Cuando el dolor supera la alegría: El día que mi marido me falló en el parto
—¿Otra vez llorando, Lucía? ¿No puedes hacer un esfuerzo y dejar de quejarte? —La voz de Dario retumbó en la habitación del hospital, fría y cortante como una navaja. Yo estaba tumbada, sudorosa, con las contracciones desgarrando mi cuerpo y el miedo apretándome el pecho. Era el 14 de marzo, en pleno Madrid, y afuera llovía como si el cielo también estuviera a punto de romperse.
No era la primera vez que Dario me hablaba así, pero nunca imaginé que lo haría en ese momento. Mi madre, sentada en una esquina, me miraba con los ojos llenos de lágrimas contenidas. El reloj marcaba las tres de la madrugada y yo llevaba ya doce horas de parto. Cada vez que intentaba agarrar la mano de Dario, él la retiraba con fastidio.
—No sé por qué te pones así, si todas las mujeres pasan por esto —añadió él, mirando su móvil como si nada importante estuviera ocurriendo.
Sentí una punzada más fuerte que cualquier contracción. No era física: era el dolor de darme cuenta de que estaba sola en el momento más vulnerable de mi vida. Recordé entonces a mi abuela Carmen, que siempre decía: “En los momentos difíciles se ve quién te quiere de verdad”.
La matrona entró y me animó a empujar. Grité, no sólo por el dolor físico, sino por la rabia y la tristeza que me ahogaban. Cuando por fin escuché el llanto de mi hijo, sentí una mezcla de alivio y vacío. Dario ni siquiera se levantó para ver al bebé; sólo murmuró: “Bueno, ya está”.
Las horas siguientes fueron un desfile de visitas: mi hermana Marta llegó con flores, mi padre con lágrimas en los ojos. Todos se desvivían por ayudarme, menos él. Cuando me quedé a solas con Dario, intenté hablar.
—¿Por qué me tratas así? ¿No ves que necesito tu apoyo?
Él suspiró, molesto:
—Estás exagerando todo como siempre. No es para tanto. Deberías ser más fuerte.
Me quedé muda. ¿Más fuerte? ¿Acaso no lo estaba siendo ya? ¿No era suficiente soportar el dolor físico y emocional sin su ayuda?
Esa noche no dormí. Miraba a mi hijo dormir en la cuna del hospital y sentía una mezcla de amor inmenso y miedo. ¿Qué clase de familia le estaba dando? ¿Qué ejemplo le daría si permitía que su padre me tratara así?
Al día siguiente, cuando volví a casa, todo parecía igual pero yo ya no era la misma. Mi madre me ayudaba con el bebé mientras Dario se encerraba en su despacho a trabajar. Las discusiones se hicieron más frecuentes.
—No puedo con esto sola —le dije una tarde mientras intentaba calmar al niño que lloraba sin parar.
—Pues búscate ayuda —respondió él sin mirarme siquiera.
Empecé a sentirme invisible. Mi autoestima se desmoronaba cada día un poco más. Empecé a evitar mirarme al espejo porque no reconocía a la mujer agotada y triste que me devolvía la mirada.
Una noche, después de una discusión especialmente dura, llamé a Marta.
—No puedo más —le confesé entre sollozos—. Siento que me estoy perdiendo a mí misma.
Ella vino enseguida. Me abrazó fuerte y me dijo:
—Lucía, no tienes por qué aguantar esto. Eres fuerte y vales mucho más de lo que crees.
Sus palabras fueron como un bálsamo. Empecé a ir a terapia y poco a poco recuperé fuerzas. Aprendí a poner límites, a decir «no» sin sentirme culpable. Un día, mientras Dario gritaba porque la comida no estaba lista, le miré a los ojos y le dije:
—No voy a permitir que me hables así nunca más.
Él se quedó callado, sorprendido por mi firmeza. Por primera vez en años sentí que tenía el control sobre mi vida.
No fue fácil. Hubo días en los que quise rendirme, en los que el miedo al qué dirán o al futuro me paralizaba. Pero cada vez que miraba a mi hijo, recordaba por qué tenía que seguir luchando.
Con el tiempo, Dario empezó a cambiar. No sé si fue por miedo a perderme o porque realmente entendió el daño que me había hecho. Empezó a ayudar más en casa, a preguntarme cómo me sentía, a escucharme sin juzgarme. Nuestra relación no volvió a ser la misma, pero yo tampoco era la misma mujer.
Hoy miro atrás y me doy cuenta de todo lo que he crecido. El parto fue sólo el principio de una batalla mucho mayor: la de recuperar mi dignidad y aprender a quererme.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres pasan por esto en silencio? ¿Cuántas veces dejamos que nos hagan daño porque creemos que es lo normal? Yo ya no guardo silencio. ¿Y tú? ¿Te atreverías a romperlo?