Detrás de la puerta: La noche que huí con mis hijos
—¡Mamá, tengo frío! —susurra Lucía, apretando mi mano con fuerza. Su hermano pequeño, Diego, apenas puede mantener los ojos abiertos, pero tiembla en silencio, aferrado a mi abrigo. El eco de sus voces se mezcla con el retumbar de mis propios latidos, tan fuertes que temo que alguien pueda oírlos desde dentro del edificio.
No sé cuánto tiempo llevamos aquí, sentados en este portal de Lavapiés. Quizá una hora, quizá toda una vida. El reloj del móvil parpadea las tres y cuarto de la madrugada. Hace apenas dos horas, estaba en casa, recogiendo a toda prisa lo poco que podía llevar: una muda para cada uno, los papeles del colegio y mi DNI. El resto lo he dejado atrás, junto con los gritos de Antonio y el miedo que me ha acompañado durante los últimos ocho años.
—¿Por qué no vamos a casa de la tía Carmen? —pregunta Lucía, con esa inocencia que duele más que cualquier golpe. No sé cómo explicarle que Carmen vive en Valencia y que no tengo dinero ni para un billete de autobús.
Intento calmarles, pero mi voz tiembla tanto como mis manos. «Todo irá bien», les miento. «Solo tenemos que esperar un poco más». Pero ni yo misma me lo creo. Cuando salí corriendo de casa, solo pensaba en llegar a casa de Laura, mi mejor amiga desde el instituto. Siempre me dijo que si alguna vez necesitaba algo, podía contar con ella. Pero al llegar a su portal y llamarla por teléfono, fue su marido, Javier, quien contestó.
—¿A estas horas? ¿Estás loca? Aquí no puedes venir con los niños, Laura está durmiendo —me dijo, cortante, antes de colgarme.
Me quedé mirando el móvil como si fuera un objeto extraño. ¿Cómo podía Javier negarme la ayuda? ¿No sabía lo que estaba pasando? ¿O simplemente no le importaba?
Ahora estoy aquí, en este portal frío y ajeno, preguntándome si hice bien en salir corriendo. Si no habría sido mejor aguantar un poco más por mis hijos. Pero entonces recuerdo la última vez que Antonio perdió el control: los platos volando por el salón, los insultos, el miedo en los ojos de Lucía y Diego. No podía permitir que crecieran pensando que eso era normal.
Un ruido en la escalera me sobresalta. Es una vecina mayor, doña Pilar, que baja a tirar la basura. Me mira con recelo al principio, pero al ver a los niños se le suaviza la expresión.
—¿Qué hacéis aquí a estas horas? —pregunta en voz baja.
No sé qué decirle. Me tiemblan las palabras en la boca. Al final solo consigo balbucear:
—No tenemos dónde ir esta noche…
Doña Pilar suspira y mira alrededor, como temiendo que alguien la vea.
—Subid un momento —dice finalmente—. No puedo dejaros aquí fuera con este frío.
En su pequeño piso huele a sopa y a colonia antigua. Nos da mantas y un vaso de leche caliente para cada uno. Los niños se quedan dormidos enseguida en el sofá. Yo me siento en una silla de la cocina y dejo caer la cabeza entre las manos.
—¿Te ha hecho daño? —pregunta doña Pilar con voz suave.
Asiento sin mirarla. Siento vergüenza y rabia al mismo tiempo.
—No eres la primera —dice ella—. Mi hermana también pasó por eso. Pero hay salida, aunque ahora no lo veas.
Me cuenta cómo su hermana encontró ayuda en una asociación del barrio y cómo poco a poco rehizo su vida. Me da un papel con un número de teléfono y me promete acompañarme por la mañana si quiero ir.
La noche avanza despacio. Apenas duermo. Pienso en Antonio despertando y encontrando la casa vacía. Pienso en Laura y en cómo no ha llamado ni una sola vez para saber si estoy bien. Pienso en mis padres, que viven en un pueblo de Segovia y con quienes apenas hablo desde hace años porque nunca aprobaron mi matrimonio.
A las siete suena mi móvil: es Antonio. No contesto. Luego llegan mensajes: amenazas veladas mezcladas con súplicas para que vuelva. Me duele leerlos, pero sé que no puedo ceder.
Cuando los niños despiertan, doña Pilar nos prepara tostadas y café con leche. Me siento extrañamente protegida en esa cocina diminuta, rodeada de fotos antiguas y plantas marchitas.
—¿Qué vas a hacer ahora? —me pregunta Lucía mientras se ata los cordones.
No sé qué contestar. Solo sé que no puedo volver atrás.
A media mañana salimos juntas hacia la asociación. Nos atiende una trabajadora social llamada Marta, que me escucha sin juzgarme y me explica los pasos a seguir: denunciar a Antonio, pedir una orden de alejamiento, buscar un piso tutelado… Todo parece tan complicado y lejano como otro planeta.
Mientras Marta habla, veo a Diego dibujando una casa con ventanas grandes y un sol enorme en la esquina del papel. Lucía le ayuda a colorear las flores del jardín. Me doy cuenta de que ellos siguen soñando con un hogar feliz, aunque yo solo vea ruinas ahora mismo.
Esa tarde llamo a mis padres por primera vez en años. Mi madre llora al oír mi voz y me dice que siempre tendré sitio en casa si lo necesito. Siento cómo se me rompe algo por dentro: tanto tiempo perdida por orgullo o miedo…
Esa noche dormimos todos juntos en una habitación prestada por la asociación. No es nuestro hogar, pero es seguro. Por primera vez en mucho tiempo cierro los ojos sin miedo a lo que pueda pasar mientras duermo.
A veces me pregunto si hice bien al huir así, sin mirar atrás ni pedir permiso a nadie. Si algún día podré perdonar a quienes me dieron la espalda cuando más los necesitaba…
¿De verdad hay sitio para quienes escapamos de la oscuridad? ¿O siempre seremos extrañas detrás de puertas cerradas?