El ascenso que destrozó mi familia: La historia de Carmen Sánchez

—¿De verdad vas a quedarte hasta tan tarde otra vez, Carmen?— La voz de mi marido, Luis, retumbó en el pasillo mientras yo me ataba los zapatos con manos temblorosas. No respondí. Miré el reloj: las ocho y media de la mañana. Sabía que no volvería antes de las diez de la noche. Otra vez.

En el ascensor, mi móvil vibró. Un mensaje de mi jefe, Don Ramón: “Hoy es el día. No me falles.” Sentí un nudo en el estómago. Llevaba meses trabajando horas extra, sacrificando cenas familiares y cumpleaños de mis hijos, todo por ese ascenso en la consultora más prestigiosa de Madrid. El puesto de directora de proyectos era mío… si hoy no cometía ningún error.

Al llegar a la oficina, saludé a Marta, mi compañera y amiga desde la universidad. Su sonrisa era forzada. Había notado su distancia desde que ambas competíamos por el mismo puesto. —Suerte hoy— murmuró sin mirarme a los ojos. Quise decirle que nuestra amistad valía más que cualquier ascenso, pero las palabras se ahogaron en mi garganta.

La mañana pasó entre reuniones tensas y llamadas interminables. A las doce, recibí una llamada de mi madre: —Carmen, tu padre está peor. ¿Vas a venir al hospital?— Cerré los ojos, sintiendo la culpa como un peso insoportable. —No puedo, mamá. Hoy es un día importante en el trabajo.— El silencio al otro lado fue más doloroso que cualquier reproche.

A las tres, Don Ramón me llamó a su despacho. —Carmen, necesito que prepares la presentación para el consejo. Marta también lo hará. Solo una puede quedarse con el puesto.— Sentí cómo mi corazón latía desbocado. Salí del despacho y vi a Marta sentada frente a su ordenador, con lágrimas en los ojos.

—¿De verdad quieres esto?— me preguntó ella en voz baja cuando pasé a su lado. —¿Vale la pena perderlo todo por un título?—

No supe qué responderle. Me encerré en una sala de reuniones y trabajé sin descanso durante horas. Cada diapositiva era una batalla interna: ¿estaba traicionando a Marta? ¿A mi familia? ¿A mí misma?

A las siete de la tarde, terminé la presentación. Salí al pasillo y vi a Marta hablando por teléfono, llorando desconsolada. Escuché sin querer: —Mamá, no puedo más… Carmen va a ganar.— Sentí una punzada de culpa tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared para no caerme.

La reunión con el consejo fue un éxito rotundo. Don Ramón me felicitó delante de todos: —Enhorabuena, Carmen. Eres la nueva directora de proyectos.— Los aplausos llenaron la sala, pero yo solo sentía un vacío inmenso.

Al salir del edificio, llamé a Luis para contarle la noticia. Su voz sonó fría: —¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir llegando tarde todos los días? Los niños te echan de menos… y yo también.— Colgó antes de que pudiera responder.

Esa noche llegué a casa y encontré a mis hijos dormidos en el sofá, abrazados al peluche que les regalé cuando empecé en la empresa. Luis estaba en la cocina, con la mirada perdida en una taza de café frío.

—¿Merece la pena todo esto, Carmen?— preguntó sin mirarme.— Has perdido a tu amiga, te alejas cada día más de tus hijos… Tu padre está en el hospital y ni siquiera has ido a verle.—

Me derrumbé. Lloré como no lo hacía desde niña. El éxito profesional que tanto había perseguido se sentía ahora como una losa sobre mi pecho.

Pasaron los días y la distancia con mi familia creció. Marta dejó la empresa sin despedirse de mí. Mi madre apenas me hablaba. Luis dormía en el sofá cada vez con más frecuencia.

Un domingo por la tarde, fui al hospital a ver a mi padre. Estaba débil, pero al verme sonrió con tristeza.

—Hija… ¿Eres feliz?—

No supe qué decirle. Me senté a su lado y le cogí la mano.

Ahora, mientras escribo estas líneas desde mi despacho vacío un viernes por la noche, me pregunto: ¿De qué sirve llegar tan alto si al final te quedas sola? ¿Cuántos sacrificios son demasiados para alcanzar el éxito?

¿Vosotros qué pensáis? ¿Vale la pena sacrificarlo todo por una carrera profesional?