Querida mamá: Carta desde el umbral de mi regreso
—¿Por qué vuelves ahora, Lucía? —La voz de mi madre retumba en el pasillo, tan fría como la brisa que se cuela por la ventana del salón. No he cruzado aún el umbral y ya siento el peso de los años, de las palabras no dichas y de los silencios que nos han separado.
Miro la puerta de madera, la misma que cerré con rabia hace siete años, cuando decidí marcharme a Madrid para vivir mi vida a mi manera. Recuerdo su mirada entonces, llena de decepción y miedo, y la mía, cargada de orgullo y ansias de libertad. Ahora, con la maleta en la mano y el corazón encogido, me pregunto si fue valentía o cobardía lo que me empujó a irme.
—He venido porque… porque no podía seguir huyendo —respondo, apenas un susurro. Mi madre me observa desde el marco de la puerta, su pelo recogido en un moño apretado y las manos cruzadas sobre el delantal. Detrás de ella, el reloj de pared marca las seis y media, como si el tiempo se hubiera detenido desde mi partida.
Mi hermana pequeña, Carmen, asoma la cabeza desde la cocina. Tiene ahora diecisiete años y una mirada que mezcla curiosidad y reproche. —¿Vas a quedarte mucho? —pregunta sin mirarme directamente. Siento una punzada en el pecho; me he perdido su adolescencia, sus secretos, sus primeras veces.
—No lo sé —respondo—. Solo quiero hablar con mamá.
El silencio se instala entre nosotras como un huésped incómodo. Mi madre da media vuelta y desaparece en el salón. Dejo la maleta en el recibidor y respiro hondo antes de seguirla. El olor a puchero me golpea con fuerza; es como si todo siguiera igual, pero nada lo fuera.
—¿Qué quieres decirme? —pregunta ella sin mirarme, sentada en su sillón favorito, ese que siempre olía a colonia Nenuco y a tardes de costura.
Me siento frente a ella, las manos temblorosas sobre las rodillas. —He estado pensando mucho en ti… en nosotras. Sé que te fallé cuando me fui. Pero necesitaba encontrarme, mamá. No podía seguir viviendo una vida que no era mía.
Ella aprieta los labios. —¿Y lo has conseguido? ¿Eres feliz?
La pregunta me desarma. ¿Soy feliz? He tenido momentos de alegría en Madrid: amigos nuevos, noches de risas, un trabajo que me apasiona… pero siempre ha habido un hueco, una herida abierta por la distancia y el rechazo.
—He aprendido mucho —digo al fin—. Pero me ha faltado tu abrazo.
Veo cómo sus ojos se humedecen, aunque enseguida parpadea para disimularlo. —Tú elegiste marcharte. Elegiste ese trabajo, esa vida… Y nunca entendí por qué te alejaste tanto de lo que te enseñé.
—Porque necesitaba ser yo misma —respondo con voz firme—. No quería casarme con Juan ni quedarme en Sevilla solo porque era lo esperado. Quería estudiar arte, viajar… vivir a mi manera.
Mi madre suspira profundamente. —Siempre fuiste distinta. Tu padre decía que eras como un pájaro: imposible de encerrar.
Un nudo se forma en mi garganta al recordar a papá, su risa fácil y su manera de mediar entre nosotras. Murió hace dos años y ni siquiera vine al entierro; no pude soportar la culpa ni la mirada de mi madre.
—Lo siento tanto… por no estar cuando papá se fue —digo entre lágrimas.
Ella me mira por fin, los ojos rojos y cansados. —Yo también lo sentí. Pero cada uno lleva su dolor como puede.
Carmen entra con una bandeja de café y galletas. Nos mira a las dos y se sienta a mi lado. —¿Por qué nunca me escribiste? —me pregunta en voz baja.
Saco del bolso una carta arrugada, escrita hace meses pero nunca enviada. La extiendo hacia mi madre.
—Quise decírtelo todo… pero no tuve valor —susurro.
Mi madre toma la carta con manos temblorosas y empieza a leer en silencio. Veo cómo sus labios se mueven al ritmo de mis palabras escritas: mis miedos, mis sueños, mi soledad en Madrid, mi deseo de reconciliación.
Cuando termina, deja la carta sobre la mesa y me mira largo rato. —No sé si podré perdonarte del todo… pero quiero intentarlo.
Carmen sonríe tímidamente y me toma la mano. Siento que algo se rompe dentro de mí; tal vez sea el muro que construí para protegerme del dolor.
Esa noche ceno con ellas por primera vez en años. Hablamos poco, pero compartimos silencios menos pesados. Antes de dormir, escucho a mi madre rezar bajito por todos nosotros, como hacía cuando era niña.
Al día siguiente salgo al patio y respiro el aire cálido de Sevilla. Miro las macetas llenas de geranios y pienso en todo lo perdido… y en lo que aún puedo recuperar.
¿Es posible reconstruir los puentes rotos por el orgullo y el miedo? ¿Cuántas cartas sin enviar guardamos en el corazón esperando ser leídas algún día?