Cuando el amor se convierte en rutina: la historia de Lucía y Álvaro

—Lucía, no puedo más. No quiero seguir viviendo así —dijo Álvaro, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo.

Sentí que el aire se volvía denso, irrespirable. Sostenía mi taza de té como si fuera un salvavidas, pero mis manos temblaban tanto que el líquido se derramó sobre la encimera. No entendía nada. ¿Así, de repente? ¿Después de diecisiete años juntos?

—¿Así? ¿Sin más? —mi voz sonó hueca, como si no fuera mía.

Él suspiró, cansado, y se acercó un poco más. Su cara me resultaba extraña, como si alguien hubiera cambiado a mi marido por un desconocido durante la noche.

—No es de repente, Lucía. Hace tiempo que lo siento. Me paso los días sintiéndome como un niño al que le dicen lo que tiene que hacer. No quiero una madre, quiero una esposa.

Las palabras me golpearon como un bofetón. Recordé todas las veces que le pregunté si había sacado la basura, si había llamado al fontanero, si había recogido a Paula del conservatorio. ¿Eso era ser una madre? ¿No era simplemente cuidar de nuestra familia?

Me apoyé en la encimera para no caerme. Álvaro me miraba con una mezcla de tristeza y resignación.

—¿Y qué quieres que haga? —pregunté al borde del llanto—. ¿Que deje todo y me olvide de lo que hace falta en casa? ¿Que finja que nada importa?

Él negó con la cabeza.

—No lo entiendes… No quiero que dejes de cuidar, pero echo de menos a la Lucía que reía conmigo, que salía a tomar algo sin preocuparse por la hora. Echo de menos sentirme importante para ti, no solo útil.

Me quedé callada. No supe qué decir. ¿En qué momento nos habíamos perdido? ¿Cuándo dejamos de ser pareja para convertirnos en compañeros de piso?

Esa noche dormimos en habitaciones separadas. Paula, nuestra hija adolescente, me miró preocupada al día siguiente mientras desayunaba en silencio.

—¿Mamá, habéis discutido? —preguntó con esa mezcla de miedo y curiosidad tan propia de los quince años.

Le sonreí como pude.

—No te preocupes, cariño. Son cosas de mayores.

Pero por dentro me sentía vacía. Durante días, Álvaro y yo apenas nos dirigimos la palabra. Él llegaba tarde del trabajo, yo me refugiaba en las tareas del hogar y en las conversaciones triviales con mi hermana Carmen por WhatsApp.

Un sábado por la tarde, Carmen vino a casa. Se sentó conmigo en el sofá mientras Paula estaba en su habitación con los cascos puestos.

—Lucía, tienes que hablar con él —me dijo—. No podéis seguir así.

Me eché a llorar. Carmen me abrazó fuerte.

—¿Y si ya no me quiere? —susurré entre sollozos.

—No digas tonterías. Pero tampoco puedes vivir solo para los demás. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo para ti?

No supe responderle. Había olvidado cómo era pensar en mí misma.

Esa noche esperé a que Álvaro llegara. Cuando entró por la puerta, le pedí que se sentara conmigo en el salón.

—Tenemos que hablar —dije con voz firme, aunque por dentro temblaba.

Él asintió y se sentó a mi lado. Por un momento volvimos a ser aquellos jóvenes que soñaban con recorrer Europa en Interrail.

—No quiero perderte —le confesé—. Pero tampoco sé cómo volver a ser esa Lucía de antes.

Álvaro me tomó la mano.

—Yo tampoco soy el mismo. El trabajo me agobia, la casa me pesa… Pero echo de menos sentirnos equipo.

Hablamos durante horas. Lloramos, nos reprochamos cosas, nos reímos recordando anécdotas absurdas del pasado. Decidimos buscar ayuda: fuimos juntos a una terapeuta de pareja del centro de salud del barrio.

Las primeras sesiones fueron duras. Salían reproches antiguos, heridas mal cerradas. Pero poco a poco aprendimos a escucharnos sin juzgar. Descubrí que yo había dejado de verme como mujer para convertirme solo en madre y ama de casa; él había dejado de compartir sus miedos conmigo por miedo a decepcionarme.

Hubo días malos: discusiones por tonterías, silencios incómodos en la mesa del comedor, miradas tristes de Paula cuando nos veía distantes. Pero también hubo pequeños avances: una tarde salimos los tres al Retiro y nos reímos como hacía años; otra noche Álvaro cocinó su famosa tortilla de patatas y bailamos juntos en la cocina mientras Paula grababa vídeos para TikTok.

Un día, mientras doblaba ropa en el salón, Paula se sentó a mi lado y me abrazó sin decir nada. Sentí que algo se recomponía dentro de mí.

Hoy no puedo decir que todo esté solucionado. Seguimos aprendiendo a ser pareja y familia al mismo tiempo. He vuelto a quedar con mis amigas del instituto una vez al mes; Álvaro ha empezado a salir a correr los domingos con un grupo del barrio; Paula sonríe más y nos cuenta sus cosas sin miedo a vernos discutir.

A veces me pregunto si el amor verdadero es ese que sobrevive a las crisis o el que sabe reinventarse cuando todo parece perdido. ¿Cuántas parejas conocéis que hayan pasado por algo así? ¿Es posible volver a enamorarse después de tanto dolor?