Después de la muerte de mi padre, eché a su pareja: mi familia me odia, pero no me arrepiento

—¡No tienes derecho! —gritó Lucía, mi hermana, con los ojos llenos de lágrimas y rabia—. ¡Papá la quería! ¡No puedes echarla así!

Yo estaba de pie en el salón, con las manos temblorosas y la garganta seca. Carmen, la mujer que había compartido los últimos quince años con mi padre, recogía sus cosas en silencio. El reloj de pared marcaba las dos de la madrugada y la casa olía a flores marchitas y a café frío. Mi padre llevaba apenas tres días muerto y ya todo parecía desmoronarse.

—Esta casa es nuestra —dije, intentando mantener la voz firme—. Es lo que papá habría querido. Carmen… tú sabías que esto podía pasar.

Carmen levantó la mirada. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, me atravesaron como cuchillos. No dijo nada. Solo asintió, resignada, y siguió metiendo ropa en una bolsa de viaje. Mi hermano pequeño, Álvaro, se había encerrado en su habitación y no quería salir. Mi madre murió cuando yo tenía diez años; desde entonces, Carmen había sido una presencia constante pero nunca una madre para nosotros.

La noticia de la muerte de mi padre llegó un jueves por la tarde. Un infarto fulminante mientras paseaba por el Retiro. Cuando llegué al hospital, Carmen ya estaba allí, llorando desconsolada. Mis hermanos y yo nos abrazamos en silencio, pero algo en mí se rompió al ver cómo ella ocupaba el lugar que yo sentía que le correspondía a mi madre.

El funeral fue un desfile de caras conocidas y pésames vacíos. Carmen se mantuvo a mi lado todo el tiempo, como si buscara mi aprobación o mi perdón. Pero yo no podía dárselo. Recordaba demasiadas noches escuchando a mi padre y a Carmen discutir por dinero, por nosotros, por el pasado. Recordaba cómo ella había llegado a nuestra vida cuando aún no habíamos superado la muerte de mamá.

La discusión sobre la casa empezó al día siguiente del entierro. Lucía defendía a Carmen con uñas y dientes:

—Papá la amaba. No puedes tratarla como si fuera una extraña.

—No es cuestión de amor —le respondí—. Es cuestión de justicia. Esta casa es lo único que nos queda de papá… y de mamá.

Álvaro no decía nada. Solo miraba al suelo y apretaba los puños. Yo sabía que él también sentía ese resentimiento sordo hacia Carmen, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

Esa noche, mientras todos dormían, bajé al salón y encontré a Carmen sentada en el sofá, mirando una foto de mi padre.

—¿Por qué me odias tanto? —me preguntó sin mirarme.

Me quedé callado un momento antes de responder:

—No te odio. Pero nunca fuiste parte de esta familia. Al menos no para mí.

Ella suspiró y dejó la foto sobre la mesa.

—Tu padre me amó como supo hacerlo. Yo también sufrí su muerte. Pero tú solo ves lo que quieres ver.

No supe qué decirle. Me sentí pequeño, como cuando era niño y escuchaba a mis padres discutir desde detrás de la puerta.

Al día siguiente le pedí que se fuera. No hubo gritos ni escenas dramáticas; solo un silencio pesado y definitivo. Lucía me llamó monstruo. Álvaro me evitó durante semanas. Los amigos de mi padre dejaron de hablarme. Pero yo sentí un alivio extraño, como si por fin hubiera recuperado algo que me habían robado hace años.

Los días siguientes fueron un infierno. La familia se dividió en dos bandos: los que defendían a Carmen y los que me apoyaban a mí (pocos). Las comidas familiares se convirtieron en campos de batalla llenos de reproches y silencios incómodos.

Una tarde, Lucía vino a buscar unas cosas y me enfrentó en la cocina:

—¿De verdad crees que papá estaría orgulloso de ti? ¿De esto?

No supe qué responderle. Me limité a mirar por la ventana mientras ella recogía sus cosas entre sollozos.

La herencia fue otro campo minado. Papá no dejó testamento claro sobre Carmen; solo una carta ambigua en la que decía que esperaba que «fuéramos justos» con ella. ¿Qué significa ser justo cuando el dolor es tan grande? ¿Cómo se reparte una vida rota?

Carmen se fue a vivir con su hermana en Vallecas. No volvió a llamarnos ni a buscarnos. A veces me pregunto si hice lo correcto o si solo actué movido por el rencor acumulado durante años.

Hoy la casa está vacía y fría. Mis hermanos apenas me hablan y los recuerdos pesan más que nunca. A veces recorro los pasillos buscando alguna señal de papá o de mamá, pero solo encuentro silencio.

Me siento solo, pero no me arrepiento. Defendí lo poco que quedaba de mi familia, aunque eso significara perderla del todo.

¿Realmente alguien puede juzgar el corazón de quien queda cuando todo se derrumba? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?