¿Hasta dónde llega el amor de una madre?
—Mamá, por favor, no tengo a dónde ir—. La voz de Ewa temblaba al otro lado del teléfono. Yo estaba sentada en la mesa de la cocina, con la taza de café ya fría entre las manos, mirando por la ventana cómo la lluvia golpeaba los cristales. Sentí un nudo en el estómago. Sabía lo que venía.
—¿Otra vez, Ewa?— respondí, intentando que mi voz sonara firme, aunque por dentro me rompía en mil pedazos. —¿Y Krzysztof?—
Hubo un silencio largo, tan denso que podía oír el latido de mi propio corazón. —Mamá… no quiero hablar de eso ahora. Solo necesito saber si puedo venir con Ariadna. Y… con Krzysztof también—. Su voz se quebró al pronunciar su nombre.
Me levanté y empecé a pasear por la cocina, como si el movimiento pudiera ordenar mis pensamientos. ¿Cuántas veces había pasado esto? ¿Cuántas veces había abierto la puerta de mi casa para recoger los pedazos de mi hija, para consolar a mi nieta cuando la oía llorar en la habitación contigua? Y siempre, siempre, Krzysztof volvía con ellas, como una sombra que nunca se despega.
No era solo que no me cayera bien. Era algo más profundo. Desde el principio, Krzysztof había traído tensión a nuestra familia. Recuerdo la primera vez que lo conocí: llegó tarde a la cena, ni siquiera se disculpó, y durante toda la noche apenas habló. Ewa estaba radiante, enamorada, y yo intenté convencerme de que era solo timidez. Pero con los años, esa incomodidad se transformó en algo más oscuro.
Las discusiones entre ellos eran cada vez más frecuentes. A veces Ewa venía con los ojos hinchados de llorar, Ariadna se aferraba a mi falda y yo sentía una rabia impotente. Nunca vi marcas físicas, pero el daño emocional era evidente. Krzysztof tenía esa manera de hablarle a Ewa que la hacía sentirse pequeña, insignificante. Y cuando estaban en mi casa, el ambiente se volvía irrespirable.
—Mamá, ¿me escuchas?— La voz de Ewa me sacó de mis pensamientos.
Respiré hondo. —Ewa, tú y Ariadna siempre tendréis un sitio aquí. Pero Krzysztof… no puedo más—.
El silencio fue aún más largo esta vez. Podía imaginarla mordiéndose los labios, luchando contra las lágrimas.
—¿Me estás diciendo que deje a mi marido? ¿Que le diga a Ariadna que su padre no puede venir con nosotras?—
Me apoyé en la encimera, sintiendo el peso de cada palabra. —No te estoy diciendo lo que tienes que hacer. Solo te digo lo que yo puedo soportar. Esta es mi casa y tengo derecho a sentirme en paz en ella—.
Ewa sollozó al otro lado del teléfono. —No es tan fácil… No quiero que Ariadna crezca sin su padre—.
—¿Y quieres que crezca viendo cómo te trata?— No pude evitar que la voz me saliera más dura de lo que pretendía.
Colgó sin decir nada más.
Me quedé allí, sola en la cocina, escuchando el eco de mis propias palabras. ¿Era una mala madre por poner límites? ¿Por querer protegerme a mí misma después de tantos años de aguantar miradas frías y comentarios hirientes?
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces para mirar el móvil, esperando un mensaje de Ewa. Nada. Recordé cuando era pequeña y venía corriendo a mi cama después de una pesadilla. Yo la abrazaba fuerte y le susurraba que todo iría bien. Ahora era yo la que tenía miedo: miedo de perderla, miedo de hacerle daño, miedo de equivocarme.
Al día siguiente fui al mercado como cada jueves. Las vecinas me saludaban y preguntaban por Ewa y Ariadna. Yo sonreía y respondía con evasivas. Nadie sabía lo que pasaba realmente tras las puertas cerradas.
Por la tarde, Ewa apareció en casa sin avisar. Llevaba gafas de sol aunque estaba nublado y Ariadna iba pegada a su pierna.
—Mamá…—
La abracé antes de que pudiera decir nada más. Sentí su cuerpo temblar contra el mío.
Nos sentamos en el sofá mientras Ariadna se acurrucaba con su muñeca favorita.
—He hablado con Krzysztof— dijo Ewa al fin.— No quiere que nos vayamos sin él. Dice que si no le aceptas tú, entonces no somos una familia.—
Me mordí el labio para no gritarle lo injusto que era eso.
—¿Y tú qué quieres?— pregunté suavemente.
Ewa bajó la mirada.— No lo sé… Solo quiero paz.—
La miré largo rato. Vi en ella a la niña asustada que fui yo misma alguna vez, incapaz de tomar decisiones por miedo a romper algo irremediablemente.
Pasaron los días y la tensión crecía como una tormenta anunciada. Krzysztof llamaba constantemente; a veces gritaba al teléfono, otras veces suplicaba. Ariadna empezó a tener pesadillas y se despertaba llorando por las noches.
Una tarde, mientras preparábamos la merienda, Ewa explotó:
—¡No puedo más! Mamá, dime qué hago… ¿Le dejo? ¿Me quedo? ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?—
La abracé fuerte.— Hija, nadie puede decidir por ti. Pero tienes derecho a ser feliz. Y Ariadna también.—
Esa noche hablamos hasta tarde. Lloramos juntas, recordamos tiempos mejores y peores. Al final, Ewa decidió quedarse conmigo un tiempo sola con Ariadna. Krzysztof vino una vez a gritar desde la calle; llamamos a la policía y desde entonces no volvió.
No fue fácil. Hubo días en los que Ewa dudó de todo: de sí misma, de mí, incluso del amor por su hija. Pero poco a poco empezó a sonreír otra vez. Ariadna volvió a dormir tranquila.
Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Fui egoísta? ¿O simplemente puse un límite necesario para salvarnos a todas?
¿Dónde termina el amor de una madre y empieza el derecho a protegerse? ¿Qué habríais hecho vosotras en mi lugar?