Entre la Oscuridad y la Luz: Mi Camino de Fe en Madrid
—¿Por qué, Señor? ¿Por qué te lo llevaste a él y no a mí? —susurré, arrodillada en el suelo frío del hospital de La Paz, mientras la lluvia golpeaba los ventanales con furia. Mi madre, Carmen, lloraba en silencio junto a la puerta, y mi padre, Antonio, apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Nadie se atrevía a mirarme a los ojos. Nadie sabía qué decir. Mi hermano Luis acababa de morir en un accidente de tráfico en la M-30, y yo sentía que el mundo se desmoronaba bajo mis pies.
Recuerdo el sonido del teléfono aquella noche, el temblor en la voz de la policía: “¿Es usted la hermana de Luis García?” Desde ese instante, todo fue una sucesión de imágenes borrosas: ambulancias, luces azules, el olor a desinfectante y el eco de las oraciones que mi abuela repetía entre dientes. “Ave María, llena eres de gracia…” Pero yo no podía rezar. No podía ni respirar.
Durante semanas, me encerré en mi habitación. No quería ver a nadie. Mi madre intentaba entrar con una bandeja de sopa caliente: “Come algo, hija, por favor”. Yo solo giraba la cara hacia la pared. Mi padre se refugiaba en el trabajo y apenas cruzábamos palabra. La casa se llenó de silencios pesados y miradas rotas. Mi abuela, Rosario, era la única que no se rendía: “Dios aprieta pero no ahoga, Lucía”, me repetía cada mañana. Pero yo solo sentía rabia.
Una tarde, mientras miraba por la ventana cómo caía la lluvia sobre los tejados de Chamberí, recibí un mensaje de mi amiga Marta: “Voy a misa por Luis esta tarde. ¿Te vienes?” Dudé. Hacía meses que no pisaba una iglesia. Pero algo dentro de mí —quizá el eco de las oraciones de mi abuela— me empujó a salir.
La iglesia de San Fermín estaba casi vacía. El olor a incienso me resultó extrañamente reconfortante. Marta me abrazó fuerte y no dijo nada; solo me sostuvo mientras las lágrimas corrían por mis mejillas. El sacerdote habló sobre el dolor y la esperanza, sobre cómo la fe puede ser un refugio cuando todo parece perdido. Por primera vez desde el accidente, sentí una chispa de consuelo.
Esa noche recé. No fue una oración bonita ni ordenada; fue un grito ahogado al cielo: “Ayúdame, Dios mío. No puedo más”. Y aunque no hubo respuesta inmediata, sentí una paz extraña, como si alguien me cubriera con una manta cálida.
Poco a poco, empecé a salir del pozo. Marta y mis amigos no me dejaron sola ni un día. Me llevaban al Retiro a pasear, me invitaban a cenar tortilla en su casa, me escuchaban llorar sin juzgarme. Un día, mi padre entró en mi habitación con los ojos rojos: “¿Quieres venir conmigo al cementerio? No sé cómo hacerlo solo”. Caminamos juntos entre las lápidas bajo el cielo gris de Madrid y, por primera vez desde la muerte de Luis, nos abrazamos y lloramos juntos.
La fe no me devolvió a mi hermano, pero me dio fuerzas para seguir adelante. Empecé a ir a misa los domingos con mi abuela y descubrí que no estaba sola en mi dolor: otras personas también rezaban por sus seres queridos perdidos. Compartimos historias, lágrimas y oraciones. Sentí que Dios no era un juez lejano sino un compañero silencioso en mi sufrimiento.
Un día, mi madre se sentó conmigo en la cocina mientras preparábamos croquetas —la receta favorita de Luis— y rompió su silencio: “No entiendo por qué Dios permite estas cosas”. Yo tampoco lo entendía, pero le cogí la mano y le dije: “Quizá no se trata de entenderlo, sino de aprender a vivir con ello”.
La vida siguió su curso. Volví a estudiar en la universidad Complutense, retomé mis clases de guitarra y empecé a ayudar como voluntaria en Cáritas. Cada vez que sentía que el dolor volvía a apretar el pecho, rezaba una oración sencilla: “Dame fuerzas para hoy”. Y cada día era un pequeño milagro.
A veces todavía sueño con Luis. En mis sueños siempre sonríe y me dice: “No estás sola, Lucía”. Me despierto con lágrimas en los ojos pero también con gratitud por haberlo tenido en mi vida.
Ahora sé que la fe no es magia ni solución instantánea; es un camino lleno de dudas y tropiezos, pero también de luz y esperanza. Y aunque sigo sin respuestas para muchas preguntas, he aprendido que incluso en la noche más oscura puede brillar una pequeña luz si tienes fe y personas que te quieren cerca.
¿Alguna vez habéis sentido que todo se derrumba y solo os sostiene una oración? ¿Qué os ha ayudado a encontrar luz en vuestra propia oscuridad?