“Déjame salir, mamá, por favor”: Un grito en la oscuridad de Madrid
—¡Por favor, mamá, déjame salir! Tengo miedo…— La voz de Lucía, mi hija de siete años, temblaba desde el fondo del armario. El eco de su súplica rebotaba en las paredes del piso silencioso, rompiendo la calma artificial de nuestra casa en Chamberí.
Me quedé helado en el pasillo, con la maleta aún en la mano. Había vuelto antes de lo previsto de Barcelona porque algo dentro de mí no me dejaba tranquilo. Llevaba días con un nudo en el estómago, como si presintiera que algo iba mal en casa. Mi mujer, Carmen, siempre había sido estricta, pero últimamente su carácter se había agriado. Yo lo achacaba al estrés, a los problemas económicos y a la presión de mantener las apariencias ante los vecinos y la familia.
—¡Cállate ya, Lucía!— rugió Carmen desde el salón, sin molestarse en bajar la voz. —Si no aprendes a comportarte, te quedarás ahí toda la noche. Y mañana veremos si desayunas.
Sentí cómo la rabia me subía por dentro. ¿Cómo podía hablarle así a nuestra hija? ¿Desde cuándo se había vuelto tan cruel? Recordé las veces que Lucía se había aferrado a mí cuando volvía del trabajo, suplicando que no me fuera. Yo pensaba que era cosa de niños, miedo a la oscuridad o a dormir sola. Ahora todo cobraba sentido.
Dejé la maleta en el suelo y avancé hacia el dormitorio de Lucía. El armario estaba cerrado con llave. Me arrodillé y pegué el oído a la puerta.
—Lucía, soy papá. Estoy aquí, cariño. No pasa nada, ¿vale?—
Al otro lado escuché un sollozo ahogado y luego su vocecita: —Papá… tengo frío…
Me levanté de un salto y fui directo al salón. Carmen estaba sentada en el sofá, con una copa de vino en la mano y la mirada perdida en la televisión encendida sin volumen.
—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?— le espeté, sin poder contenerme.
Ella ni siquiera parpadeó. —No te metas en cómo educo a tu hija. Si no eres capaz de poner orden tú, lo hago yo.
—¿Encerrándola en un armario? ¿Eso es poner orden?—
Carmen se encogió de hombros. —Es una niña mimada. Solo entiende a base de castigos.
Sentí que algo se rompía dentro de mí. Recordé mi propia infancia en Toledo, los gritos de mi madre y los castigos absurdos que aún me perseguían en sueños. Había jurado que nunca repetiría esa historia.
Sin pensarlo dos veces, fui a buscar las llaves y abrí el armario. Lucía salió temblando, con los ojos hinchados y abrazando su peluche favorito. Me agaché para abrazarla y sentí cómo se aferraba a mí como si le fuera la vida en ello.
—Tranquila, princesa. Papá está aquí.—
Esa noche dormimos juntos en mi cama. Carmen se encerró en el baño y no volvió a salir hasta la mañana siguiente. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Al día siguiente, llamé a mi hermana Laura. Siempre había sido mi confidente y sabía que podía contar con ella para cualquier cosa.
—Javi, esto no puede seguir así —me dijo al escuchar mi relato entre lágrimas—. Tienes que proteger a Lucía. Hazlo por ella… y por ti.
Las palabras de Laura me dieron fuerzas para enfrentarme a Carmen. Esa misma tarde le pedí que se fuera de casa. No fue fácil; gritó, lloró y me culpó de todo. Pero por primera vez en años sentí que hacía lo correcto.
Los días siguientes fueron duros. Lucía tenía pesadillas y no quería separarse de mí ni para ir al colegio. Poco a poco, con ayuda de mi familia y una psicóloga infantil, fue recuperando la sonrisa.
En España decimos que “de fuera vendrán que de casa te echarán”, pero a veces el verdadero peligro está dentro del hogar. Me costó aceptarlo, pero aprendí que ser padre es mucho más que proveer; es proteger, escuchar y amar sin condiciones.
A veces me pregunto: ¿Cuántos padres miran hacia otro lado por miedo o comodidad? ¿Cuántos niños siguen suplicando en silencio desde un armario invisible? ¿Y tú? ¿Qué harías si escucharas ese grito en tu propia casa?