Promesas rotas bajo el mismo techo: La historia de dos hermanas y una madre ausente
—¿Por qué siempre tienes que ser tú la que lo consigue todo, Lucía? —grité, con la voz quebrada, mientras el cuchillo temblaba en mi mano sobre la tabla de cortar. El olor a cebolla frita llenaba la cocina, pero lo único que podía oler era la rabia. Lucía me miró desde el umbral, con esa mezcla de compasión y superioridad que siempre me sacaba de quicio.
—No es culpa mía si mamá confía más en mí —respondió, cruzándose de brazos. Tenía diecisiete años y yo quince, pero en ese momento sentí que la distancia entre nosotras era un abismo imposible de salvar.
Nuestra madre, Carmen, apareció entonces, como si hubiera estado esperando el momento justo para intervenir. Pero en vez de mediar, se limitó a suspirar y salir al balcón a fumar, dejando tras de sí una estela de humo y silencio. Así era ella: presente en cuerpo, ausente en todo lo demás.
La promesa era sencilla: quien sacara las mejores notas podría elegir el destino de las vacaciones familiares. Yo había estudiado como nunca, sacrificando tardes enteras mientras Lucía salía con sus amigas o se encerraba en su cuarto a escuchar música. Pero cuando llegaron las notas, mamá apenas miró mi boletín. «Lucía tiene más carácter para decidir», dijo. Y así, una vez más, mi esfuerzo quedó enterrado bajo la alfombra del favoritismo.
Aquel verano fuimos a Santander porque Lucía lo quiso. Yo pasé los días mirando el mar con una mezcla de tristeza y resentimiento, preguntándome por qué mi madre no podía verme como veía a mi hermana. Lucía intentó acercarse varias veces, pero yo la rechazaba con frialdad. «No es contigo», quería decirle, «es con ella». Pero no supe cómo.
Los años pasaron y cada una tomó su camino. Lucía estudió Derecho en Madrid; yo me quedé en Valladolid, trabajando en una librería y cuidando a mamá cuando enfermó. La relación entre nosotras se volvió distante, casi cordial. Solo nos veíamos en Navidad o cuando mamá necesitaba algo.
Cuando Carmen murió, hace tres años, nos encontramos las dos solas en el piso familiar, rodeadas de cajas y recuerdos. El testamento fue otra herida: mamá había dejado la casa a repartir «según acuerdo entre las hijas». Ninguna de las dos quería discutir, pero el resentimiento flotaba en el aire como polvo en los rayos del sol.
—¿Te parece justo? —pregunté una tarde, sentadas en el salón vacío—. Siempre fuiste tú la que decidía todo.
Lucía bajó la mirada. Por primera vez vi en sus ojos algo parecido al cansancio.
—Tampoco fue fácil para mí —susurró—. Mamá me exigía ser perfecta porque tú eras la sensible. Yo solo quería que me quisiera igual que a ti.
Me quedé callada. Nunca lo había visto así. Siempre pensé que Lucía era la favorita, pero quizá solo era la que más necesitaba demostrar algo.
Ahora soy madre de dos niñas. Cada vez que discuten por algo pequeño —un juguete, un turno para elegir película— siento un nudo en el estómago. Me esfuerzo por no repetir los errores de Carmen: escucho a ambas, reparto abrazos por igual, intento no hacer promesas que no pueda cumplir.
Pero hay días en los que el pasado vuelve como un eco: cuando mi hija mayor me mira con reproche porque he felicitado a la pequeña por un dibujo; cuando me descubro pensando «ella es más fuerte» o «ella necesita más ayuda». Entonces recuerdo aquella cocina, el olor a cebolla y el cuchillo temblando en mi mano.
La última vez que vi a Lucía fue hace seis meses. Nos encontramos en un café del centro de Valladolid. Hablamos poco; ella tenía prisa y yo demasiadas cosas guardadas dentro.
—¿Alguna vez crees que podríamos perdonarla? —le pregunté antes de despedirnos.
Lucía sonrió tristemente.
—No lo sé. Pero quizá podamos perdonarnos entre nosotras primero.
Desde entonces, pienso mucho en esa frase. ¿Cuántas familias viven bajo la sombra de promesas rotas y silencios heredados? ¿Cuántos hijos crecen creyendo que no son suficientes porque sus padres no supieron mirarles de verdad?
A veces me pregunto si algún día podré dejar atrás el peso del pasado y construir algo distinto para mis hijas. ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que las heridas familiares os persiguen incluso cuando intentáis hacer las cosas bien?