El eco de una cuna vacía: Confesiones de una madre en la sombra
—¿De verdad vas a tenerlo? —me preguntó mi madre, con esa mezcla de incredulidad y desprecio que sólo ella sabía conjugar. Era una tarde de enero en Madrid, y el frío se colaba por las rendijas del piso de Vallecas donde aún vivía, a mis veintiséis años. Me temblaban las manos, no sabía si por el miedo o por la rabia.
—No sé qué otra cosa puedo hacer, mamá —le respondí, intentando no romperme delante de ella. Mi padre, sentado en su sillón, ni siquiera levantó la vista del Marca. Para él, yo era invisible desde que supo que estaba embarazada y que el padre, Diego, había desaparecido sin dejar rastro.
Esa noche, mientras escuchaba los gritos de mis padres discutiendo sobre mi futuro —o más bien, sobre su vergüenza—, sentí por primera vez el peso de la soledad. Me tumbé en la cama y acaricié mi vientre. “No te preocupes, Lucía”, susurré, “todo irá bien”. Pero ni yo misma me lo creía.
Los meses pasaron entre visitas al ambulatorio y miradas de reojo en el barrio. Mi mejor amiga, Marta, intentó animarme: “Carmen, eres más fuerte de lo que piensas”. Pero yo sólo veía puertas cerradas y un futuro incierto. Busqué trabajo, pero nadie quería contratar a una embarazada sin experiencia. Mi abuela decía que en sus tiempos las cosas eran distintas: “Se aguantaba y punto”.
El día del parto llegó con una mezcla de terror y esperanza. Recuerdo las luces blancas del hospital Gregorio Marañón, el sudor frío en la frente y el llanto de Lucía al nacer. La enfermera me la puso sobre el pecho y sentí un amor tan intenso que me dolió. Pero también sentí el abismo: ¿cómo iba a cuidar de ella si ni siquiera podía cuidar de mí misma?
Las siguientes horas fueron un torbellino. Mi madre vino a verme, pero no tocó a Lucía. “Esto no puede seguir así”, murmuró. Yo sólo lloraba. Cuando me quedé sola en la habitación, miré a mi hija dormida y pensé en todo lo que no podía darle: una casa propia, estabilidad, un padre…
Esa noche tomé la decisión más difícil de mi vida. Llamé a la enfermera y le pedí hablar con la trabajadora social. “No puedo llevármela”, susurré entre lágrimas. “No tengo nada para ofrecerle”. La mujer me miró con compasión, pero también con ese juicio silencioso que tanto temía.
Firmé los papeles con manos temblorosas. Me despedí de Lucía besando su frente suave, grabando su olor en mi memoria. Salí del hospital con el alma rota y el eco de su llanto persiguiéndome por los pasillos.
Volví a casa como un fantasma. Mi madre no preguntó nada; mi padre siguió ignorándome. Marta intentó ayudarme, pero yo ya era otra persona: una sombra de mí misma. Cada noche soñaba con Lucía: a veces reía conmigo en un parque; otras veces me miraba desde lejos, sin reconocerme.
Pasaron los años y nunca hablé del tema. Conseguí un trabajo como dependienta en una tienda del centro, alquilé un estudio diminuto y aprendí a sobrevivir. Pero la culpa nunca se fue. En Navidad veía familias reunidas y sentía un vacío insoportable. Una vez creí ver a Lucía —una niña de rizos oscuros y ojos grandes— en el Retiro. Me acerqué, pero era sólo una desconocida.
Un día recibí una carta del hospital: Lucía había sido adoptada por una familia de Valencia. Decían que estaba bien, que era feliz. Lloré durante horas, entre alivio y dolor.
Años después, cuando mi madre enfermó y tuve que cuidarla, me atreví a preguntarle:
—¿Alguna vez pensaste en Lucía?
Ella suspiró y por primera vez vi lágrimas en sus ojos:
—Cada día desde que te vi volver sola.
No sé si algún día podré perdonarme del todo. A veces pienso en buscar a Lucía, otras veces creo que es mejor dejarla vivir su vida sin mi sombra.
¿Hice lo correcto? ¿Puede una madre ser perdonada por abandonar a su hija? No busco excusas; sólo quiero saber si alguna vez podré dejar de escuchar el eco de esa cuna vacía.