Entre los suspiros de mi madre: El precio de elegir mi propio destino
—¿De verdad vas a hacerme esto, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan afilada como el cuchillo con el que cortaba cebollas en la cocina. Yo tenía veintitrés años y un nudo en la garganta. Mi maleta estaba junto a la puerta, y la carta de aceptación de la Escuela de Bellas Artes de Granada, arrugada por mis manos temblorosas, asomaba del bolsillo de mi abrigo.
—Mamá, por favor… —intenté decir, pero ella me interrumpió con un suspiro largo, casi teatral.
—¿Para esto te he criado? ¿Para que tires tu vida a la basura pintando cuadros que nadie va a comprar? —Su acento manchego se volvía más fuerte cuando se enfadaba. Mi padre, sentado en el sofá con el Marca en las manos, no levantó la vista. Siempre fue así: él callaba y ella decidía.
Recuerdo ese instante como si fuera ayer. El olor a cocido impregnando la casa, las cortinas viejas filtrando la luz de la tarde, y yo, sintiéndome una traidora por querer algo distinto. Mi madre siempre soñó con que fuera maestra, como ella. «Un trabajo seguro, Lucía. Vacaciones en verano, sueldo fijo. No seas tonta.» Pero yo soñaba con colores y lienzos, con perderme en museos y sentir que mi vida tenía sentido más allá de una nómina.
—No lo entiendes —susurré—. No puedo vivir tu vida. Necesito intentarlo por mí misma.
Ella se giró hacia mí, los ojos llenos de lágrimas y rabia.
—¿Y yo? ¿Quién piensa en mí? ¿En todo lo que he sacrificado para que tú tengas oportunidades? ¿Vas a tirarlo todo por la borda?
Me quedé muda. ¿Cómo explicarle que su amor me asfixiaba? Que cada vez que intentaba complacerla sentía que me perdía un poco más. Que su sueño era una jaula dorada donde yo no podía respirar.
Esa noche dormí en casa de mi amiga Marta. Su madre me preparó una tortilla francesa y me abrazó sin hacer preguntas. Lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente cogí el tren a Granada. El paisaje manchego se desvanecía tras la ventanilla mientras yo repasaba mentalmente cada palabra no dicha, cada abrazo negado por orgullo.
Los primeros meses fueron duros. Compartía piso con tres estudiantes: Sergio, un chico de Valencia obsesionado con el cine; Ana, de Sevilla, que estudiaba arquitectura; y Pilar, una gallega callada que pintaba mejor que yo pero nunca lo admitía. Nos peleábamos por el baño y por la compra, pero nos unía la certeza de estar luchando por algo propio.
Llamaba a casa cada domingo. Mi madre contestaba seca, preguntando si comía bien y si necesitaba dinero. Nunca preguntaba por mis cuadros ni por mis clases. Mi padre a veces se ponía al teléfono y solo decía: «Cuídate mucho, hija».
En Navidad volví al pueblo. La casa estaba igual: las mismas fotos en las paredes, el mismo olor a café recién hecho. Pero yo ya no era la misma. Mi madre apenas me miró durante la cena. Al terminar los postres, me llevó aparte.
—¿Eres feliz? —preguntó sin mirarme.
—Lo intento —respondí—. No es fácil, pero siento que estoy donde debo estar.
Ella suspiró y se secó una lágrima con el dorso de la mano.
—Yo solo quería lo mejor para ti, Lucía. No quiero verte sufrir.
—Lo sé, mamá. Pero necesito equivocarme sola.
Nos abrazamos torpemente. Sentí su cuerpo temblar contra el mío y supe que ese abrazo era una tregua, no una rendición.
Los años pasaron. Expuse mis cuadros en bares y centros culturales. Vendí algunos, regalé otros. Trabajé de camarera para pagar el alquiler y aprendí a vivir con poco. A veces dudaba: ¿y si mi madre tenía razón? ¿Y si estaba desperdiciando mi vida?
Un día recibí una llamada inesperada. Era mi madre.
—He visto tu entrevista en la tele local —dijo con voz temblorosa—. Tu padre estaba muy orgulloso… aunque no lo diga.
Me quedé en silencio, sin saber qué decir.
—¿Vas a venir este verano? —preguntó al fin.
—Sí, mamá. Iré unos días.
Colgué el teléfono y lloré como una niña pequeña. Por fin sentí que podía volver a casa sin sentirme una extraña.
Hoy tengo treinta años y sigo pintando. No soy famosa ni rica, pero vivo de lo que amo. Mi madre aún sueña con verme fija en una escuela, pero ya no discutimos tanto. A veces viene a verme a Granada y se queda mirando mis cuadros en silencio. No siempre los entiende, pero los respeta.
A veces me pregunto: ¿mereció la pena tanto dolor para ser libre? ¿Cuántos sueños ajenos cargamos sin darnos cuenta? ¿Y vosotros… habéis tenido que elegir entre vuestra felicidad y las expectativas de vuestra familia?