¿Soy una mala madre por echar a mi hijo y su esposa de casa?
—¡No puedo más, Alejandro! ¡No puedo más! —grité, con la voz rota y las manos temblando sobre la mesa del salón. El reloj marcaba las once de la noche y la televisión seguía encendida, ignorando el drama que se desataba en mi pequeño piso de Carabanchel.
Alejandro me miró con los ojos muy abiertos, como si no entendiera nada. Lucía, su esposa, se quedó petrificada en el pasillo, abrazando una bolsa del supermercado. El olor a tortilla de patatas quemada flotaba en el aire, testigo mudo de otra cena arruinada por los gritos.
—Mamá, solo te pedimos un poco más de tiempo… —susurró Alejandro, bajando la mirada.
—¿Más tiempo? ¡Han pasado tres años! Dijisteis que serían unas semanas, unos meses como mucho. ¿Sabes cuántas veces he escuchado esa promesa? —sentí las lágrimas arderme en los ojos, pero no iba a dejar que me vieran llorar otra vez.
Lucía dejó caer la bolsa al suelo. Las naranjas rodaron hasta mis pies. —No es tan fácil encontrar trabajo ahora, Carmen. Tú lo sabes. Con la crisis y todo…
—¡No me vengáis con excusas! —interrumpí, golpeando la mesa—. Yo también pasé por crisis. Cuando tu padre se fue, me quedé sola con dos niños y un sueldo de limpiadora. ¿Y sabéis qué hice? Me busqué la vida. No me quedé esperando a que alguien me resolviera los problemas.
El silencio se hizo espeso. Podía oír el tic-tac del reloj y el zumbido del frigorífico. Alejandro apretó los puños. Lucía se agachó para recoger las naranjas, pero sus manos temblaban tanto como las mías.
—Mamá… —empezó Alejandro, pero le corté.
—No. Ya está bien. Mañana quiero que os vayáis. Os lleváis vuestras cosas y me devolvéis las llaves. Necesito mi casa para mí. Necesito respirar.
Salí del salón antes de que pudieran responder. Me encerré en mi habitación y apoyé la espalda contra la puerta. Sentí que el mundo se me venía encima. ¿Qué clase de madre echa a su propio hijo a la calle?
Esa noche no dormí. Escuché susurros en el pasillo, pasos suaves, el crujido de las maletas al ser llenadas a toda prisa. Recordé cuando Alejandro era pequeño y venía corriendo a mi cama después de una pesadilla. «Mamá, tengo miedo», decía. Y yo lo abrazaba fuerte, prometiéndole que nada malo le pasaría mientras yo estuviera cerca.
Ahora era yo la que tenía miedo. Miedo a quedarme sola, miedo a haberme equivocado, miedo a perderlo para siempre.
Por la mañana, encontré la casa en silencio. Solo quedaban dos tazas sucias en el fregadero y un sobre encima de la mesa: «Gracias por todo, mamá». No había más palabras.
Me senté en el sofá y lloré como hacía años que no lloraba. Lloré por mi hijo, por Lucía, por mí misma y por todas las madres que alguna vez han tenido que elegir entre ayudar y dejar ir.
Los días siguientes fueron un infierno de dudas y remordimientos. Mi hermana Pilar vino a verme.
—Carmen, hiciste lo correcto —me dijo mientras me servía un café—. Alejandro tiene treinta años, Lucía veintiocho. Ya era hora de que volaran solos.
—Pero… ¿y si no pueden? ¿Y si les pasa algo? —pregunté con voz ahogada.
—Tienen que aprender —insistió Pilar—. Si no les pones límites ahora, nunca lo harán.
Las palabras de mi hermana resonaban en mi cabeza mientras limpiaba la casa vacía. Cada rincón me recordaba a ellos: las zapatillas de Alejandro junto al radiador, el perfume barato de Lucía en el baño, las risas apagadas detrás de la puerta cerrada.
Una tarde recibí una llamada inesperada.
—Mamá… —era Alejandro—. Solo quería decirte que estamos bien. Hemos encontrado un estudio pequeño en Vallecas. No es gran cosa, pero… estamos juntos.
Sentí un nudo en la garganta.
—Me alegro mucho, hijo —logré decir—. Sabes que siempre podéis contar conmigo… pero desde vuestra casa.
Escuché una risa nerviosa al otro lado del teléfono.
—Lo sé, mamá. Gracias… por todo. Creo que necesitábamos este empujón.
Colgué y me quedé mirando por la ventana cómo caía la lluvia sobre los tejados grises de Madrid. Por primera vez en mucho tiempo sentí algo parecido a la paz.
Pero las dudas siguen ahí, agazapadas en cada rincón vacío de mi piso:
¿He sido una mala madre por echarlos? ¿O les he dado por fin la oportunidad de ser adultos? ¿Cuándo es el momento adecuado para dejar ir a los hijos? ¿Alguna vez se deja realmente de ser madre?