Entre las paredes de mi infancia: vivir con mi madre mayor y sentirme atrapada

—¿Otra vez llegas tarde, Carmen?— La voz de mi madre retumba en el pasillo, áspera y cansada. Dejo las llaves sobre la mesa, respiro hondo y me preparo para la rutina: explicaciones, reproches, silencios largos. Son las ocho y media de la tarde. Vengo del supermercado, cargada con bolsas y con el peso invisible de los años que llevo aquí, en este piso de Lavapiés que huele a café recalentado y a recuerdos que no se van.

Me llamo Carmen, tengo 43 años y vivo con mi madre, Rosario. Hace seis años que mi padre murió y desde entonces, la casa se ha ido encogiendo. Al principio pensé que sería temporal, que podría ayudarla a superar el duelo y después volvería a mi vida. Pero la vida se fue quedando aquí conmigo, entre estas paredes.

—¿Has comprado las galletas María?— pregunta mi madre desde el sofá, sin mirarme.

—Sí, mamá. Y también el pan integral que te gusta.

No hay agradecimiento. Solo un suspiro resignado. Me siento en la mesa de la cocina y miro el móvil: mensajes de amigas que ya no veo, invitaciones a cenas que siempre rechazo. A veces me pregunto si ellas piensan en mí o si ya soy solo un recuerdo borroso de los años universitarios.

Mi madre tiene 78 años. Es una mujer fuerte, acostumbrada a mandar y a no pedir perdón. Desde que la artrosis le impide moverse con soltura, su carácter se ha agriado. Yo intento entenderla, pero hay días en los que solo siento rabia. Rabia por no haberme ido cuando pude, por no haber formado mi propia familia, por no tener hijos ni pareja ni un espacio propio donde respirar.

El teléfono suena. Es mi hermano Luis, que vive en Valencia y llama una vez al mes para preguntar cómo va todo.

—¿Qué tal está mamá?— pregunta sin rodeos.

—Igual que siempre. Hoy le dolía la pierna y ha estado de mal humor.

—Bueno, ya sabes cómo es. ¿Necesitas algo?

Quiero gritarle que sí, que necesito ayuda, que necesito que venga aunque sea un fin de semana para darme un respiro. Pero solo digo:

—No, tranquilo. Todo controlado.

Cuelgo y me siento más sola que nunca. Mi madre me mira desde el salón.

—¿Era tu hermano?—

—Sí.

—Siempre tan ocupado…

Me muerdo la lengua para no decirle que yo también estoy ocupada, que trabajo ocho horas al día en una gestoría donde nadie sabe nada de mi vida privada porque nunca hablo de ella. Que llego a casa cansada y lo único que quiero es silencio, pero aquí nunca hay silencio. Solo la televisión encendida y las mismas historias repetidas una y otra vez.

A veces sueño con irme. Imagino un piso pequeño en Malasaña, con plantas en el balcón y una mesa para escribir. Imagino despertarme sin tener que preparar medicinas ni discutir por el mando a distancia. Pero luego me despierto y escucho la tos de mi madre al otro lado del pasillo y siento culpa. Culpa por querer vivir mi vida cuando ella me necesita.

Una noche, después de una discusión absurda por el color de las cortinas, me encierro en el baño y lloro en silencio. Me miro al espejo y apenas me reconozco: ojeras profundas, el pelo recogido deprisa, la piel cansada. ¿Cuándo dejé de ser yo?

Al día siguiente, en el trabajo, mi compañera Ana me pregunta si quiero ir al cine el viernes.

—No puedo —respondo sin pensar—. Tengo que cuidar de mi madre.

Ella asiente con lástima y cambia de tema. Nadie insiste ya. Nadie pregunta si estoy bien.

Por las noches, cuando mi madre duerme, salgo al balcón a fumar un cigarro a escondidas. Miro las luces de Madrid y me pregunto si alguien más se siente tan atrapada como yo. Si hay otras hijas —o hijos— que han dejado pasar los años cuidando de sus padres mientras su propia vida se desvanece poco a poco.

Un domingo por la tarde, mientras preparo la merienda, mi madre me mira fijamente:

—¿Tú eres feliz aquí conmigo?

La pregunta me desarma. No sé qué decirle. Ella baja la mirada y añade:

—A veces pienso que te he robado la vida.

Me acerco y le cojo la mano. Siento ternura y tristeza al mismo tiempo.

—No digas eso, mamá…

Pero ambas sabemos que no es del todo mentira.

Esa noche llamo a Luis y le pido ayuda por primera vez:

—Necesito que vengas unos días. Necesito descansar.

Él duda unos segundos antes de responder:

—Vale, Carmen. Lo organizo para el mes que viene.

Cuelgo sintiéndome egoísta pero también aliviada. Quizá sea el primer paso para recuperar algo de mí misma.

Me tumbo en la cama y pienso en todas las mujeres como yo: hijas atrapadas entre el deber y el deseo de libertad. ¿Hasta cuándo tenemos que elegir entre cuidar a quienes amamos y cuidarnos a nosotras mismas? ¿Es posible encontrar un equilibrio sin sentirnos culpables?

¿Vosotros también os sentís así? ¿Cómo lo habéis afrontado? Porque yo aún no tengo todas las respuestas.