La mentira que rompió el silencio
—¿De verdad crees que soy tonta, Álvaro? —La voz de Patricia temblaba, pero no de miedo, sino de rabia contenida. El reloj de la cocina marcaba las dos y media de la madrugada. Fuera, la lluvia golpeaba los cristales del piso en Lavapiés como si quisiera entrar y ser testigo del desastre.
Álvaro se pasó la mano por el pelo, nervioso. —Patri, no es lo que piensas…
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Una broma? ¿Un experimento social? —Patricia apretó los puños. La cafetera italiana seguía sobre la encimera, olvidada desde la cena. El aroma a café frío flotaba en el aire, mezclado con el olor a tormenta.
Seis años de matrimonio. Seis años de rutinas: los domingos en casa de la madre de Álvaro en Vallecas, las vacaciones en la playa de Sanlúcar, las discusiones por quién bajaba la basura. Y ahora esto.
—Mira, Patri… —Álvaro buscó las palabras como quien busca las llaves en un bolso lleno de trastos—. Yo… sólo quería que entendieras lo mal que me siento con todo esto del divorcio. Que vieras que… que no soy el malo aquí.
Patricia soltó una carcajada amarga. —¿Y por eso te acuestas con tu mejor amigo? ¿Para darme una lección? ¿O para hacerme daño?
El silencio se hizo espeso. Álvaro bajó la mirada. —No pasó nada. Fue sólo… una forma de llamar tu atención.
—Pues enhorabuena, lo has conseguido —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas y furia—. Pero si crees que me voy a quedar llorando en un rincón como una mártir española, lo llevas claro.
Patricia salió del salón y se encerró en el baño. Se miró al espejo: ojeras profundas, el rímel corrido, el pelo revuelto. Recordó a su abuela diciéndole: «Hija, en esta vida hay que tener orgullo. Que nadie te pise nunca».
Al día siguiente, mientras Álvaro dormía en el sofá, Patricia se fue a trabajar como si nada. En la oficina, sus compañeras notaron algo raro en su mirada. «¿Todo bien, Patri?», preguntó Lucía mientras preparaban un café.
Patricia dudó un segundo antes de responder: —Todo perfecto. Mejor que nunca.
Pero por dentro hervía. Esa noche, cuando Álvaro volvió del trabajo con cara de cordero degollado, Patricia ya tenía su plan.
—He invitado a alguien a cenar —anunció ella mientras ponía la mesa con una calma casi teatral.
Álvaro frunció el ceño. —¿A quién?
—A Raúl —respondió Patricia, mirando a su marido a los ojos—. Ya sabes, mi compañero del gimnasio.
La cena fue un espectáculo digno de cualquier sobremesa española: risas forzadas, miradas cruzadas y silencios incómodos. Raúl era simpático y guapo, y no tardó en captar la tensión en el ambiente.
Cuando Álvaro fue a la cocina a por más vino, Patricia aprovechó para acercarse a Raúl y susurrarle algo al oído. Raúl sonrió y asintió discretamente.
Esa noche, cuando Álvaro entró en el dormitorio, encontró la cama vacía y un mensaje en el móvil: «No me busques esta noche».
El golpe fue seco y brutal. Álvaro se sentó en el borde de la cama y se tapó la cara con las manos. Por primera vez entendió lo que era perderlo todo por orgullo y por miedo.
A la mañana siguiente, Patricia volvió a casa temprano. Encontró a Álvaro sentado en la cocina, con los ojos rojos y una taza de café entre las manos.
—¿Te has divertido? —preguntó él con voz rota.
Patricia lo miró largo rato antes de responder:
—No más que tú anoche. Pero al menos yo no he mentido sobre mis intenciones.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez era diferente: era el silencio de dos personas que ya no se reconocen.
Esa tarde, Patricia hizo la maleta y se marchó al piso de su hermana en Chamberí. Mientras caminaba por las calles mojadas de Madrid, pensó en todo lo que había perdido y ganado esa noche.
«¿De verdad merece la pena destruirse por orgullo? ¿O es mejor aprender a perdonar antes de que sea demasiado tarde?»