Cuando el amor se apaga: La historia de Magda y Arturo

—Magda, tenemos que hablar.

Su voz temblaba, pero no era por el frío de enero que se colaba por las ventanas del piso en Vallecas. Era otra cosa. Algo que yo, en ese instante, no quería entender. Dejé el plato de lentejas sobre la mesa y me quedé mirándole, con las manos aún húmedas del agua del grifo. Arturo evitaba mi mirada, jugueteando con el anillo que le regalé en nuestra boda hace ya quince años.

—¿Qué pasa? —pregunté, aunque en el fondo ya lo sabía. Llevábamos meses viviendo como dos desconocidos, compartiendo techo pero no vida. Las cenas en silencio, los mensajes sin responder, las miradas esquivas… Todo era una suma de pequeñas muertes diarias.

—He conocido a alguien —dijo al fin, casi susurrando.

El mundo se detuvo. Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. Quise gritar, llorar, pedir explicaciones, pero solo pude quedarme quieta, como si mi cuerpo no me perteneciera. En ese momento supe que todo lo que había construido durante años se desmoronaba como un castillo de naipes.

No recuerdo cómo llegué a la habitación. Solo sé que cerré la puerta y me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas. Afuera, escuchaba a Arturo recogiendo sus cosas en silencio. No hubo gritos ni reproches. Solo un silencio espeso, como el humo de los cigarrillos que fumaba a escondidas en el balcón.

Mi hija Lucía entró poco después. Tenía catorce años y unos ojos grandes que lo veían todo. Se sentó a mi lado y me abrazó sin decir nada. En ese momento entendí que no podía derrumbarme del todo; ella me necesitaba fuerte, aunque por dentro estuviera hecha pedazos.

Los días siguientes fueron una sucesión de rutinas vacías: llevar a Lucía al instituto, ir al trabajo en la biblioteca municipal, fingir normalidad ante los vecinos y mi madre, Carmen, que venía cada tarde con su bolsa de croquetas y sus consejos no pedidos.

—Magda, tienes que ser fuerte. Los hombres son así —decía mi madre mientras barría la cocina—. Tu padre también tuvo sus cosas y aquí estoy yo, ¿no?

Yo asentía en silencio, pero por dentro hervía de rabia. ¿Era eso lo que nos tocaba a las mujeres? ¿Aguantar? ¿Tragar? ¿Convertirnos en sombras para no molestar?

Las semanas pasaron y Arturo venía a ver a Lucía los fines de semana. Al principio intentó hablar conmigo, pero yo solo podía mirarle con una mezcla de odio y tristeza. Él parecía arrepentido, pero también aliviado. Como si por fin pudiera respirar después de años de asfixia.

Una tarde de domingo, mientras Lucía estaba en su cuarto con los cascos puestos, Arturo se acercó a mí en la cocina.

—Magda… Lo siento de verdad. No quería hacerte daño.

—Pues lo has hecho —le respondí sin mirarle—. Y no solo a mí.

Él bajó la cabeza y se fue sin decir nada más. Cerré los ojos y respiré hondo. Sabía que tenía que seguir adelante, pero no sabía cómo.

La familia empezó a opinar, como siempre ocurre en España cuando hay una crisis. Mi hermana Pilar me llamaba cada día para decirme que denunciara a Arturo por abandono del hogar. Mi cuñado Luis me ofreció ayuda para buscar un abogado. Mi madre seguía insistiendo en que le diera otra oportunidad.

Pero yo solo quería silencio. Quería entender en qué momento dejamos de querernos. ¿Fue cuando nació Lucía y dejamos de salir juntos? ¿Cuando el trabajo nos absorbió y dejamos de hablarnos? ¿O fue simplemente el paso del tiempo, la rutina que todo lo devora?

Una noche, mientras veía fotos antiguas en el móvil —viajes a Cádiz, veranos en Asturias, cumpleaños llenos de risas— sentí una punzada en el pecho. ¿Dónde quedó esa felicidad? ¿Era real o solo una ilusión?

Lucía empezó a tener problemas en el instituto. Llegaba tarde, discutía conmigo por cualquier cosa y se encerraba horas en su cuarto. Un día la encontré llorando en el baño.

—No quiero ir con papá —me dijo entre sollozos—. No quiero ver a esa mujer.

Me senté a su lado y la abracé fuerte.

—Lo sé, cariño. Pero esto no es culpa tuya. Ni mía tampoco.

Esa noche decidí pedir ayuda profesional. Fui a una psicóloga del centro de salud y empecé a hablar por primera vez de todo lo que sentía: rabia, miedo, culpa… Poco a poco fui entendiendo que no podía cargar con todo sola.

Un día recibí un mensaje de Arturo: “¿Podemos hablar? Necesito pedirte perdón”. Dudé mucho antes de responderle. Al final accedí a verle en una cafetería del barrio.

—Magda —empezó él—. Sé que te fallé y no espero que me perdones ahora… Solo quiero que sepas que estoy dispuesto a hacer lo que sea para que Lucía esté bien.

Le miré largo rato antes de responder.

—Eso es lo único que importa ahora: nuestra hija.

Salí de allí sintiéndome más ligera. Por primera vez en meses sentí que podía respirar sin ese peso en el pecho.

La vida siguió su curso. Aprendí a vivir sola, a disfrutar de los pequeños momentos: un café con amigas, una tarde de cine con Lucía, un paseo por el Retiro los domingos por la mañana.

A veces aún duele recordar lo que perdí, pero también sé que merezco algo mejor que vivir en la sombra del pasado.

¿Es posible volver a confiar después de una traición así? ¿O estamos condenados a vivir con las cicatrices para siempre?