Entre las paredes de su casa: el precio invisible de ser madre

—Mamá… Adam se ha ido. No puedo sola. ¿Podrías venir… aunque sea un tiempo?—

La voz de Lucía temblaba al otro lado del teléfono, como si cada palabra le costara una vida. No pregunté nada más. Sabía que no me lo pediría si no estuviera realmente desesperada. En tres días empaqueté mi vida en cuatro maletas, cerré la puerta de mi piso en Valladolid y subí al tren rumbo a Madrid, con el corazón encogido y la cabeza llena de recuerdos de cuando Lucía era una niña y yo podía protegerla de todo.

Al llegar, me recibió con un abrazo largo, casi infantil. Su hija, mi nieta Irene, me miraba con ojos grandes y tristes desde el pasillo. La casa olía a café frío y a ropa sin doblar. Me instalé en la habitación de invitados, la que antes era el despacho de Adam. Esa noche, mientras escuchaba los sollozos ahogados de Lucía tras la pared, sentí que el dolor ajeno era más pesado que el propio.

Los primeros días fueron una coreografía silenciosa: preparar desayunos, llevar a Irene al colegio, recoger la ropa sucia, cocinar platos que nadie elogiaba. Lucía salía temprano y volvía tarde, con ojeras profundas y el móvil pegado a la mano. Apenas hablábamos más allá de lo necesario.

Una tarde, mientras planchaba una camisa suya, escuché su voz desde el salón:

—Mamá, ¿puedes no tocar mis cosas?—

Me quedé quieta, con la plancha suspendida en el aire.

—Solo quería ayudarte…—

—Ya lo sé, pero prefiero hacerlo yo.—

Sentí una punzada en el pecho. Me di cuenta de que estaba invadiendo un territorio que ya no era mío. Era su casa, sus reglas. Yo solo era una presencia útil, pero incómoda.

Las semanas pasaron y la tensión se volvió rutina. Irene empezó a buscarme por las noches para que le leyera cuentos. Era mi único refugio: su risa, sus preguntas ingenuas sobre por qué los padres a veces dejan de quererse.

Un domingo, mientras preparaba croquetas —las favoritas de Lucía—, ella entró en la cocina y suspiró:

—Mamá, no hace falta que cocines tanto. No somos tantos.—

—Solo quiero ayudar.—

—Ya lo haces… pero necesito espacio.—

Me mordí los labios para no llorar. ¿Espacio? Había dejado todo para estar con ella y ahora sentía que sobraba.

Esa noche llamé a mi amiga Carmen en Valladolid.

—¿Cómo va todo?— preguntó.

—Como vivir en una casa ajena.— respondí.

Carmen guardó silencio unos segundos.

—A veces los hijos solo quieren saber que estamos cerca, no que les resolvamos la vida.—

Colgué sintiéndome más sola que nunca.

La situación empeoró cuando Lucía empezó a salir con sus amigas los viernes por la noche. Volvía tarde y yo me quedaba despierta, preocupada como cuando era adolescente. Una noche discutimos:

—¿Por qué te molesta que salga? No soy una niña.—

—No me molesta… Solo me preocupo.—

—Pues no hace falta. Ya soy mayor.—

Me di cuenta de que estaba repitiendo los mismos errores: querer protegerla cuando ella solo quería respirar.

Irene fue quien notó primero mi tristeza. Una tarde se sentó a mi lado y me abrazó fuerte.

—¿Estás triste porque mamá grita?—

No supe qué responderle. Solo la abracé más fuerte.

Un día recibí una llamada inesperada del centro cultural de Valladolid: necesitaban a alguien para coordinar un taller de lectura. Sentí una chispa de ilusión después de meses grises. Se lo conté a Lucía durante la cena.

—¿Te vas a ir?— preguntó Irene con voz temblorosa.

Lucía bajó la mirada al plato.

—Quizá sea lo mejor…— murmuró ella.— Aquí ya no tienes tu sitio.—

Me dolió más su sinceridad que cualquier reproche. Esa noche lloré en silencio mientras hacía la maleta.

El día que me fui, Irene se aferró a mi cintura:

—¿Vas a volver?—

Le prometí que sí, aunque no sabía cuándo ni cómo. Lucía me abrazó rápido, sin mirarme a los ojos.

En el tren de vuelta a Valladolid miré por la ventana y pensé en todo lo que había dado por mi hija y en lo poco que había recibido a cambio. ¿En qué momento dejamos de ser imprescindibles para nuestros hijos? ¿Cuándo se convierte el amor en una carga?

Quizá nunca debí quedarme tanto tiempo… O quizá nadie nos enseña a ser madres de adultos. ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que sobrabas en la vida de alguien a quien quieres más que a ti mismo?