Un clic que removió mi pasado: El reencuentro de los que nunca se despidieron

—¿Por qué ahora? —me pregunté, con el móvil temblando entre mis manos. La notificación seguía ahí: “Has sido invitada al grupo: Antiguos Alumnos 1986”. No era la primera vez que alguien intentaba reunirnos, pero esta vez, algo me empujó a aceptar. Quizás fue la nostalgia, o tal vez las ganas de sentirme, aunque fuera por un instante, aquella chica de diecisiete años que creía que todo era posible.

Entré en el grupo y las fotos comenzaron a aparecer una tras otra. Caras conocidas, algunas irreconocibles por los años, bromas sobre las pintas ochenteras, mensajes llenos de emojis y risas escritas. Pero entonces, entre todas esas imágenes pixeladas, apareció él: Luis. Mi corazón se detuvo. Su sonrisa seguía igual, aunque el pelo canoso y las arrugas en los ojos delataban el paso del tiempo. No había vuelto a saber de él desde aquella tarde en la estación de Atocha, cuando me juró que volvería y yo, cobarde, no fui capaz de decirle la verdad.

—Mamá, ¿estás bien? —la voz de mi hija Paula me sacó del trance.
—Sí, cariño. Solo estoy viendo unas fotos viejas —mentí, cerrando el móvil con rapidez.

Pero no podía dejar de pensar en Luis. Recordé aquel verano del 86 en Madrid, cuando todo parecía girar a nuestro alrededor. Éramos inseparables: él, con su guitarra y sus sueños de ser músico; yo, con mis cuadernos llenos de poemas y miedos heredados de una familia rota. Mi madre siempre decía que los sueños no daban de comer y que debía centrarme en los estudios. Luis era mi refugio, mi locura y mi esperanza.

—¿Te acuerdas de cuando nos colamos en el Retiro para ver amanecer? —me escribió Ana en el chat del grupo.
—Claro —respondí—. Y de cómo casi nos pilla el guardia.

Las conversaciones fluían y la gente proponía una quedada en Madrid. Yo dudaba. No quería remover el pasado, pero tampoco podía evitarlo. Esa noche no dormí. Me levanté varias veces para mirar la foto de Luis. ¿Seguiría siendo el mismo? ¿Habría cumplido sus sueños?

Al día siguiente, recibí un mensaje privado.

—Hola, Carmen. ¿Te acuerdas de mí? —era Luis.

Sentí un vuelco en el estómago. Dudé antes de responder.

—Claro que sí. ¿Cómo estás?

—Bien… Bueno, sobreviviendo. Me alegra verte después de tantos años.

Las palabras eran sencillas, pero sentí que había algo más detrás. Empezamos a hablar cada noche. Me contó que se había casado joven, que tenía dos hijos y que la música quedó relegada a un hobby porque la vida le obligó a buscar un trabajo estable en una oficina gris del centro. Yo le hablé de mi divorcio, de Paula y de cómo la poesía seguía siendo mi refugio secreto.

Una tarde, mientras preparaba la cena, Paula me preguntó:

—Mamá, ¿por qué sonríes tanto últimamente?

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que el pasado puede volver a doler y a ilusionar al mismo tiempo?

El día del reencuentro llegó antes de lo esperado. Nos citamos en una terraza cerca del Prado. Al verle acercarse, sentí que el tiempo se doblaba sobre sí mismo. Nos abrazamos torpemente.

—Sigues oliendo a jazmín —me susurró al oído.

Reí nerviosa.

La tarde transcurrió entre recuerdos y silencios incómodos. Ana y Paco bromeaban sobre nuestras travesuras adolescentes, pero yo solo podía mirar a Luis e imaginar cómo habría sido nuestra vida si aquel día le hubiera contado la verdad: que estaba embarazada y que mi madre me obligó a abortar porque “no era momento para escándalos”.

Cuando la reunión terminó, Luis me acompañó hasta el metro.

—Carmen… —dudó—. Siempre sentí que te fuiste sin despedirte de verdad.

Me detuve bajo la luz anaranjada de una farola.

—No fui valiente —admití—. Tenía miedo… y muchas cosas que no supe decirte.

Él me miró con ternura y tristeza.

—¿Y ahora?

No supe responderle. Nos abrazamos largo rato y sentí cómo las lágrimas caían sin remedio.

Esa noche escribí un poema para él y lo guardé en mi cuaderno azul, el mismo donde años atrás escribía nuestros nombres entrelazados con corazones torpes.

Desde entonces hablamos a menudo, pero ambos sabemos que hay heridas que nunca sanan del todo y secretos que pesan más con los años. A veces pienso en lo diferente que habría sido mi vida si hubiera tenido el valor de enfrentarme a mi madre o si Luis hubiera insistido más aquel día en Atocha.

Ahora miro a Paula y me pregunto si algún día tendré el valor de contarle toda la verdad sobre aquel verano del 86.

¿Debería hacerlo? ¿O hay recuerdos que es mejor dejar dormir bajo llave? ¿Vosotros qué haríais si fuerais yo?