos tardaron meses en diagnosticarle esclerosis múltiple. Desde entonces, nuestra vida se convirtió en una sucesión de visitas al hospital, medicamentos y días buenos mezclados con días horribles. Perdió su trabajo porque no podía cumplir con el horario. Yo empecé a faltar al taller para cuidarla.
—Mamá, por favor —le dije con voz baja—. No vuelvas a decir eso delante de Lucía.
Ella suspiró y se sentó a mi lado. —Andrés, hijo… No quiero verte arruinado. Eres joven aún. Puedes rehacer tu vida. Lucía ya no es la misma. ¿No ves cómo te consume?
Sentí rabia y vergüenza. ¿Cómo podía decir eso de la mujer que me había dado todo? Recordé cuando Lucía me defendió ante mi padre, cuando él decía que yo nunca llegaría a nada. Ella siempre creyó en mí.
Esa noche, mientras ayudaba a Lucía a acostarse, ella me miró con ojos tristes.
—¿Te ha vuelto a decir tu madre que te divorcies?
No supe qué contestar. Me limité a acariciarle el pelo.
—Andrés… Si quieres irte, puedes hacerlo. No quiero ser una carga para ti —susurró.
Me arrodillé junto a la cama y le tomé la mano.
—No digas tonterías. Te quiero. Estoy aquí porque quiero estarlo.
Pero las palabras de mi madre seguían resonando en mi cabeza durante días. En el taller, mis compañeros cuchicheaban cuando llegaba tarde o pedía salir antes para acompañar a Lucía al médico.
—Andrés, macho, así no puedes seguir —me dijo Paco, el jefe—. O te centras o tendrás que buscarte otro curro.
La presión era asfixiante. El dinero empezó a escasear. Vendimos el coche y algunos muebles para pagar una silla eléctrica para Lucía. Mi hermana Marta me ofreció ayuda económica, pero mi orgullo me lo impedía.
Un domingo por la tarde, mi madre vino a casa con una tarta de manzana. Se sentó frente a Lucía y le habló como si fuera una niña:
—Cariño, ¿no crees que Andrés merece ser feliz? Hay muchas mujeres sanas…
Lucía rompió a llorar y yo exploté:
—¡Basta ya! ¡No vuelvas a decir eso nunca más!
Mi madre se fue ofendida y durante semanas no supe nada de ella. Marta me llamó preocupada:
—Mamá está dolida, dice que sólo quiere lo mejor para ti.
—¿Y quién decide qué es lo mejor para mí? —le respondí.
La soledad se hizo más pesada. Los amigos dejaron de llamarnos; las invitaciones desaparecieron. En el barrio empezaron los rumores: “Pobre Andrés, atado a una inválida.”
Una noche de verano, mientras paseábamos por el Retiro con la silla eléctrica recién estrenada, Lucía me miró con una mezcla de amor y resignación.
—¿Tú crees que algún día tu madre volverá a aceptarme?
No supe qué decirle. La enfermedad no sólo nos estaba robando la salud y el dinero; también nos estaba aislando del mundo.
Pasaron los meses y aprendí a vivir con menos: menos amigos, menos dinero, menos tiempo libre… pero más amor y más paciencia. Empecé a trabajar por las noches para poder cuidar de Lucía durante el día. A veces me sentía agotado y frustrado; otras veces agradecía cada pequeño momento juntos: una risa compartida viendo una serie antigua, un café en la terraza cuando Lucía tenía un buen día.
Un día recibí una carta de mi madre. Decía: “Quizá nunca entienda tu decisión, pero eres mi hijo y te quiero.” No era una disculpa completa, pero era un comienzo.
Hoy sigo aquí, junto a Lucía. No sé qué nos deparará el futuro ni si algún día mi madre aceptará nuestra vida tal como es. Pero sé que no cambiaría nada de lo que he hecho.
A veces me pregunto: ¿Qué significa realmente amar? ¿Hasta dónde llegarías tú por alguien a quien quieres? ¿Es justo dejarse llevar por los prejuicios o hay algo más fuerte que todo eso?