Nunca fui suficiente para Álvaro: Amor, prejuicios y la herida del origen

—¿De verdad vas a traerla a la cena del sábado? —escuché la voz cortante de doña Carmen, la madre de Álvaro, desde el pasillo. Me escondí tras la puerta del salón, con el corazón en un puño.

—Mamá, te pido que la trates bien. Lucía es importante para mí —respondió Álvaro, con ese tono sereno que siempre usaba para calmar tormentas.

Pero yo ya sabía que no habría calma. Desde que empecé a salir con Álvaro, sentí que su mundo y el mío hablaban idiomas distintos. Él, hijo de abogados y nieto de médicos, acostumbrado a veranear en la costa de Cádiz y a esquiar en Baqueira. Yo, hija de un albañil y una costurera de un pueblo perdido en Jaén, criada entre el olor a aceite de oliva y el eco de las campanas de la iglesia.

La primera vez que me senté a su mesa, los cubiertos brillaban más que mis zapatos nuevos. Doña Carmen me preguntó, con una sonrisa afilada:

—¿Y tus padres a qué se dedican, Lucía?

—Mi padre trabaja en la obra y mi madre cose para una tienda del pueblo —contesté, tragando saliva.

—Qué bonito —dijo ella, pero sus ojos decían otra cosa.

Álvaro me apretó la mano bajo la mesa. Yo sonreí, pero por dentro sentía que me desmoronaba. Cada vez que hablaban de viajes o de universidades privadas, yo callaba. No quería que notaran mi acento andaluz, ese que tanto me costó suavizar cuando llegué a Madrid para estudiar Magisterio. Pero siempre se escapaba alguna palabra, algún deje que delataba mi origen.

Las semanas pasaron y el amor con Álvaro crecía, pero también mi inseguridad. Su hermana Marta me miraba por encima del hombro y soltaba comentarios como:

—¿No te parece raro vivir en un piso compartido a tu edad?

O su padre, don Enrique, que apenas me dirigía la palabra y cuando lo hacía era para preguntarme si ya había encontrado «un trabajo estable».

Una noche, después de una discusión familiar en la que defendí mi derecho a soñar con ser profesora aunque no tuviera contactos ni apellidos ilustres, Álvaro me abrazó fuerte en la terraza.

—No les hagas caso. Yo te quiero por cómo eres —me susurró al oído.

Pero yo no podía evitar sentirme pequeña. ¿Cómo competir con las novias anteriores de Álvaro? Todas ellas eran hijas de empresarios o médicos, chicas que sabían qué tenedor usar para el pescado y hablaban inglés sin acento. Yo era la chica del sur, la que nunca había salido de España hasta los veinte años y que aún mandaba dinero a casa cada mes.

El día que cumplí veintisiete años, mi madre vino a visitarme a Madrid. Quise presentarla a los padres de Álvaro. Fue un desastre. Mi madre llegó con una tarta casera y un vestido sencillo. Doña Carmen apenas le dio dos besos y enseguida se excusó para irse a «preparar el café». Durante la merienda, Marta preguntó:

—¿Y usted nunca pensó en mudarse a Madrid?

Mi madre sonrió tímida:

—No hija, yo soy de pueblo y allí tengo mi vida.

Sentí vergüenza. Vergüenza por mi madre, por mí misma, por no encajar nunca en ese salón lleno de cuadros caros y muebles antiguos.

Esa noche discutí con Álvaro. Le dije que no podía más, que su familia nunca me aceptaría. Él me pidió paciencia, pero yo ya estaba cansada de ser «la diferente».

Pasaron los meses y la presión aumentó. Un día encontré a doña Carmen hablando con Álvaro en voz baja:

—Hijo, piénsalo bien. Esa chica no es para ti. No tiene nuestro nivel ni nuestra educación. ¿Qué dirán en el club?

Me fui sin hacer ruido, pero esa frase se me clavó como una espina.

Empecé a dudar de todo: de mi relación, de mi valor, incluso de mis sueños. ¿Era justo luchar tanto por alguien que debía defenderme ante los suyos? ¿Por qué el amor tenía que ser tan difícil?

Una tarde lluviosa decidí marcharme. Hablé con Álvaro en nuestro café favorito:

—No puedo seguir así. Me duele sentirme siempre menos. No quiero que tengas que elegir entre tu familia y yo.

Él lloró. Yo también. Nos abrazamos largo rato y prometimos no olvidarnos nunca.

Volví a Jaén unos meses después. Mi madre me recibió con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos.

—Hija, tú vales mucho más de lo que piensas —me dijo mientras me acariciaba el pelo.

Ahora trabajo como profesora en mi pueblo y ayudo a niñas como yo a soñar sin miedo al qué dirán. A veces pienso en Álvaro y me pregunto si fue cobarde o simplemente realista al dejarme ir.

¿De verdad el amor puede sobrevivir cuando el mundo te recuerda cada día que no eres suficiente? ¿Cuántas Lucías hay en España luchando contra prejuicios invisibles?